Recorrer el camino

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Recorrer el camino

Primero las claves, después el viaje

Enseñanzas de las regresiones

De la terapia de conciencia expandida a la vida: aprendizajes nacidos del dolor y convertidos en claridad

Prólogo

Este libro no nació con la intención de ser un libro. Nació de una necesidad...

Espero que este libro sirva para ayudar a personas que llegan a un momento en su vida en el que parece que no hay salida para la angustia o los problemas que atraviesan. Es un libro que está orientado a iniciarles en un camino para obtener toda la claridad posible para afrontar esos puntos dolorosos.

No necesitas haber vivido una regresión, creer en vidas anteriores ni sentir curiosidad por la hipnosis para que estas páginas puedan servirte. Las escenas que aparecerán son mías; las preguntas que dejaron detrás son mucho más universales. Culpa, miedo, dificultad para poner límites, pérdida, apego, necesidad de cariño, cansancio, incertidumbre o necesidad de perdonarse forman parte de muchas vidas. Mi intención no es que reproduzcas mi experiencia, sino que puedas utilizar lo que aprendí para mirar con más claridad la tuya.

En algunos capítulos se incluyen audios para facilitar el uso del libro. Muchas personas, cuando atraviesan momentos de mucha intensidad emocional, no pueden sostener la lectura con facilidad; para ellas puede ser mejor escuchar un audio, dejar que la voz acompañe y volver al texto cuando tengan fuerzas.

Hace un tiempo enfermé. Los médicos le pusieron nombre: síndrome de burn-out y un trastorno ansioso-depresivo mayor recurrente, después de dos años y medio sosteniendo cargas laborales que no supe soltar a tiempo. Mi doctora, a quien tanto debo, insistió en que no podía seguir así, en que necesitaba ayuda, y me envió a la consulta de Puy. Fui con escepticismo. Salí de aquella primera sesión, y de las siguientes, con la sensación de haber despertado.

En esas sesiones de conciencia expandida —regresiones guiadas— empezaron a aparecer vivencias, imágenes y enseñanzas. Y, poco después, algo más difícil de nombrar: un canal por el que comenzaron a llegarme respuestas a preguntas que me había hecho durante toda la vida. No sé si vienen de mi subconsciente, de otro plano o de una mezcla de ambos. Por eso empecé a escribir: para no perder nada de lo que llega antes de que la fuente, un día, se cierre.

Aquí quiero detenerme un instante para dar las gracias, con todo mi corazón, a Puy. A lo largo de estas sesiones nunca me ha juzgado ni me ha dicho lo que tenía que hacer. Me ha dado algo mucho más grande: comprensión real y un respeto absoluto por cada decisión que he ido tomando durante este proceso. Su acompañamiento, su paciencia y su presencia serena han sido, sin exagerar, el sostén que ha hecho posible que este libro pueda existir. Puedes conocer su trabajo aquí.

Quiero dejarlo dicho aquí, al principio, con toda claridad: he decidido llamar «regresiones» a estas sesiones de conciencia expandida porque es el término que mejor me permite ordenar y narrar lo que viví. «Conciencia expandida» es también la expresión con la que describo ese estado dentro de mi propio proceso; no pretendo presentarla como una categoría clínica universal ni como una explicación científica cerrada.

Cada vez que en este libro leas la palabra «regresión», estaré hablando de sesiones realizadas con acompañamiento profesional en las que permanecía consciente, podía escuchar y responder, y en las que aparecían imágenes, sensaciones corporales, emociones y comprensiones de procedencia incierta. Algunas remitían a recuerdos reconocibles de mi propia vida; otras parecían pertenecer a escenarios que yo vivía como si fueran otras vidas o realidades distintas.

No puedo demostrar qué estatuto tenían esas escenas. Puedo contar lo que experimenté, qué emoción provocaron, qué interpretación hice después y qué cambió en mi vida a partir de ellas. Esa distinción será importante durante todo el libro.

Cuando reuní todo aquello, me di cuenta de que tenía un problema. Había vivencias muy intensas, pero estaban escritas para mí, con mis palabras y mis atajos. Quien las leyera sin conocer el terreno se perdería enseguida: hablo de conciencia expandida, de economía de la energía, de recalibración, de bodhichitta, de planos astrales, como si todo el mundo supiera de qué hablo. Y no es así. Yo mismo tardé meses en entenderlo.

Una nota importante. Este libro relata una experiencia personal y no sustituye atención médica, psicológica o psiquiátrica. Una regresión tampoco debe utilizarse para abandonar un tratamiento indicado, demostrar que un recuerdo ocurrió realmente, atribuir a otra persona hechos no corroborados o establecer por sí sola la causa de un problema psicológico. Si atraviesas un sufrimiento intenso, una crisis, un trauma, un problema de consumo o síntomas que interfieren seriamente en tu vida, la prioridad debe ser recibir ayuda profesional adecuada. Las prácticas contemplativas, la escritura, el acompañamiento espiritual o una experiencia de exploración de la conciencia pueden ser, para algunas personas, recursos complementarios; no son una obligación ni una única vía.

Por eso este libro tiene dos movimientos.

El primero se llama Las claves. Son capítulos cortos, y su única misión es que asimiles, sin prisa y sin esfuerzo, cada uno de los conceptos de los que hablaré después: qué es una regresión, qué es el canal, qué es la sensibilidad, qué es la energía, qué entiendo por alma, cuáles son las enseñanzas que lo ordenan todo, cómo pasar de la vivencia a la vida, por qué la música y quién es Pema Chödrön. Ninguno de esos capítulos pretende agotar el tema. Solo pretende que, cuando llegues al territorio, ya tengas el mapa.

El segundo movimiento es la profundización. Ahí están las vivencias completas, tal y como ocurrieron y tal y como las escribí: las regresiones, el canal, la sensibilidad, la energía, la música y unas meditaciones sobre el amor nacidas durante este proceso de recuperación y sanación.

Si eres de los que prefieren lanzarse al agua, puedes saltar directamente al segundo movimiento. Pero si me permites un consejo, léelo en orden. Las claves son cortas, y hacen que todo lo demás encaje.

He subido a la barca. No sé todavía a dónde me lleva. Pero he decidido escribir mientras dure la travesía.

Primera parte · Las claves

Lo que viene ahora son capítulos breves. Cada uno presenta una sola idea, la explica con calma y la deja reposar. No hay vivencias completas todavía, ni pruebas, ni detalles: solo los conceptos que necesitarás para que, más adelante, todo lo que cuente tenga sentido.

Léelos como quien mira un mapa antes de entrar en el bosque.

El camino del medio es la primera llave: permite respetar la vivencia sin quedar atrapado en la obligación de demostrarla.

Un pacto con el lector: el camino del medio

Antes de contar nada, necesito pedirte algo. No es una condición: es un pacto.

En las páginas que siguen vas a leer que fui un niño oriental que introdujo una serpiente en su casa como si fuera un juguete y que aquella serpiente mató a su madre. Que fui un oficial que pasó por la katana a campesinos inocentes. Que crucé un portal y aparecí en un edificio donde se creaba la vida. Si me pides que jure que todo aquello ocurrió literalmente, no puedo hacerlo. Y si me pides que lo niegue, tampoco.

Procedo de una familia católica. Jamás he dejado de creer en Dios ni en la llegada de su hijo a la Tierra; la compasión de Cristo, su entrega y su mirada hacia los que sufren siguen formando parte esencial de mi fe. Pero con los años incorporé también dentro de mi alma las enseñanzas del Buda.

Cuenta la tradición que el Buda, camino de la iluminación, meditaba junto a un río. Por su curso descendía suavemente una barca en la que un maestro enseñaba a sus discípulos a tocar un instrumento de cuerda. Y el Buda le oyó decir: «¿Veis? Si tensáis demasiado las cuerdas, estas se romperán. Pero, en cambio, si no las tensáis, el instrumento no sonará». Allí comprendió lo que llamamos el camino del medio.

Eso es lo que te pido. Ni tensar hasta romper, afirmando que todo esto es literal. Ni aflojar hasta el silencio, despachándolo como un delirio. Yo no tengo medios para asignar una probabilidad a ninguna de las dos posibilidades. Por eso prefiero no fingir una precisión que no poseo. No afirmo que todo sea literal, pero tampoco necesito negar lo vivido para poder examinarlo. Mantengo abierta la pregunta y trabajo con aquello que sí puedo observar.

Y quiero ser muy claro en algo, porque es una de las vigas que sostiene el libro entero: para el propósito práctico de estas páginas, no necesito resolver primero la naturaleza última de cada escena.

Si estas vivencias fueran recuerdos reales de otras vidas, su significado espiritual sería evidente dentro de ese marco. Y si fueran construcciones de mi mente o de mi imaginación surgidas durante la sesión, seguirían teniendo para mí un valor diferente pero real: habrían puesto delante emociones, miedos, conflictos y patrones que posteriormente pude relacionar con mi vida presente. Lo que no puedo hacer es convertir esa utilidad en una prueba sobre su origen ni afirmar que una escena, por sí sola, revele la causa clínica de una enfermedad.

En ambos casos puedo trabajar con lo que sentí y con lo que hice después. La interpretación puede permanecer abierta; la responsabilidad sobre mi vida presente no.

También debo hacer otra distinción. Una imagen vivida con enorme nitidez no se convierte por ello en un recuerdo histórico demostrado. La memoria humana es reconstructiva, y los estados hipnóticos o muy sugestivos no garantizan una mayor exactitud del recuerdo. Por eso, si alguna escena de estas páginas se parece a un recuerdo, la trataré primero como una experiencia subjetiva. Solo los hechos corroborables por vías independientes deberían presentarse como hechos.

Esta precaución no disminuye lo que sentí. Al contrario: me permite ser fiel a la experiencia sin obligarla a demostrar algo que quizá no puede demostrar.

Conviene también que sepas dónde no está mi duda. No está puesta en Puy, mi terapeuta. Confío profundamente en ella y en la forma en que me acompaña. Mi duda está en la naturaleza última de aquello que aparece durante la conciencia expandida, que es justamente lo que no sé nombrar.

Por eso no encontrarás aquí a nadie tratando de convencerte de nada. Encontrarás a un hombre que enfermó, que vio cosas, que las anotó con honestidad y que decidió quedarse en el centro.

Si aceptas leer así —sin la obligación de creer y sin la prisa por negar—, este libro puede servirte. Ese es el pacto.

Para asimilar

Ante cualquier vivencia del libro, prueba a separar tres preguntas: ¿qué experimenté o qué se describe que apareció? ¿Qué interpretación estoy haciendo sobre ello? ¿Qué cambio concreto puede observarse después?

Después pregúntate: si la escena fuera simbólica, ¿seguiría habiendo algo útil que aprender? Si fuera literal, ¿la enseñanza práctica cambiaría? Cuando la misma comprensión ayuda a vivir mejor en ambos escenarios, no es necesario precipitar una certeza metafísica.

La enfermedad no se justifica ni se embellece: se reconoce como la puerta por la que entré aquí.

La enfermedad: la grieta por donde entró la luz

Todo esto empezó porque enfermé.

Durante dos años y medio sostuve una carga de trabajo que no me correspondía. Reclamé ayuda por las vías legales, con correos en copia a todos mis superiores, tratando de hacer el mayor ruido posible. No me sirvió de nada. Ya era demasiado tarde.

El diagnóstico fue síndrome de burn-out y trastorno ansioso-depresivo mayor recurrente.

Mi doctora actual, a la que no puedo hablar de tú sino de usted, tuvo mucha paciencia conmigo. Un día, en una de las revisiones, me dijo que no podía seguir así, que no estaba progresando, que necesitaba ayuda. Y me mandó a la consulta de Puy. Tengo que reconocer que decidí ir porque era ella quien me lo recomendaba, ya que yo mantenía bastante escepticismo.

La enfermedad no vino sola. La ansiedad me empujaba a conductas compulsivas: fumar más de la cuenta, beber una cerveza tras otra, como si al hacerlo pudiera analizar mejor la situación o calmar lo que me estaba ocurriendo. Y llegó a alterar mi percepción de un modo que todavía me impresiona: un día abrí en el móvil la aplicación de música que usaba desde siempre y tuve la certeza de que alguien la había cambiado entera. No encontraba las opciones, no reconocía dónde estaba mi biblioteca. Solo después de un rato mirando la pantalla empezaba a reconocerlo todo y comprendía que la aplicación seguía siendo la misma.

Y ahora tengo que decir algo con mucho cuidado, porque no quiero que se malinterprete.

A veces siento que era casi necesario haber pasado por esta enfermedad para llegar hasta aquí. No lo digo como una justificación del sufrimiento, ni como una forma de embellecer el dolor. Lo digo como una comprensión íntima que empieza a abrirse paso dentro de mí: como si la sabiduría obtenida de estos procesos formara parte de un puzle complicadísimo al que yo estuviera destinado.

Pero lo matizo enseguida, porque creo que el libre albedrío existe. Siento que esta vivencia podría haber llegado igualmente por otro camino. Yo podría haber aparecido en la consulta de Puy por otro motivo —por la pérdida de un ser querido, por ejemplo, en lugar de por un burn-out— y ella habría estado allí para ayudarme de todas formas. Lo que cambia es la forma en que aparece la experiencia, no la experiencia misma. Es como si una misma escena la pintaran Rembrandt o Picasso: al mirarlas con los ojos creemos ver dos cuadros totalmente distintos, y en parte es cierto; pero si miramos con el espíritu, percibimos que la esencia que hay detrás es la misma. Lo representado no ha cambiado.

La enfermedad fue una pieza dolorosa, difícil y casi insoportable. Pero fue también la grieta por la que entró la luz.

El matiz

La enfermedad fue la grieta por la que entró la luz, pero eso no la convierte en un regalo ni justifica el sufrimiento. El libre albedrío existe: lo que cambia es la forma en que la experiencia aparece, no la experiencia.

Una regresión no es dormirse: es entrar acompañado en un estado donde el cuerpo habla antes que la cabeza.

Qué ocurre en una regresión

Conviene que sepas qué es esto, porque la palabra «regresión» arrastra mucha fantasía.

En mi experiencia, una regresión no se vivía como estar dormido ni como perder por completo el control. Permanecía consciente de la voz de Puy, podía responderle y sabía que estaba participando en una sesión. A ese estado, dentro de este libro, lo llamo conciencia expandida. Es una forma de nombrar cómo lo experimenté, no una categoría clínica que pretenda definir de manera universal.

En ese estado aparecían escenas, imágenes, sensaciones corporales, emociones y asociaciones que yo no vivía como un razonamiento voluntario ordinario. Que algo aparezca de esa manera no permite determinar automáticamente de dónde procede. Precisamente por eso separaré siempre la experiencia de la interpretación.

Lo que aparece tampoco es una película. Casi siempre empieza como una fotografía dentro de un portarretratos que yo estuviera mirando. A veces esa foto cobra un ligero movimiento. En general, mis percepciones visuales han sido muy tenues; salvo algunas, que llegaron a ser extraordinariamente nítidas, sobre todo cuando miraba paisajes de otros planetas o interiores de edificios: allí los colores y las estructuras tenían una vibración y una armonía increíbles.

El método es sencillo. Puy pregunta; yo describo lo que percibo. Cuando quiere que me desplace de un sitio a otro, acompaña el movimiento con una cuenta: «uno, dos y tres». Y aquí aparece algo que más adelante resultará importante: a veces, antes incluso de que empezara a contar, yo ya estaba allí; otras veces llegaba al tres y yo no podía llegar de ninguna manera.

El cuerpo es la vía principal de acceso. La garganta que se cierra, las manos, los nervios, los escalofríos. La información entra por ahí antes que por la cabeza.

También hay resistencias, y son muy físicas. En varias sesiones quise girar el cuello para ver quién había a mi derecha y no pude: era como si mi cuello fuera de piedra y yo, con mi cerebro, tratara de moverlo sin conseguirlo. Se me negaba el movimiento una y otra vez.

Y hay algo que quiero decir sin dramatismo, pero con claridad: no todo se puede. Hay escenas que se niegan. En algunas sesiones experimenté la presencia de lo que yo describía como entidades: dentro de la vivencia sentía que interferían, que no querían contestar o que incluso pedían que abandonara la sesión. No sé qué naturaleza tenían esas percepciones y no las presento como una constatación externa; relato cómo fueron vividas desde dentro. La conciencia expandida no es un catálogo a la carta.

Por último, un detalle práctico que descubrí tarde. En mi caso comprobé que llegaba a estas sesiones en mejores condiciones cuando había descansado y no me encontraba físicamente agotado. Cuanta más energía traía de este plano, más capacidad tenía de sostener la vivencia. Lo anoto como una observación personal, no como una regla clínica universal. Por qué esto es así lo entenderás en el capítulo dedicado a la energía.

El marco de acompañamiento

Contar con una profesional a la que yo conocía y en quien confiaba me proporcionaba un marco de acompañamiento para atravesar material emocional intenso. La guía no elimina la incertidumbre sobre lo que aparece, pero crea un marco donde el material puede surgir sin desbordar del todo. Esa confianza no convierte cada imagen en verdadera ni garantiza que cualquier técnica sea apropiada para cualquier persona. Significa, en mi caso, que no estaba explorando solo algo que podía removerme profundamente.

Si una práctica de este tipo aumenta de forma importante la angustia, desorganiza la vida cotidiana o reactiva experiencias traumáticas difíciles de sostener, la respuesta responsable no es forzar más la experiencia, sino detenerse y buscar orientación profesional adecuada.

Una regresión se vuelve comprensible cuando se lee en cuatro capas: escena, emoción, enseñanza e integración.

Cómo leer una regresión

Si intentas leer una regresión entera de golpe, te perderás en los detalles: la serpiente, el casco de crin de caballo, el color del kimono, las escamas del peto. Los detalles importan, pero no son el mensaje.

Yo tardé meses en darme cuenta de que, cada vez que trataba de entender una sesión, estaba haciendo siempre lo mismo sin saberlo. Primero miraba lo que había aparecido. Después, dónde me había tocado en el cuerpo. Luego buscaba la frase que quedaba cuando todo lo demás se apagaba. Y por último me preguntaba qué tenía que cambiar en mi vida.

Son cuatro capas, y conviene bajarlas en orden: escena → emoción → enseñanza → integración.

La escena es lo que aparece: un océano nocturno con el fondo espeso como el chocolate, un niño oriental, una pradera, un peto de escamas negro azabache, un templo dorado, un portal abierto en mitad de la nada, una maquinaria inmensa en un planeta sin una sola hoja.

La emoción vuelve significativa la escena y muestra cómo la experiencia fue vivida desde dentro: la culpa, el odio, la soledad, el miedo, la tristeza, la risa incontenible. Casi siempre se siente en el cuerpo antes que en la cabeza: en la garganta, en el pecho, en los brazos. Su intensidad no demuestra que la escena fuera histórica, pero sí nos permite reconocer la experiencia afectiva que estaba ocurriendo.

La enseñanza es la frase sencilla que queda al final, como quien deja una nota sobre la mesa: perdonarme; decir no, y decirlo a tiempo; no afirmar más de lo que sé; cuidar la energía; amar sin poseer.

La integración no demuestra qué era la regresión. Demuestra algo distinto y más modesto: que la experiencia produjo un cambio observable. Un límite puesto, un descanso tomado, una culpa revisada, una decisión que llevaba años esperando, una hilera de hormigas que ya no se pisa: todo eso pertenece ya a la vida presente.

Capa — Pregunta — Lo que obtenemos

Escena — ¿Qué apareció? — El material vivido o simbólico.

Emoción — ¿Qué sentí y dónde lo noté? — La experiencia afectiva y corporal.

Enseñanza — ¿Qué comprensión quedó? — Una posible lectura trasladable.

Integración — ¿Qué cambia en mi vida? — Una conducta, un límite, una decisión, un perdón o una nueva forma de mirar.

Y ahora fíjate en una consecuencia que a mí me costó mucho aceptar: la escena es la capa más espectacular y, paradójicamente, la menos necesaria para comprobar si algo me ayudó. Puedo seguir dudando de si aquel niño oriental existió. Sí puedo afirmar que durante la experiencia sentí culpa con enorme intensidad, que después apareció una enseñanza sobre el perdón y que esa enseñanza influyó en la manera en que empecé a mirar determinadas culpas de mi vida presente.

Por eso, cuando entres en la segunda parte, no leas para averiguar si es verdad. Lee bajando por las cuatro capas.

Una precaución importante

Una regresión no debe utilizarse como prueba para acusar a otra persona, reconstruir como cierto un episodio que no puede corroborarse, establecer la causa de una enfermedad o adoptar por sí sola una decisión médica, judicial o de seguridad. Una experiencia interior puede abrir preguntas importantes; cuando la respuesta depende de hechos externos, esos hechos necesitan evidencia externa.

Regla de oro

No se trata de acumular episodios extraordinarios, sino de ver qué dimensión del mismo camino enseña cada uno. La escena es la capa que más llama la atención y la que menos enseña.

El canal no es una certeza metafísica: es una forma de recepción que necesita energía, prudencia y cuidado.

El canal: cómo llega la información

Después de las sesiones —o quizá desde mucho antes, sin que yo lo hubiera reconocido— empecé a prestar mucha más atención a determinadas frases breves, imágenes, asociaciones e intuiciones que aparecían espontáneamente. Algo quedó abierto.

Para poder hablar de ello necesitaba un nombre, y elegí «canal». Es un término descriptivo de mi experiencia, no la afirmación de que haya demostrado una vía objetiva de comunicación con otro plano.

No oigo voces externas ni veo textos proyectados delante de mí. Lo experimento como una mezcla de intuición, imagen, sensación y pensamiento súbito; algo parecido a alguien que me susurrara, a un volumen muy bajo, desde detrás de mi campo visual. No podría decirte si es una voz masculina o femenina, joven o mayor. A veces lo interpreto espiritualmente; otras veces considero que puede ser una producción de mi propia mente. No tengo una forma concluyente de resolverlo.

Las respuestas nunca llegan como tratados ni como explicaciones cerradas. Llegan como frases breves, imágenes, símbolos o recuerdos. «Son vuestro alimento». «Ellas defendían su comunidad». «Es un instrumento chamánico». «Energía». Se me da lo justo para que yo razone después. La enseñanza no llega cerrada: llega abierta, y el trabajo de cerrarla es mío.

¿Cuándo llega? He observado dos momentos. Uno es la calma: al volver cansado a casa, ducharme y tumbarme unos minutos sobre la cama. Ahí llega poco. El otro es la excitación nerviosa, y ahí llega a raudales. Es como encender un televisor: pulsas el botón y, de repente, todos los electrones de la circuitería empiezan a moverse. Me ha ocurrido conduciendo, en ese instante mínimo de tensión al calcular si llego al semáforo en verde; haciendo tareas complejas; escuchando música que me emociona; viendo una escena de película que me arrastra.

Y ahí aparece la rabia, porque sé que algo importante está llegando y no tengo a mano un bolígrafo, ni un papel, ni un ordenador. Se me dio una mnemotecnia para retenerlo —repetirlo en voz alta—, pero no siempre puedo usarla: si estoy hablando con alguien no voy a ponerme a recitar, porque pensarían que tengo una tara.

He aprendido a distinguir dos tipos de mensajes. Están las respuestas a preguntas vitales, esas que uno lanza al aire durante años sin esperar contestación. Y están los recuerdos de aclaración, que no responden a nada antiguo, sino que vienen después a completar o explicar una escena que en la regresión había quedado abierta.

También hay comunicaciones fallidas: ráfagas vertiginosas de imágenes que apenas puedo distinguir y que desaparecen enseguida. Creo que son transmisiones que empiezan y se interrumpen, como cuando tratas de sintonizar una emisora y solo oyes a alguien hablando dentro de una lata, o como una cinta de casete que pierde tensión y se enreda dentro del radiocasete.

Hay un tercer lugar donde todo esto se ordena, y es la meditación. A veces me siento a meditar y después transcribo lo que ha aparecido. Otras veces la información no llega meditando, sino en un momento tranquilo y cotidiano, sin que yo la haya buscado. La primera de esas meditaciones fue el intento de comprender algo muy sencillo y muy enorme: qué es el amor.

Y hay una palabra que llegó para nombrar toda esta etapa. Pedí una ayuda que definiera lo que me estaba ocurriendo y en mi mente apareció una sola palabra: recalibración. Es un término industrial; define la optimización de una maquinaria para que funcione mejor. No se me ocurre una descripción más exacta, ni más humilde, de lo que está pasando dentro de mí.

Todo esto tiene un precio. Hay días en los que estoy exhausto a media mañana, y no es solo cansancio físico: es como si el proceso de recibir, ordenar y recalibrar consumiera una cantidad enorme de energía antes incluso de que el día hubiera avanzado. Retén esa palabra —energía—, porque volverá.

¿De dónde viene todo esto? No lo sé. Quizá sea mi mente. Quizá mi subconsciente. Quizá una entidad exterior. Quizá una mezcla de varias cosas. No puedo descartar de forma absoluta las interpretaciones que considero, pero tampoco puedo tratarlas como hechos por no saber descartarlas. Puedo mantenerlas como posibilidades y, mientras tanto, observar su utilidad, su coherencia y sus efectos.

Y quiero dejar clara una cosa, para no afirmar más de lo que sé: quizá estos canales no se abrieran a raíz de las regresiones. Quizá llevaran abiertos mucho tiempo y fuera yo quien desechaba lo que llegaba, tomándolo por ocurrencias sin utilidad. Quizá no me ocurra solo a mí, sino a muchas personas que no se dan cuenta. Puy pudo ser simplemente quien me lo puso delante.

Lo que sí puedo afirmar es que el acompañamiento de Puy cambió mi manera de observarme. Yo lo viví como un despertar respecto a ciertos automatismos que llevaba años repitiendo: trabajar sin límite, reaccionar sin escuchar el cuerpo y avanzar por inercia sin preguntarme qué estaba necesitando realmente.

Lo importante, de momento, es que la información llega. Y que debo escribirla antes de que la fuente se agote.

Regla de higiene interior

No toda imagen tiene que ser forzada hasta convertirse en significado. Algunas se anotan, se dejan reposar y solo se recuperan si vuelven con claridad. A veces una imagen no es una revelación: es un intento incompleto de comunicación.

La sensibilidad no es fragilidad: es el instrumento con el que se percibe, y hay que afinarlo sin romperlo.

La sensibilidad: el cable por el que pasa la señal

Cuando en estas páginas relaciono sensibilidad y percepción, hablo de una hipótesis nacida de mi propia experiencia. No la presento como una medición clínica ni como una facultad demostrada.

Leído de un modo práctico, este capítulo habla también de algo cotidiano: algunas personas necesitan más descanso, más límites y más cuidado del entorno para no saturarse.

Si el canal es una emisora, la sensibilidad es el cable.

Todo lo que voy percibiendo apunta a una misma idea: la sensibilidad mejora la capacidad de percepción. No significa que una persona menos sensible no pueda recibir nada; significa que la sensibilidad facilita la comunicación. Es como la diferencia entre cablear una casa con cables de alta calidad, apantallados y protegidos contra interferencias, y montar un cableado temporal colgado con chinchetas en la pared. En el segundo caso, si enchufas una bombilla, puede parpadear. No porque la electricidad no exista, sino porque el canal no está bien preparado.

Pero la sensibilidad no es solo emoción. Con el tiempo he ido descubriendo de qué está hecha, y me sorprende la lista: es la educación del saber estar que me inculcaron mis padres, que no consiste en decir buenos días sino en darse cuenta de que el otro existe; es la ingenuidad y la inocencia, que tantos disgustos me han costado; es la curiosidad, no la entrometida, sino la técnica, científica y humana; es la compasión; es la capacidad de asombro; es el dolor ante el sufrimiento de un animal; es el cuidado de quien sostiene una flor entre las manos y no quiere que se dañe.

Y tiene un precio alto. La sensibilidad me ha hecho ingenuo. Me ha hecho creer a quien se estaba burlando de mí. Me ha llevado a cargar con el trabajo que otros dejaban en mi mesa. Me ha hecho sentir traicionado, con esa sensación de manoseo interior, como si algo puro hubiera sido tocado sin cuidado. Me ha hecho vivir con demasiada intensidad los vínculos y las pérdidas.

Se nota en el cuerpo, y he aprendido a distinguir los escalofríos. Hay uno que aparece cuando una enseñanza nueva llega a mí: se siente en los tríceps y detrás de los oídos, y es un «wow» corporal, una fiesta interior. Hay otro que aparece cuando algo me sobrepasa: empieza en los hombros, baja a las manos y recorre las piernas, como si yo fuera el cable con el que un electricista empalma dos extremos. Ese no dice «wow». Dice: esto te supera.

Junto a la sensibilidad hace falta otra cosa: una mente abierta. Hay mentes perceptivas, que escuchan y observan sin objeciones inmediatas, y hay mentes que se ríen de lo que no entienden y se cierran por convicción. Una de mis frases preferidas, que recuerdo atribuida a Gerry Spence, lo dice mejor que yo: prefiero que mi mente se abra por curiosidad antes que se cierre por convicción.

Hay además dos rasgos míos que todavía no sé dónde colocar del todo, pero que sospecho que forman parte de esto.

El primero es el pensamiento discursivo. Cuando me enfrento a un problema complejo que falla de forma intermitente, empiezo a hablar conmigo mismo: discuto por dónde revisar, dónde puede originarse el fallo; a veces siento que hablo con el propio problema. Me ocurre también con los problemas cotidianos. Mis labios se mueven sin emitir palabra, como si quisiera que alguien me leyera los labios. Pero la realidad es que necesito analizar la información de una forma distinta a como la analizan los demás.

El segundo es el TDA. Me lo diagnosticaron hace poco. En las pruebas de atención sostenida el resultado fue desastroso: en cuanto la tarea se vuelve monótona, mi mente se distrae. Pero en las pruebas complejas, esas de figuras extrañísimas que guardan una correlación, no fallé ninguna. El psicólogo me explicó que en el TDA hay cosas que se dan mal y otras que se dan bien, y que al final es como intentar igualar una balanza: una carencia se compensa con una virtud. Me pregunto —y quiero trabajarlo con Puy— si ese trastorno esconde alguna cualidad que tenga que ver con todo esto.

Y hay algo más que he observado, y que no depende de mí sino de los demás. Cuando una persona atraviesa un problema, de salud o de cualquier índole, aparecen personas bondadosas que la ayudan. Pero la ayuda es doble: por un lado está el consejo, y por otro es como si se percibiera, muy sutilmente, una compartición de energía que te muestra el camino. No lo vivo solo como una ayuda, sino como un potenciador: algo que provoca que tu sensibilidad despierte y esté ahí para sostenerte.

Durante años pensé que mi sensibilidad era mi debilidad. Empiezo a sospechar que es, precisamente, la herramienta.

Con el tiempo he comprendido además algo que puede servir aunque el lector no comparta ninguna de mis interpretaciones espirituales: ser sensible no obliga a estar disponible para todo el mundo. Percibir mucho no significa tener que cargar con todo. La sensibilidad sin límites puede convertirse en agotamiento, complacencia o autoabandono. Cuidarla también implica aprender a retirarse, descansar, pedir ayuda y decir no.

Idea central

La sensibilidad puede ser una capacidad valiosa de percepción, pero necesita límites, descanso, cuerpo cuidado y prudencia interpretativa. Percibir con intensidad no convierte automáticamente una interpretación en verdad.

Nada de lo que se muestra es gratuito: todo lo que se ve se paga con energía.

La energía: la moneda con la que se paga todo lo que se ve

Utilizo aquí la palabra «energía» en el sentido en que apareció dentro de mis vivencias y en el modelo que fui construyendo después. No estoy afirmando haber medido una energía física desconocida ni describiendo un mecanismo científico establecido. Es un modelo personal que me ayuda a ordenar por qué unas imágenes aparecían y otras no, por qué unas emociones se sentían con enorme intensidad y por qué terminaba algunas sesiones agotado.

El lector puede conservar este modelo espiritual si le resulta significativo o traducirlo a un lenguaje completamente cotidiano: atención, esfuerzo mental, activación emocional, descanso y recursos físicos son limitados. En cualquiera de los dos lenguajes permanece una enseñanza práctica: no podemos vivir indefinidamente gastando nuestros recursos en aquello que nos destruye.

Este es, quizá, el concepto más importante del libro, y también el más difícil de explicar. Si lo asimilas ahora, entenderás casi todo lo que viene después.

En mis vivencias no se me muestra todo. Algunas imágenes aparecen completas y otras no. Algunos sentidos se activan y otros quedan bloqueados. Podía oler la madera quemada, pero no la sangre. Veía la parte superior de un oficial, nunca su cuerpo entero. No podía girar el cuello. No veía al resto de mi familia.

Durante mucho tiempo interpreté todo aquello como fallos míos: falta de nitidez, poca capacidad de visualizar, miedo. Hasta que empecé a preguntar. Cuando, ya en la fase de transcripción, lanzaba internamente preguntas del tipo «¿por qué no puedo leer esto?, ¿por qué no puedo ver aquello?», empezaron a llegarme visiones distintas: palabras que parecían escritas en un documento con fondo negro y letra blanca, apareciendo y desapareciendo de forma intermitente, como un tic. Y la palabra era siempre la misma:

Energía. Energía. Energía.

De ahí nació el modelo que lo ordena todo. La vivencia funciona como un optimizador: no busca la completitud, busca la eficiencia simbólica. Su principio es conseguir el máximo significado con el mínimo gasto energético. No reconstruye toda la escena; selecciona solo aquello que contiene la verdad emocional o espiritual necesaria.

De esto se sigue algo hermoso que quiero que retengas: la ausencia también es información. Que no vea a alguien no significa vacío. Que no pueda oler algo no es una incapacidad, sino una selección. Cada falta responde a una pregunta: ¿qué habría consumido mostrar eso? ¿Qué recibió esa energía en su lugar? ¿Qué enseñanza protegía esa omisión?

Y la energía no se reserva solo para el dolor. En la vivencia de la niña cuyo padre marcha a la guerra no pude ver a nadie más de mi familia, y ahora sé por qué: toda la energía tenía que ir a otra cosa. A la sensación de mi padre levantándome muy alto, a mis piernecitas girando hacia mi espalda, al cosquilleo en el pecho y a una risa infinita. Fue la felicidad más grande que he sentido en todas mis vivencias. La energía también protege lo esencial.

Con el tiempo he distinguido varias funciones: energía de visualización, sensorial, emocional, narrativa, de acción y de recarga. Incluso el tartamudeo, ese cortocircuito que me da cuando Puy me pide algo, parece ser una señal de que necesito recargarme en un plano intermedio antes de poder continuar.

Y entonces llega el salto que lo cambia todo, y que ya no habla de regresiones sino de mi vida. Si en las vivencias la energía nunca se malgasta, si se reserva siempre para lo esencial, ¿por qué gasté yo años de mi energía vital sosteniendo aquello que me estaba destruyendo? Aguantar, justificar, resistir, no romper, no actuar.

Aprender a decir no es también una forma de economía de la energía: retirarla de lo que se ha vuelto profundamente negativo y reservarla para lo que debo proteger. Mi dignidad, mi salud y mi futuro.

Concepto clave

Una vivencia no muestra todo lo posible: muestra aquello para lo que hay energía, aquello que puede transformar y aquello que el sistema puede sostener sin romperse. Y su corolario práctico: si una información exige dañar el descanso, la salud o la estabilidad, no se está integrando correctamente.

El alma no cabe en una sola vida, ni en un solo plano, ni en una sola línea de tiempo.

El alma: lo que no cabe en una sola vida

Lo que sigue es la manera en que el alma se me representó durante una de las sesiones. Lo cuento como una experiencia espiritual y simbólica; no como una descripción demostrada de la estructura del universo. La imagen que recibí me representaba el alma como algo no limitado a una sola biografía: esa es la comprensión espiritual que extraje, no una descripción factual que pueda demostrar científicamente.

En una de las sesiones me desvié de lo que Puy me pedía y pregunté por mi cuenta algo que llevaba toda la vida dentro: pregunté por el alma.

Se me mostró un libro de tapas blancas, aunque no de un blanco uniforme. Tenía muchas páginas, y cada página llevaba un marcador parecido a una esfera amarillenta y transparente. Esas esferas se movían muy rápido de una página a otra.

Se me explicó que la naturaleza del alma no es lo que entendemos aquí, en el plano físico, y que no podríamos comprender todo su concepto. Pedí un símil, y me lo dieron: cada una de esas páginas representa una porción del alma. Una de ellas es la que está viviendo en el plano físico. El resto son otras porciones que están en otros planos, otros universos u otras dimensiones.

No se trata exactamente de espacio-tiempo, ni de multiverso entendido de forma simple. Lo que pude entrever fue otro símil: imagina que pudieras viajar en el tiempo con el dial de una radio analógica, moviéndolo adelante y atrás. Ese concepto es demasiado sencillo. Ahora imagina que el dial no es una línea, sino una esfera; y que esa esfera no tiene dimensión fija: es infinita. Puede caber entre tus manos o ser tan grande como un planeta. Mover un punto dentro de esa esfera te ubica en algún sitio: la Tierra ahora, la Tierra en otra edad, u otro tipo de universo distinto.

Aquello encajó con algo que había leído. En libros de psicólogos que utilizan la hipnosis de regresión clínica, muchos pacientes que llegaban al momento de desencarnar y pasaban hacia la luz se sorprendían al encontrarse allí con gente que todavía estaba viva en el plano físico. Uní esa lectura con lo que acababan de transmitirme y sentí que lo entendía: nuestra alma no está atada en exclusiva a nuestro cuerpo.

Y encajó también con otra lectura que me había intrigado durante años. Un libro proponía una explicación especulativa de los déjà-vu mediante mundos paralelos y conceptos tomados de la física cuántica: un déjà-vu podría ser un recuerdo que llega a nuestra conciencia actual desde otro yo, de otro mundo paralelo, que ha vivido la misma experiencia unos segundos o unos minutos antes. Ese otro yo habría surgido de una decisión binaria —«¿me caso o no me caso con esta persona?»—: en el instante en que la pregunta se abre se generarían dos universos, uno por cada respuesta, y ambas vidas podrían entrecruzarse en algún momento de forma muy sutil. Aquella lectura me había impresionado y pudo formar parte del material con el que mi mente construyó la escena. No presento esa explicación como un resultado establecido de la física: la menciono porque estaba en mi memoria y porque influyó en la manera en que interpreté lo que vi.

Junto a esto aparecen otras nociones que iré usando y que conviene que conozcas.

Dentro del marco espiritual de estas vivencias, llamo plano astral a aquel en el que, según esa lectura, aparecemos todos una vez que desencarnamos, y donde permanecemos un tiempo hasta que el alma termina de quitarse las capas, el cascarón de la vida terrenal que hemos tenido. No lo presento como un plano de existencia demostrado.

Dentro de la misma lectura aparecen las entidades. En una sesión, la respuesta que experimenté fue que había entidades que se nutrían de mi odio; lo vivo así, dentro de la escena, y no como una constatación externa. Según determinadas lecturas espirituales, y también según psiquiatras que han trabajado con regresión, otras serían seres desencarnados que en vida abusaron del tabaco, del alcohol o del sexo, y que se acercan a quienes practican esas mismas conductas. Y hay entidades burlonas, que simplemente se ríen y te gastan una broma. Recojo estas descripciones como parte del lenguaje con el que ordeno mi experiencia, no como hechos comprobados.

En la imagen que recibí hay lugares donde no existen jerarquías ni rangos sociales como los entendemos aquí, pero sí entidades superiores que dan instrucciones y otras que las ejecutamos; y donde, cuando una tarea es demasiado compleja, varios seres se unen entre sí y actúan como un solo ser.

Y hay portales. Vi abrirse uno en mitad de la nada, sin pared ni lugar físico que lo sostuviera, y al otro lado había otro edificio. El mensaje parecía claro: no hacen falta naves espaciales como las nuestras para viajar por el espacio o por el tiempo.

Queda una última imagen que quiero dejarte aquí, aunque su vivencia completa llegará más adelante. En una regresión vi un planeta completamente desértico, sin una sola hoja, y dentro de una maquinaria inmensa a un ser que procesaba millones de datos por segundo frente a una luz azulada que yo sabía que era luz de información. Al salir de aquella estancia me mostró un artefacto, y cuando Puy me preguntó qué era, respondí sin pensarlo: una sembradora de vida. Y después dije una palabra: panspermia. La teoría de que la vida pudo diseminarse por el universo haciendo llegar a los planetas embriones que darían lugar, después, a formas más sofisticadas.

Reconozco que yo ya había leído sobre la panspermia, igual que había leído sobre los Shemsu-Hor antes de encontrármelos. No puedo descartar que mi subconsciente construyera la escena con materiales que ya estaban en mí. Vuelve el pacto del primer capítulo: no lo afirmo ni lo niego.

Prudencia

Yo ya había leído sobre los Shemsu-Hor y sobre la panspermia antes de encontrármelos dentro. Eso no invalida la vivencia, pero obliga a la prudencia: el material pudo estar ya en mí.

Cinco enseñanzas centrales y cuatro aprendizajes que las atraviesan.

Las enseñanzas que lo ordenan todo

Si tuviera que resumir en unas pocas páginas todo lo que he aprendido, sería esto. No te pido que lo asimiles del todo ahora; cada una se despliega, con su historia y su dolor, más adelante. Solo quiero que sepas hacia dónde vamos: cinco enseñanzas centrales y cuatro aprendizajes que las atraviesan.

Primera: decir no, y decirlo a tiempo. Cuando salí de la regresión en la que fui un oficial que obedeció órdenes atroces, dije que la enseñanza era «saber decir que no». Me pareció ridículo. Uno espera venir a este plano con deberes más elevados, con algún poder metafísico, no con algo tan mundano. Pero era exactamente eso. Y hay un matiz que lo vuelve terrible: no basta con poner el límite, hay que ponerlo antes de que el daño sea irreversible. En aquella vida mis manos ya estaban manchadas de sangre cuando quise negarme. Aunque me hubieran ejecutado igualmente por negarme desde el principio, al menos mis manos habrían estado limpias.

Segunda: perdonarse. No toda culpa corresponde a una responsabilidad real. Fui un niño que metió una serpiente en casa como si fuera un juguete, y aquella serpiente mató a mi madre. Pasé una vida entera doblado bajo el peso de un accidente. La enseñanza llegó al final, siendo ya un anciano sentado bajo un árbol esperando la muerte: debía perdonarme. Todo lo que pertenece a ese cuerpo se queda ahí. La compasión que Cristo me enseñó a dirigir hacia los demás también debe dirigirse hacia uno mismo.

Tercera: soltar. En la vivencia fui una niña que veía marcharse a su padre a la guerra con la certeza de que no volvería. La escena me dejó una comprensión espiritual muy fuerte: la vida se me representó como un capítulo dentro de algo mayor y el amor como algo que no quedaba agotado por una despedida. Esa es mi lectura y no puedo presentarla como una certeza sobre lo que ocurre después de la muerte.

Hay, sin embargo, una enseñanza que no depende de aceptar esa interpretación: una pérdida puede quedar fijada en el instante en que comprendemos que algo no volverá a ser como antes. Soltar no significa olvidar ni dejar de amar. Significa dejar de exigir que la realidad regrese a una forma que ya terminó y aprender a llevar el vínculo, el recuerdo o el amor de otra manera.

Cuarta: amar sin poseer. El apego dice «te necesito», «sin ti no puedo vivir»; intenta atar a la otra persona y convertir su presencia en una condición para nuestra estabilidad. El amor verdadero mira de frente al corazón del otro. A veces amar significa dejar marchar, e incluso aceptar que esa persona encuentre junto a otra la felicidad que ya no encontraba contigo. Y de ahí se sigue algo que me duele ver a mi alrededor: la vida no debería convertirse en una sala de espera en la que permanecemos sentados hasta que aparezca una pareja, ni deberíamos considerarnos incompletos mientras tanto. Cuando el amor llegue, tendrá que encontrarnos viviendo.

Quinta: el cariño. Amar no consiste solo en sentir algo dentro de uno mismo. El amor que no se manifiesta puede existir dentro de una persona, pero difícilmente podrá ser reconocido por quien necesita recibirlo. Por eso el cariño no es un elemento secundario ni una expresión superficial: es la manera en que el amor se aproxima al otro, se vuelve visible y puede ser sentido. El cariño es acercarse. Es acudir. Es hacerle saber al otro que ha sido visto. Yo lo sé bien, porque el recuerdo más antiguo que conservo de mi vida es el de estar solo en mi cuna, agarrado a los barrotes, esperando a que alguien viniera.

Cuatro aprendizajes que atraviesan las cinco enseñanzas

Primero: aprender a convivir con no saber. No todas las preguntas tienen una respuesta accesible. No sé qué fueron exactamente mis regresiones y he tenido que aprender que la incertidumbre no invalida la experiencia. En la vida cotidiana ocurre lo mismo: quizá nunca sepamos por qué alguien actuó de determinada manera, qué habría ocurrido de haber elegido otra opción o qué nos espera después de una pérdida. Madurar también consiste en no rellenar cada vacío con una certeza inventada.

Segundo: escuchar el cuerpo antes de construir una explicación. Muchas de mis experiencias comenzaron en la garganta, el pecho, las manos o el estómago antes de convertirse en palabras. Esta observación puede trasladarse a cualquier vida: antes de analizar por qué estamos enfadados, asustados o tristes, podemos detenernos y reconocer qué está ocurriendo físicamente. El cuerpo no resuelve por sí solo la interpretación, pero puede avisarnos de que algo merece atención.

Tercero: cuidar los recursos propios. Yo lo he explicado mediante la idea de economía de la energía. El lector puede entenderlo en un sentido espiritual o simplemente humano: disponemos de atención, fuerzas físicas y recursos emocionales limitados. Una vida dedicada a sostener indefinidamente situaciones destructivas termina pasando factura. Descansar, pedir ayuda y poner límites también son formas de cuidar aquello con lo que tenemos que seguir viviendo.

Cuarto: sensibilidad no significa autosacrificio. Durante años confundí en ocasiones comprender a los demás con soportar demasiado. Ser sensible puede ayudarnos a escuchar, percibir y cuidar, pero no obliga a aceptar cualquier carga. La sensibilidad necesita discernimiento y límites para no convertirse en una forma de abandono de uno mismo.

Las cinco enseñanzas centrales siguen apuntando en una misma dirección: hay cosas que retienen —el sí que no supimos negar, la culpa antigua, la pérdida que se fija, el apego que ata— y necesitamos aprender a relacionarnos con ellas de otra manera. Los cuatro aprendizajes transversales añaden el método: tolerar la incertidumbre, escuchar el cuerpo, cuidar nuestros recursos y proteger la sensibilidad con límites.

Para asimilar

Ninguna de estas enseñanzas me llegó como un consejo moral. Todas llegaron encarnadas en una escena, con un cuerpo que las sentía. Quizá por eso no se olvidan.

La batería no me gustaba por capricho: el ritmo organiza, y la música carga.

La música: un instrumento chamánico

Cuando relacione música, ritmo y estados de conciencia, lo haré como una hipótesis personal y una observación de mi experiencia. Una medición musical puede describir un patrón rítmico, pero no demuestra por sí sola una causalidad terapéutica ni convierte una canción occidental en una práctica chamánica en sentido técnico.

Desde muy joven me gustó el rock, porque lo veía como una música con garra, capaz de elevar mi espíritu. En mi grupo de amigos todos apreciaban la calidad de una guitarra o de un bajo. A mí, sin embargo, me llamaban la atención las baterías.

Durante toda mi vida, sin darme cuenta, analicé la percusión de cada grupo que oía. La batería marca el compás; probablemente sea la espina dorsal de la canción, aunque no todo el mundo lo entienda así.

Una de las primeras respuestas que me llegó por el canal contestaba a esa pregunta antigua: ¿por qué me gustan más las baterías que cualquier otro instrumento? La respuesta fue sencilla:

Es un instrumento chamánico.

Solo eso. Como si se me obligara a razonar el porqué de una respuesta que, en el fondo, yo ya conocía.

Y aquí ocurrió algo que me sigue asombrando. Quise comprobarlo. Separé la pista de batería de Alive and Kicking, de Simple Minds —esa canción que me eleva el espíritu desde siempre— y pedí ayuda para medirla, porque yo no soy músico. El resultado fue que el clímax de la pieza alcanza unos 4,1 golpes por segundo, y ese número cae justo dentro del rango clásico del tamborileo chamánico, de 4 a 4,5 golpes por segundo, asociado a la banda cerebral theta. El momento en que la pieza se siente más extática es exactamente aquel en que su densidad de golpes toca la velocidad del tambor del chamán.

Con honestidad: técnicamente esa batería no es chamánica. El tambor chamánico puro es un pulso monótono, sin estructura, sostenido quince minutos o más, diseñado para no ser música sino herramienta. Lo mío es una canción. Pero funcionalmente tira de las mismas palancas. Y hay un argumento que me convenció: los expertos recuerdan que el contexto cultural manda, que si bastara el ritmo media África estaría en trance todo el año. Pues bien: si el contexto cultural manda, entonces para nosotros, occidentales europeos, esta batería puede ser perfectamente chamánica.

Más tarde descubrí que la música tenía todavía otra función, distinta del trance. Escuchándola especialmente sensible, sentí cómo mi cuerpo empezaba a llenarse de energía, sobre todo en el pecho. Comprendí que aquella batería podía funcionar como un generador: una carga adicional antes de afrontar una regresión, o quizá para sostener la recepción del canal.

Y luego están las canciones que empiezan a sonar en mi cabeza y no paran, hasta que comprendo qué venían a decirme. Cuando la enseñanza se recibe, dejan de sonar.

Idea central

El ritmo ordena el cuerpo, la respiración y la emoción. Por eso la respuesta que recibí no fue musical, sino espiritual. Y hay un detalle que uso como brújula: cuando la enseñanza de una canción ha sido recibida, la canción deja de sonar en mi cabeza.

Las enseñanzas de Pema Chödrön son el marco que sostiene todo lo demás.

El faro budista: Pema Chödrön

A lo largo del libro citaré constantemente a una mujer, y es justo que te la presente antes.

Pema Chödrön es una monja budista y maestra de meditación, discípula de Chögyam Trungpa Rimpoché. Sus libros me acompañaron durante toda la enfermedad. Sus enseñanzas son hermosas, pero emplean una retórica oriental muy densa, que hay que «mascar»; por eso he querido recoger aquí, en unas pocas páginas, los conceptos suyos que más me sostuvieron, al alcance de cualquier persona que atraviese un proceso de sanación.

Estos son los conceptos suyos que necesitas para seguirme:

Bodhichitta. Significa corazón noble o corazón despierto. Es ese lugar tierno y sensible que todos llevamos dentro. Así como la mantequilla ya está contenida en la leche y el aceite en la semilla de sésamo, esa bondad ya está en cada persona desde el principio. Y por muy crueles o mezquinos que hayamos sido, nunca se pierde: es como una joya enterrada un millón de años que, al sacarla a la luz, brilla intacta.

Maitri. La amorosa bondad; la amistad incondicional hacia uno mismo. Pema la explica con la imagen de un pájaro madre que cuida a sus crías. Cuando le preguntan si somos la madre o el polluelo, responde que somos los dos a la vez.

Tonglen. Tomar y dar. Le da la vuelta a nuestro instinto: al inhalar, acogemos el dolor; al exhalar, enviamos alivio y frescura. Hace falta valor para practicarlo, y al practicarlo nos infunde valor.

Impermanencia. Nada es estático; todo es pasajero. Lo sabemos con la cabeza, pero por dentro nos resistimos.

Samsara. La costumbre de fabricar sin descanso pequeñas zonas de seguridad a las que aferrarnos, que se derrumban una y otra vez, y en cuya reconstrucción gastamos la vida entera.

El guerrero compasivo. No es un guerrero que hiere. Y no sube la montaña para dejar atrás el sufrimiento: baja hacia él. Es como escalar una montaña cuya cima apunta hacia la tierra.

Las cuatro cualidades ilimitadas. Amor, compasión, alegría y ecuanimidad. Se llaman ilimitadas porque, entrenadas, no tienen fronteras.

Prajna. La sabiduría; la más importante de las seis paramitas, porque sin ella las otras pueden usarse para sentirnos mejores que los demás.

Empezar justo donde estás. No hace falta esperar a ser mejor persona para practicar.

La escucha compasiva. Cuando alguien llega iracundo o angustiado, ofrecerle un espacio de escucha, sin juzgar, puede calmarlo. No siempre resuelve la causa —se parece al médico que apacigua el síntoma sin buscar el origen—, pero muchas veces es la única puerta que queda abierta. Yo la he usado, y también he sentido su límite: no se puede ayudar a quien no quiere ayuda.

Y una imagen que lo resume todo: una mujer huye de unos tigres, llega al borde de un acantilado y desciende agarrada a una enredadera; abajo hay más tigres, y un ratón empieza a roer la rama. Entonces ve, a su lado, un racimo de fresas. Coge una, se la lleva a la boca y la saborea con calma. Tigres arriba, tigres abajo: esa es siempre nuestra situación. Y en medio está este instante, que puede ser la única fresa que probemos.

Para asimilar

Empezar justo donde estás. No hace falta ser mejor persona, ni estar más tranquilo, ni haber entendido nada todavía. El punto de partida siempre es este, y siempre sirve.

Lo que me ocurrió, lo que me enseñó y cómo puede ayudarte a mirar tu propia vida.

De la vivencia a la vida

Hasta aquí te he explicado cómo intento comprender lo que me ocurrió. Ahora quiero darle la vuelta al libro.

Porque existe una objeción razonable: quizá tú nunca tengas una regresión. Tal vez no te interese tenerla. Puede incluso que no creas en vidas anteriores, en planos astrales o en ninguna de las interpretaciones espirituales que aparecen en estas páginas.

Aun así, las enseñanzas pueden servirte.

Yo necesité escenas extraordinarias para mirar algunas cosas que estaban delante de mí: que no sabía poner límites a tiempo, que podía cargar durante años con culpas que necesitaban otra mirada, que confundía en ocasiones amar con retener, que mi cuerpo avisaba antes de que mi cabeza quisiera escuchar y que mi sensibilidad, sin cuidado, podía convertirse en agotamiento.

Tú no necesitas ver un océano oscuro, un templo dorado ni convertirte en un oficial de otra época para hacerte las mismas preguntas.

La herramienta puede resumirse así: situación → emoción → comprensión → integración. Es la misma estructura con la que he aprendido a leer mis regresiones, trasladada a la vida cotidiana.

Primera capa: la situación

Empieza por aquello que está ocurriendo realmente. No por toda la explicación que tu mente construye alrededor, sino por los hechos que puedes describir de la manera más sencilla posible.

«Mi trabajo me desborda.» «Ha terminado una relación.» «He perdido a alguien.» «Me cuesta decir que no.» «Estoy sosteniendo una culpa desde hace años.» «Me siento solo.» «Tengo miedo de tomar una decisión.»

No hace falta convertir todavía la situación en una teoría sobre quién eres. Primero mira.

Segunda capa: la emoción y el cuerpo

Después pregunta qué sientes. Miedo. Tristeza. Rabia. Culpa. Vergüenza. Soledad. Alivio. Confusión.

Y, si puedes, da un paso más: ¿dónde lo sientes? Quizá el pecho se cierre. Puede que la garganta se tense. Tal vez aparezca un vacío en el estómago. Las manos pueden ponerse inquietas. Los hombros se endurecen. La respiración cambia.

No se trata de diagnosticarte mirando el cuerpo ni de suponer que cada sensación contiene un mensaje oculto. Se trata de concederle unos segundos a la experiencia antes de enterrarla bajo explicaciones.

Muchas veces la historia empieza después: «No podré.» «Todo es culpa mía.» «Tengo que aguantar.» «Si me deja, no valgo.» «Si digo que no, decepcionaré a todo el mundo.»

Cuando esas frases aparecen, ya estamos entrando en la tercera capa.

Tercera capa: la comprensión

Aquí no buscamos una revelación espectacular. Buscamos una frase suficientemente honesta.

«Estoy aceptando demasiado por miedo al conflicto.» «Estoy confundiendo culpa con responsabilidad.» «No quiero aceptar que algo terminó.» «Estoy esperando que otra persona resuelva mi miedo a estar solo.» «Estoy agotado y llevo meses tratando el agotamiento como si fuera una obligación.» «Quiero cuidar, pero estoy empezando a abandonarme a mí mismo.»

La comprensión útil suele ser más sencilla que la historia que la rodea. Y conviene mantener una precaución: comprender algo no significa haber descubierto automáticamente toda la causa de lo que nos ocurre. Una explicación puede ser provisional y aun así ayudarnos.

Cuarta capa: la integración

Esta es la parte que más me importa. ¿Qué cambia ahora? No dentro de una teoría. En tu vida.

Quizá la integración sea pedir ayuda. Decir que no a una tarea. Concertar una cita con un profesional. Dejar de enviar un mensaje. Pedir perdón. Dormir. Hablar con alguien. Escribir una decisión. Aceptar que una relación terminó. Dejar de castigarte por algo que no podías controlar. Poner una fecha a un límite que llevas meses aplazando.

La integración puede ser pequeña. De hecho, suele empezar así. Una enseñanza que no modifica nada puede ser interesante. Una enseñanza que cambia una conducta empieza a formar parte de la vida.

Un ejemplo: el trabajo

Imagina que llevas meses sobrecargado. Situación: cada semana aceptas nuevas responsabilidades aunque ya no puedes sostenerlas. Emoción y cuerpo: miedo a decepcionar, presión en el pecho, tensión cuando llega un correo nuevo. Comprensión: «Estoy diciendo sí porque temo las consecuencias de poner un límite.» Integración: documentas la carga, pides ayuda de manera formal y rechazas una responsabilidad concreta que no puedes asumir.

Nada de esto necesita una regresión. La enseñanza de «decir no y decirlo a tiempo» ya está trabajando.

Un ejemplo: una pérdida

Situación: una persona que formaba parte de tu vida ya no está. Emoción y cuerpo: tristeza, vacío, opresión en la garganta. Comprensión: «Una parte de mí sigue intentando que la realidad vuelva a ser como antes.» Integración: permites el duelo, buscas apoyo, conservas lo que quieres recordar y empiezas poco a poco a construir una vida en la que el vínculo puede tener otra forma.

No necesitas creer que volverás a encontrarte con esa persona en otra existencia para trabajar con la necesidad de soltar. Si tienes esa fe, puede acompañarte. Si no la tienes, la enseñanza sigue ahí.

Un ejemplo: una relación

Situación: una relación ha terminado o se ha vuelto dañina. Emoción y cuerpo: miedo, nostalgia, ansiedad, soledad. Comprensión: «Estoy confundiendo amar con conseguir que la otra persona permanezca.» Integración: respetas el final, dejas de realizar una conducta destinada a retener y empiezas a reconstruir una parte de tu vida que ya no depende exclusivamente del vínculo.

Amar sin poseer deja entonces de ser una frase bonita. Se convierte en una conducta.

Varias puertas para hacer este trabajo

No existe una única manera de integrar una experiencia.

La psicoterapia puede ayudarnos cuando necesitamos comprender patrones, atravesar un duelo, trabajar un trauma, ordenar ansiedad, revisar conductas repetitivas o recibir apoyo durante una crisis.

La escritura reflexiva permite separar hechos, emociones, interpretaciones y decisiones. Muchas páginas de este libro nacieron precisamente así.

La meditación y la atención al cuerpo pueden enseñarnos a permanecer unos minutos con una experiencia antes de reaccionar automáticamente.

Las personas de confianza pueden ofrecer escucha, perspectiva y compañía. A veces una conversación honesta evita que una historia interior se convierta en un mundo cerrado.

La práctica espiritual, para quien la tenga, puede proporcionar un marco de sentido, compasión, oración, meditación o reflexión sobre la vida y la muerte.

Las sesiones de exploración de la conciencia, incluida la experiencia que yo denomino regresión, pueden interesar a algunas personas. No son necesarias para utilizar las enseñanzas de este libro y no deben presentarse como sustituto automático de una psicoterapia o de un tratamiento sanitario. Si alguien decide explorarlas, considero importante hacerlo con información suficiente, con libertad para detenerse y con acompañamiento responsable.

Lo que una regresión no debe decidir por ti

Una escena interior puede conmover profundamente. Eso no la convierte en una prueba externa.

Si durante una sesión aparece una persona conocida haciendo algo que no recuerdas de tu vida ordinaria, no deberías acusarla basándote únicamente en esa escena. Si aparece una explicación sobre una enfermedad, no deberías abandonar una evaluación o un tratamiento médico por ello. Si surge una supuesta memoria que modifica de manera drástica tu biografía, conviene mantener prudencia y diferenciar lo experimentado de aquello que puede corroborarse.

La exploración interior puede abrir preguntas. Los hechos externos necesitan comprobación externa.

Cuándo la ayuda profesional debe ir primero

Hay momentos en los que intentar comprender por nuestra cuenta no es suficiente. Si el sufrimiento resulta insoportable, si aparecen pensamientos de hacerse daño, si existe una pérdida importante de contacto con la realidad, si el consumo de alcohol u otras sustancias está fuera de control, si un trauma se reactiva de manera intensa o si los síntomas impiden desarrollar la vida cotidiana, la prioridad debe ser recibir atención profesional.

Pedir ayuda no contradice ninguna búsqueda espiritual. Puede ser precisamente la forma más responsable de continuarla.

Un ejercicio para el lector

Elige una situación actual que te esté haciendo sufrir y escribe cuatro apartados.

1. Situación. ¿Qué está ocurriendo realmente? Intenta describir hechos antes que interpretaciones.

2. Emoción. ¿Qué sientes? ¿Dónde aparece en el cuerpo?

3. Comprensión. ¿Qué frase sencilla parece quedar cuando eliminas explicaciones innecesarias? No busques una teoría total. Busca algo que puedas mirar con honestidad.

4. Integración. ¿Qué acción pequeña y concreta podría expresar esa comprensión durante los próximos días?

Después añade una quinta pregunta: ¿necesito ayuda para hacer esto? Si la respuesta es sí, esa también es una enseñanza.

Para asimilar

No necesitas vivir mis escenas para utilizar lo que dejaron. Mi regresión puede haber sido el lugar donde yo aprendí a decir no. Tu lugar puede ser una reunión de trabajo. Yo pude encontrar una enseñanza sobre la culpa en la imagen de un niño y una serpiente. Tú puedes encontrarla al mirar una decisión antigua con la información que realmente tenías entonces. Yo aprendí algo sobre soltar viendo a una niña despedirse de su padre. Tú puedes aprenderlo atravesando un duelo, una separación o el final de una etapa.

La escena pertenece a quien la vive. La enseñanza puede viajar. Y cuando llega a la vida cotidiana y cambia la manera en que tratamos a los demás y a nosotros mismos, deja de ser una curiosidad. Empieza a convertirse en camino.

El territorio que viene, y en qué orden recorrerlo.

Mapa del viaje

Ya tienes las claves y acabas de ver cómo llevarlas a tu propia vida. A partir de aquí entramos en el territorio, y lo haremos despacio, tema por tema.

Recuerda algo antes de continuar: no necesitas encontrar en tus propias experiencias una réplica de las mías. Cuando termines una vivencia, vuelve siempre a las cuatro capas —escena, emoción, enseñanza e integración— y después haz el movimiento inverso: pregúntate qué situación de tu propia vida puede beneficiarse de esa misma enseñanza.

En la segunda parte están las regresiones, tal y como ocurrieron y tal y como las escribí: el océano de oscuridad, el niño y la serpiente, la niña de la pradera; la vivencia asiática militar donde aprendí a decir no; y la sesión en la que crucé un portal y me encontré con los Shemsu-Hor.

La tercera parte entra a fondo en el canal y en la sensibilidad: de qué está hecha, qué la potencia, qué la daña, y por qué creo que es la herramienta que hace posible todo lo demás.

La cuarta parte desarrolla la economía de la energía: el modelo completo, con sus funciones, sus ausencias y sus recargas. Es la parte más analítica del libro, y también la que más me ha ayudado a comprenderme.

La quinta parte está dedicada a la música: el análisis de la batería, la canción como carga energética y las canciones que llegaron como mensajes.

La sexta parte es la más íntima. Son las meditaciones sobre el amor, el apego, el cariño y la impermanencia que nacieron durante este proceso de recuperación y sanación.

Un último consejo, y con él te dejo entrar: no leas buscando pruebas. Lee buscando la enseñanza. Las pruebas no las tengo. La enseñanza, sí.

Las palabras de este libro, reunidas y definidas.

Glosario

Conciencia expandida. Expresión utilizada por el autor para describir el estado experimentado durante determinadas sesiones acompañadas. No se presenta en este libro como una categoría clínica estandarizada. En ese estado aparecieron imágenes, emociones, sensaciones y asociaciones cuya naturaleza última el autor mantiene abierta.

Regresión. Nombre utilizado en este libro para determinadas vivencias guiadas surgidas durante las sesiones de conciencia expandida. Algunas remitieron a recuerdos de esta vida y otras fueron experimentadas como escenas de otras vidas o planos. El libro no presupone que estas últimas constituyan recuerdos históricos demostrados.

Camino del medio. Postura del autor ante todo lo vivido: ni afirmar que es literal ni negarlo; sostener ambas posibilidades y quedarse con la enseñanza.

Canal. Nombre que el autor da a la aparición espontánea de frases breves, imágenes, intuiciones o símbolos que experimenta como información recibida. El término describe su vivencia y no pretende demostrar una comunicación externa.

Recalibración. Término industrial que define la optimización de una maquinaria. Nombre que se le dio al proceso de reordenación interna que el autor atraviesa.

Economía de la energía. Modelo interpretativo personal con el que el autor organiza la sensación de que las vivencias seleccionan unas imágenes, emociones o acciones y omiten otras. No se presenta como una magnitud física medida ni como un mecanismo científico establecido. En su traducción práctica, recuerda que la atención, el esfuerzo y los recursos físicos y emocionales son limitados.

Optimizador. Lógica interna de la vivencia: máximo significado con el mínimo gasto energético. Su principio no es la completitud, sino la eficiencia simbólica.

Integración. Paso en el que una experiencia o una enseñanza se traduce en la vida presente mediante una decisión, un límite, un cambio de conducta, una petición de ayuda, un perdón o una nueva forma de relacionarse con lo ocurrido. La integración muestra el efecto de la experiencia; no demuestra su origen literal.

Interpretación. Explicación que damos a una imagen, emoción o experiencia. En este libro se distingue deliberadamente de la experiencia misma: que algo se sienta con intensidad no convierte automáticamente su interpretación en un hecho.

Cariño. La forma en que el amor se acerca al otro y se vuelve visible: acudir, acompañar, hacerle saber que ha sido visto. Sin él, el amor puede existir y no llegar a ser reconocido.

Escucha compasiva. Práctica de ofrecer al que sufre un espacio de escucha sin juicio. Alivia, aunque no siempre alcance la causa.

Sembradora de vida. Artefacto visto en una regresión y nombrado espontáneamente por el autor; asociado por él a la panspermia.

Plano astral. Concepto perteneciente al marco espiritual utilizado por el autor para interpretar algunas de sus vivencias. No se presenta como un plano de existencia demostrado empíricamente.

Desencarnar. Morir en el plano físico; abandonar el cuerpo.

Panspermia. Teoría según la cual la vida pudo diseminarse por el universo, llegando a los planetas en forma de embriones que darían lugar después a formas más sofisticadas.

Bodhichitta. Corazón noble o despierto; la bondad tierna que ya está en cada persona y que nunca se pierde.

Maitri. Amorosa bondad; la amistad incondicional hacia uno mismo.

Tonglen. Práctica de tomar y dar: inhalar el dolor propio y ajeno, exhalar alivio y frescura.

Samsara. El ciclo de sufrimiento que nace de fabricar zonas de seguridad y buscar la felicidad donde no está.

Impermanencia. Característica de la existencia: nada permanece, todo cambia.

Apego. Necesidad de retener a alguien junto a uno; se distingue del amor, que mira de frente al corazón del otro.

Segunda parte · Las regresiones

Entramos en el territorio. Lo que sigue son las tres sesiones, contadas tal y como las viví y las escribí después, con sus dudas y sus lagunas.

Verás aquí, ya en carne viva, todo lo que anunciaban las claves: la conciencia expandida, las resistencias del cuerpo, las entidades que interfieren, la energía que se administra sola y las enseñanzas que aparecen al final de cada vivencia como quien deja una nota sobre la mesa.

Recuerda el pacto: ni creer ni negar. Quédate con la enseñanza.

Océano de oscuridad: el niño, la serpiente y la niña de la pradera

Audio de esta sección

En esta sesión se produjeron tres vivencias claramente diferenciadas. La primera no fue exactamente una vida pasada, sino un espacio extraño, como una dimensión intermedia o un lugar de tránsito. La segunda parecía corresponder a una vida oriental, marcada por la culpa por la muerte de una madre. La tercera me llevó a una escena en Estados Unidos, durante una guerra, donde yo era una niña que veía marcharse a su padre al campo de batalla.

Primera fase: el océano oscuro y la negación del acceso

Al comienzo de la sesión, se nos negaba explorar en vidas pasadas. Era como si hubiera una resistencia, una interferencia o una barrera que impedía avanzar con normalidad. Yo me encontraba en una especie de medio extraño, difícil de describir, como si estuviera en otra dimensión, otro espacio o incluso otro tiempo.

Por buscar un símil, era como estar dentro de un océano de noche, pero con un fondo espeso, parecido al chocolate. No era un océano normal. Mis pies estaban hundidos en aquella sustancia oscura y viscosa, y cuando Puy me pedía que me moviera, yo no podía caminar. Era como si el suelo me retuviera.

Cuando Puy preguntaba por qué estaba anclado en esa zona de oscuridad, cuyo suelo era como chocolate, la sensación que tenía era que debía pasar allí algún tiempo. Se me había impuesto por una entidad superior que debía permanecer allí durante un tiempo, hasta que algo cambiara en mi ser o hasta que terminara de reflexionar sobre algo que hice en un punto del pasado.

De vez en cuando veía pasar luces por la superficie. Eran luces raras, como destellos que cruzaban por encima de aquel océano nocturno, aunque no se comportaban como una luz normal. Puy insistía en que tratara de buscar una puerta de luz o algún punto hacia el que moverme, pero había entidades que interferían en todo lo que intentábamos hacer.

También tuve otra vivencia asociada a esos intentos de salir. Cada vez que Puy me pedía salir de los sitios tan oscuros en los que estaba, y cuando yo intentaba caminar, veía una imagen como de un skyline montañoso en la que el sol empezaba a salir, pero se detenía y volvía a ponerse rápidamente. Era como encadenar un amanecer con un anochecer de forma continua. Todo lo demás era oscuridad, tétrica y triste. La interpretación simbólica que le he encontrado días después es que aquello representaba intentos de salir de allí, pero sin tener todavía la energía suficiente para poder abordarlo. Era como si necesitara que alguien me diera la mano para sacarme de una zanja en la que había caído y poder salir de ella.

Cada vez que Puy me preguntaba algo, aquellas entidades no querían contestar. Más bien parecían querer que abandonara la sesión. Me pedían que saliera, que dejara aquello. No sé con seguridad si fue en esta misma sesión cuando una entidad externa me indicó que abriera ligeramente los ojos para poder entrar mejor en el estado de conciencia expandida, pero ese recuerdo queda asociado a esta primera fase.

En ese espacio pude ver un ser de luz. Todo alrededor estaba rodeado de oscuridad. Era un ser gigante, con el pelo muy, muy largo, pero sin rostro. Era como si detrás del pelo no hubiera nada. Radiaba mucha luz, aunque no era una luz con destellos. Era una presencia luminosa, inmensa, silenciosa y extraña.

Cuando Puy me preguntó por mis sensaciones, apareció con mucha fuerza la sensación de odio. La respuesta que se me dio fue que yo lo experimenté como si algunas entidades se alimentaran de ese odio. Yo tenía que permanecer en aquel océano durante un espacio de tiempo ilimitado. No se vivía exactamente como un castigo, sino más bien como una especie de lugar de reflexión o espera. Debía dejar pasar un tiempo antes de poder avanzar al siguiente ciclo de mi evolución. No quedaba claro si ese siguiente ciclo era volver a encarnar o si se trataba de otro tipo de evolución.

Después apareció algo parecido a una gruta marina. Puy fue quien provocó o impulsó esa búsqueda. Me introduje por aquella gruta, y la gruta terminaba en luz. También, en algún momento de esta primera fase, cuando Puy me pidió salir o avanzar, pude ver un cañón geológico. Era una puesta de sol sobre el cañón, una imagen muy bonita. Ahora me parece probable que esa imagen guardara alguna conexión con la tercera fase, la de la niña en Estados Unidos.

Segunda fase: el niño oriental y la muerte de la madre

Después de esa primera fase entramos en una experiencia más concreta. Al principio, como me ocurre a veces, lo que veía era una imagen fija, como una fotografía.

Apareció una mujer muy bella, oriental, con el pelo muy largo. Estaba en cuclillas sobre un estanque. El agua era clara y en el fondo había vegetación. Ella me miraba con muchísimo cariño y amor. Recuerdo ver que tenía una hermosa flor blanca, grande, con los pétalos alargados terminados en punta, prendida en su sien izquierda. Después de varias preguntas de Puy, llegamos a la conclusión de que muy probablemente aquella mujer fuera mi madre en esa vida.

Poco a poco fui comprendiendo que yo era un chico muy joven. No era ya un niño pequeño, pero estaba dejando la niñez y entrando en la adolescencia. Vestía con una especie de kimono, con pantalón y parte superior. Era negro, y no parecía una ropa humilde, sino un kimono rico, distinguido.

La gente que me rodeaba me miraba con una mezcla difícil de interpretar. Al principio la sentí como una combinación de amor y odio, pero después quedó más claro que no era exactamente odio, sino reproche. Me miraban con amor, pero también con una especie de acusación silenciosa. Yo había sido culpable de algo.

Puy me pidió que tratara de averiguar qué había hecho mal. En ese momento pude ver el rostro de un hombre. No sé si era mi padre o mi abuelo. También me miraba con esa misma expresión de amor y reproche. Su imagen cambiaba con rapidez: a veces parecía un hombre joven y otras veces un hombre algo más mayor. No puedo interpretarlo con seguridad, pero quizá eso indicara el paso del tiempo y que su relación conmigo, fuera como padre o como abuelo, mantuvo siempre el mismo tono: afecto mezclado con reproche.

Ese hombre llevaba un tocado oriental. No sé si era chino o japonés. Cuando Puy me preguntó a qué se debía aquel tocado, le dije que pertenecía a funcionarios de alto rango. No sé si del emperador de China o del emperador de Japón, pero la sensación era clara: aquel personaje masculino era un alto funcionario.

Entonces apareció la comprensión central de esa vida: mi madre había muerto, y había muerto por mi culpa.

Puy me pidió que averiguara por qué. Pude visualizar una escena en el exterior de una casa, tal vez un patio. Allí había una serpiente. Era de un tono rojizo oscuro, y a lo largo de su cuerpo tenía varias marcas o salientes blancos. A mí, siendo niño, me encantaban ese tipo de animales. Empezamos a comprender que la muerte de mi madre podía haber estado relacionada con aquella serpiente.

Vi después una escena de entierro. Transportaban el cuerpo de mi madre en algo parecido a un carruaje, tirado por al menos dos caballos negros. La imagen era solemne, dolorosa y cargada de culpa.

Más adelante pude visualizar otra escena, como si fuera otra fotografía. Mi madre estaba de espaldas a mí, o mejor dicho, de espaldas al punto desde el que yo observaba. Llevaba una especie de falda voluminosa. La serpiente se le había quedado enganchada en la parte trasera del muslo izquierdo y la mordía ahí. La comprensión fue que yo había introducido la serpiente en la casa como si fuera un juguete, sin comprender el peligro. La muerte de mi madre había sido consecuencia de ese acto infantil.

Después de aquello yo me sentía profundamente culpable. Todo había sido por mi culpa. Esa culpa parecía haber marcado toda aquella existencia.

Puy me pidió entonces que avanzara más en esa vida. Me vi como un anciano oriental, en un bosque. Llevaba un traje típico, cruzado sobre el pecho. Estaba calvo y tenía algo de barba. Sentía que el momento de mi muerte estaba llegando. Dudaba entre morir en mi casa o sentarme debajo de un árbol. Finalmente decidí sentarme bajo un árbol y esperar allí la llegada de la muerte, que estaba muy próxima.

Puy me pidió que fuera al momento de mi muerte. Ella me veía como un anciano oriental y me indicó que debía perdonarme a mí mismo. La enseñanza era que todo lo que había sido aquel hombre, aquel niño que se sintió culpable por la muerte de su madre, debía quedarse allí. Esa etapa ya había pasado y no tenía por qué seguir reflejándose en mi existencia actual.

La frase esencial fue: todo lo que pertenece a ese cuerpo se queda ahí.

Al morir, la sensación era que debía perdonarme. Aquello no había sido realmente mi culpa. Había sido un accidente. Yo era un niño y no había tenido conciencia plena de las consecuencias. La muerte de mi madre había sido terrible, pero no debía seguir cargando eternamente con esa culpa.

Tercera fase: la niña de la pradera y el padre que marcha a la guerra

En la tercera fase yo era una niña. Por buscar un símil, era como una niña de “La casa de la pradera”. Mi casa estaba en una colina, rodeada de un pasto suave y agradable. Yo llevaba un vestido largo de niña y tenía el pelo con rizos, de un color claro. No llegaba a ser rubio, pero sí un castaño muy, muy rubio.

Al principio estaba contenta y feliz porque veía a mi padre. Mi padre llevaba una gorra militar. Por la forma de la gorra deduje que estábamos en Estados Unidos y que pertenecía al ejército. No sé si era del ejército confederado o del ejército yanqui, aunque la impresión más fuerte era que podía tratarse de una escena relacionada con la Guerra de Secesión.

Mi padre me cogía por las axilas y me levantaba del suelo, como se levanta a los niños para hacerles un “aúpa”. Jugaba conmigo y yo me reía. Me sentía muy contenta, muy feliz, muy unida a él. Ver a mi padre me hacía sentir bien.

Pero de repente llegó una sensación muy negativa. Mi padre se iba. Tenía que regresar al campo de batalla. Había venido a vernos, aunque en la escena yo solo pude verme a mí. No pude ver si tenía hermanos, hermanas o madre conmigo.

Entonces me invadió un sentimiento profundo de tristeza. Mi padre bajaba por la ladera y se marchaba de nuevo a la guerra. Yo sentía, con una certeza absoluta, que ya no lo iba a volver a ver más. Y así fue. Aunque era una niña, sabía que mi padre no iba a regresar.

Lleno de rabia y dolor, subí corriendo a otra colina que había al lado de mi casa. Mientras subía, oía a la columna del ejército desplazarse cerca de la casa. Mi padre se iba a unir a ellos. Recuerdo que aquella columna llevaba una banda musical. La música sonaba perfectamente. Era una canción del ejército, una melodía que recuerdo haber oído en alguna de las muchas películas de Hollywood de tipo western o relacionadas con la Guerra de Secesión.

Mientras aquella música sonaba, era como si el volumen aumentara y se metiera dentro de mis oídos. De mis ojos salían muchísimas lágrimas. Me asomaba a la colina y veía la columna militar avanzando. Sabía que mi padre se iba y que no volvería nunca más.

Ahí se cortó esta tercera fase.

Reflexión final de la sesión

Esta sesión parece articularse alrededor de varias emociones muy potentes: odio, culpa, reproche, pérdida, tristeza y necesidad de perdón.

En la primera fase, la imagen del océano oscuro con fondo espeso habla de un estado de bloqueo o retención. No había movimiento posible. Los pies estaban hundidos y las entidades interferían. La emoción predominante era el odio, y la información recibida señalaba que había entidades alimentándose de ese odio. La enseñanza de esa fase parece estar relacionada con la necesidad de atravesar un espacio de espera, reflexión o depuración antes de poder avanzar a otro ciclo.

En la segunda fase, el núcleo es la culpa. Aparece una vida oriental donde, siendo niño, introduje una serpiente en la casa como si fuera un juguete. La serpiente mordió a mi madre y ella murió. Toda aquella vida quedó marcada por la culpa, por el reproche de los demás y por el reproche hacia mí mismo. La escena final como anciano oriental introduce la enseñanza más clara de esta fase: debía perdonarme. No había sido una acción malvada, sino un accidente ocurrido desde la inconsciencia de un niño. Todo lo que pertenecía a ese cuerpo debía quedarse allí.

En la tercera fase, la emoción central es la pérdida. Yo era una niña que veía marcharse a su padre a la guerra. Primero había alegría, juego, contacto físico y amor. Después, de forma brusca, llegaba la certeza de que mi padre no volvería. La música militar, la columna alejándose y las lágrimas intensificaban la vivencia de abandono, duelo y separación definitiva.

Las tres fases podrían tener un hilo común: situaciones en las que algo queda atrapado emocionalmente. En la primera fase, el odio retenía. En la segunda, la culpa retenía. En la tercera, la pérdida retenía. En todos los casos había una dificultad para avanzar: no poder moverse en el océano, no poder soltar la culpa por la muerte de la madre, no poder aceptar la marcha definitiva del padre.

Enseñanzas principales

La primera enseñanza es que el odio puede mantenernos atrapados. Dentro de la sesión yo lo viví mediante una imagen muy concreta: la sensación de que había entidades que se alimentaban de ese odio. No puedo saber qué naturaleza tenía esa percepción. En un plano completamente práctico, sí puedo reconocer algo: alimentar durante mucho tiempo una emoción puede organizar nuestra atención, nuestras decisiones y nuestra manera de relacionarnos con el mundo alrededor de ella.

La segunda enseñanza es que no toda culpa corresponde a una responsabilidad real. En la vida oriental, la muerte de la madre fue vivida como culpa, pero la comprensión final fue que había sido un accidente. La conciencia adulta de aquella vida necesitaba perdonar al niño que había actuado sin conocer las consecuencias.

La tercera enseñanza es que no todo aquello que sentimos tiene que seguir gobernándonos indefinidamente. Dentro de la regresión apareció la frase «todo lo que pertenece a ese cuerpo se queda ahí». Tanto si aquella escena correspondía a otra vida como si era una construcción simbólica, la enseñanza que trasladé al presente fue la misma: una culpa antigua puede ser revisada, comprendida y, cuando no corresponde a una responsabilidad real, soltada.

La cuarta enseñanza es que la pérdida puede quedar fijada no solo en el hecho de perder a alguien, sino en el instante exacto en que se sabe que esa persona no volverá. En la vivencia de la niña, el momento traumático no fue ver morir al padre, sino verlo marcharse con la certeza interior de que no regresaría. La experiencia me dejó también una comprensión espiritual muy íntima: sentí la vida como un capítulo dentro de algo mayor y el amor como una realidad que no se agotaba en aquella despedida. No puedo saber si volveremos a encontrarnos literalmente con quienes perdemos y no quiero presentar esa esperanza como una certeza ni como una «cura» universal del duelo. Lo que sí aprendí es que aceptar que alguien no vuelve de la misma forma no obliga a dejar de amarlo. El vínculo puede transformarse sin desaparecer de nuestra vida interior.

Llévalo a tu vida

No necesitas decidir si estas escenas fueron literales para trabajar con sus preguntas.

¿Existe alguna culpa que sigues tratando como si fuera una responsabilidad absoluta? ¿Qué sabías realmente cuando tomaste aquella decisión? ¿Hay una pérdida cuya realidad sigues intentando negociar interiormente? ¿Qué emoción lleva demasiado tiempo organizando tu vida alrededor de ella? ¿Qué podría significar «soltar» sin olvidar ni negar lo ocurrido?

Si estas preguntas despiertan un sufrimiento difícil de sostener, no es necesario resolverlo a solas. La integración también puede consistir en pedir ayuda.

La vivencia asiática militar: aprender a decir NO

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Primera fase de la sesión: conflicto laboral, miedo y origen emocional

La primera fase de esta sesión giró alrededor de un conflicto laboral actual que activaba en mí una cadena emocional muy profunda: miedo a enfrentarme, miedo a perder el trabajo, miedo a no traer dinero a casa, sensación de inutilidad, soledad, abandono, desconfianza y bloqueo corporal.

Puy me fue llevando desde aquella situación laboral presente hacia recuerdos de juventud, infancia temprana y, posteriormente, hacia escenas simbólicas o regresivas relacionadas con oscuridad, muerte, fuego, separación del cuerpo y una experiencia de unidad o amor infinito.

La sesión comenzó con el conflicto laboral. Yo expresaba rechazo a seguir trabajando con una persona o con un entorno concreto. Aparecían el cliente, los plazos, las responsabilidades mal repartidas, la falta de comunicación y la sensación de que se me estaba exigiendo algo imposible.

También aparecía la necesidad de explicar en inglés lo ocurrido y de comunicar a mis superiores que no podía asumir responsabilidades que no me correspondían.

Ese conflicto laboral empezó a transformarse en miedo económico y familiar. Aparecía el miedo a no traer dinero a casa, a un posible despido, a la situación de la startup, a la inteligencia artificial, a los clientes futuros y a la cercanía de la jubilación.

La emoción corporal dominante era una mezcla de amargura, rabia contenida e impotencia. Puy me pidió localizar cuándo había sentido eso con más fuerza.

Entonces surgió el recuerdo de una empresa anterior, con clientes insatisfechos, juicios o problemas de software. Aquel episodio parecía estar asociado a un miedo profesional profundo.

Después retrocedí al inicio de mi vida laboral y adulta. Apareció el recuerdo de mi primer día de trabajo, con 18 años, en Madrid. Mi padre me dejaba allí, en un piso con compañeros desconocidos.

El sentimiento principal era la soledad. La frase emocional que resumía aquel momento era: “me he quedado solo”.

También aparecía tristeza y una sensación de impostor, o de no poder terminar lo que empiezo.

A continuación se exploró una noche de juventud. Esta parte de la transcripción original era dudosa, pero el bloque emocional parecía claro: yo salía solo, volvía a una habitación y sentía una soledad intensa acompañada de miedo.

Se repetían frases de tranquilización, como “no te preocupes”. Aunque el detalle literal de la escena no era completamente fiable, la emoción de fondo sí lo era: aislamiento, vulnerabilidad y falta de sostén.

Puy comparó esas sensaciones con la situación actual. Yo parecía reconocer similitudes, aunque también aparecían matices. No todo en mi vida había acabado mal. También había habido cosas buenas y malas.

La sesión continuó hacia atrás, buscando el origen del miedo.

Entonces entré en recuerdos de infancia. Aparecieron mis padres, la exigencia, el hecho de ser puesto como ejemplo y la ambivalencia entre hacerlo bien y fallar.

Después aparecieron escenas familiares y, más tarde, fobias o miedos concretos: insectos, arañas, susto corporal y respiración contenida.

Relaté un miedo intenso a insectos y arañas, aunque racionalmente supiera que no siempre eran peligrosos.

Puy conectó ese patrón con el miedo actual a enfrentarme a algo no deseado.

Aparecieron también otros miedos: las alturas, el vértigo, mirar hacia abajo y la sensación de peligro corporal.

Puy resumió que había muchos miedos y propuso ir al origen más temprano.

Entonces se inició una regresión hacia una escena de bebé o de infancia muy temprana. Yo estaba de pie en mi cuna, agarrando fuertemente los barrotes con mis manitas. Me zarandeaba hacia adelante y hacia atrás. Tenía el pañal manchado, pegado al culete. Era caca y no me gustaba, pero lo peor no era eso. Lo peor era la sensación de soledad.

Este recuerdo lo había tenido durante toda mi vida. Siempre que aparecía en mi mente la pregunta “¿cuál ha sido el primer recuerdo de mi infancia?”, surgía esta imagen.

Era verano, por la tarde. Estaba en la habitación de mis padres, solo. Llevaba mucho tiempo esperando a que alguien viniera a limpiarme, pero sobre todo a darme cariño. Llevaba mucho tiempo solo.

Al final de la sesión, Puy me indicó que aquello podía haber sido motivo de un trauma infantil. La falta de asistencia a una edad tan temprana puede suponer un recuerdo muy negativo y difícil de olvidar.

Yo me sentía esperando a mi padre o a mis padres. La frase emocional principal era: “no vienen” o “estás solo”.

Aún recuerdo hacia dónde miraba. Miraba hacia el pasillo. Veía la luz encendida, porque mi casa tenía un pasillo muy largo y había partes sin ventanas. Había que encender la luz para poder desplazarse de una estancia a otra, aunque fuera de día.

Aun así, yo seguía esperando. Y nunca aparecía nadie.

Era como si llevara horas esperando.

Aquella espera se vivía como algo infinito, eterno, interminable. Puy me pidió fundirme con esa sensación.

Después apareció una sensación en la garganta, como algo tragado o bloqueado. También surgió la idea de despertar de un gran sueño o de ver algo como una foto. Puy intentaba que yo describiera la escena sin forzar una interpretación.

Esa sensación de ahogo y de garganta atascada tiene que ver con la vivencia que ocurrió más tarde, en esta misma sesión, en concreto con su desenlace.

El cuerpo aparecía como la vía principal de acceso a la información: la garganta, las manos, los nervios, el sueño y la imagen.

Puy me devolvió a la escena de la cuna y los barrotes. La emoción se intensificó.

Apareció la metáfora de la cárcel, la necesidad de ayuda, la oscuridad, la imposibilidad de salir y la dificultad para saber dónde estaba apoyado mi cuerpo.

Llegué a decir algo parecido a: “soy oscuridad”.

Después apareció la palabra “muerto” o una sensación de muerte. Puy intentó llevarme al momento anterior.

Más tarde volvió a la escena del bebé y me pidió avanzar hasta que viniera alguien.

Apareció una figura materna, pero con poca disponibilidad emocional. Tenía la cara hacia abajo o hacia un lado, sin mirarme directamente. Eso reforzaba el eje central de una demanda de ayuda que no era recibida o que no era mirada.

Aparecieron palabras como unidad, amor infinito, reencarnación y muchos miedos. La pregunta central era qué debía aprender. La respuesta transcrita más clara fue que el amor “es infinito siempre”.

Puy intentó traducir aquella experiencia a una posible sanación de la ansiedad. Formuló que ese amor infinito sería lo que el niño había necesitado en la infancia.

La escena cambió entonces hacia un material más simbólico: un armario antiguo, madera quemada, gritos, agua corriendo, humo o un incendio.

Oía gritos lejanos de mujeres y niños, desesperados, como si se estuviera produciendo un acontecimiento catastrófico. Yo sentía que “ya estaba muerto” o que observaba desde fuera. Todo esto parecía guardar relación con los hechos que surgirían después en la regresión posterior de esta misma sesión, con algo muy trágico.

Después describí una salida del cuerpo, bloqueo, incapacidad para pensar y la sensación de estar “entre varios mundos”.

Puy interpretó que yo estaba en una dimensión conectada o de unidad, y me pidió buscar allí una solución para la ansiedad.

Segunda fase de la sesión: entrada en la regresión oriental

Puy me pidió que entrara en el lugar donde se oían los gritos de terror, es cuando comienza esta vivencia.

Me encontré en una zona abierta, rodeada por paredes de roca. Aquellas paredes estaban manchadas de lo que parecía sangre. Había dos tipos de manchas. Unas eran negruzcas, oscuras, llenas de moscas. Yo sabía que aquello debía oler mal, que debía ser algo maloliente, aunque no podía percibir el olor. No sé por qué razón no podía olerlo. Las otras manchas eran de un tono rojizo mucho más claro, como sangre muy reciente.

Antes o durante esa primera descripción del lugar, comenzaron a aparecer también sensaciones e imágenes relacionadas con caballos. Había muchos caballos. La impresión que tuve era que los caballos tenían una relación directa con el estatus social. La tenencia de muchos o pocos caballos definía de algún modo el rango o la posición dentro de aquella sociedad.

En un primer momento me pregunté si aquello podía estar relacionado con alguna de las estepas mongólicas de China, pero nunca pude saber con seguridad si estábamos hablando de China, de Japón o de otro territorio oriental. La sensación general era oriental, pero no pude ubicar con precisión el lugar.

Después apareció ante mí la imagen de un peto vacío, sin cuerpo que lo rellenara. Era un peto bastante bonito, de color negro. Al principio no sabía exactamente qué era. Tenía unas hombreras de color claro, aunque no llegué a distinguir si eran metálicas, plateadas o de otro material.

La parte pectoral, en cambio, sí pude verla con muchísima claridad. Estaba compuesta por escamas superpuestas unas sobre otras. No recuerdo con exactitud si eran metálicas, pero sí recuerdo que terminaban en una punta redondeada. El color era negro azabache.

Encima de ese peto, como si estuviera colgado de algún sitio o colocado sobre él, había un casco. El casco era de color plata y de él colgaba una crin de caballo. Esa crin salía desde una especie de pelaje en la parte superior del casco y era de un tono claro, bastante claro.

Después pasé a la visión de un poblado lleno de chozas. Allí yo era una especie de oficial. Estaba con varios hombres y hablábamos con la gente del lugar. Esa gente guardaba alguna relación conmigo, aunque no sé si era una relación parental directa o indirecta. Había tensión.

Alguien reclamaba unos tributos que debían pagarse. Entre esos tributos estaba la cesión de mujeres. En ese momento había una mujer agarrada a mi pierna, concretamente creo que a mi pantorrilla derecha. Apoyaba su cara sobre mi pantorrilla y lloraba. Me pedía que no hiciera aquello.

No sé si aquella mujer era una hermana, una prima o algún otro tipo de familiar cercano, pero la sensación de parentesco era muy fuerte. Se parecía a la sensación de tener delante a alguien de mi propia sangre.

La mujer vestía un vestido largo, pobre, de color claro, preparado para vivir en el campo. Tenía el pelo largo. Recuerdo que el pelo no era oscuro, aunque no pude precisar mucho más. Lloraba mucho.

Yo sentía una gran impotencia por dentro, porque sabía que aquello estaba mal. Había muchos hombres a mi alrededor y esos hombres guardaban una relación militar conmigo. Con ellos mantuve una especie de discusión. Creo recordar que les decía que no podía entregarla, que formaba parte de mi familia. Aquella mujer debía formar parte del tributo exigido, pero yo me resistía a entregarla.

Después regresé, o entré de lleno, en la escena de la piedra ensangrentada. Puy me pidió que tratara de averiguar qué significaba aquello. Entonces me trasladé al interior de una estancia que parecía un domicilio oriental.

Dentro había una mujer relativamente joven, de entre 40 y 50 años. Llevaba el pelo corto y me pareció algo atractiva. Vestía con una parte superior blanca y una parte inferior que parecía una falda negra muy larga. Estaba sentada en el suelo y atendía a alguien. Escuchaba sus explicaciones.

Yo tenía mucho interés en descubrir más elementos o personajes de la escena. Trataba de girar el cuello hacia mi derecha para ver quién se encontraba allí o a quién estaba mirando aquella mujer. Pero me resultaba imposible. La sensación era como si mi cuello fuera de piedra y yo, con mi cerebro, tratara de moverlo sin conseguirlo. Se me negaba el movimiento una y otra vez. Días después y en otras regresiones comprendí el origen de esta inmovilidad en la cual no podría girar el cuello para contemplar más elementos de la escena o incluso para moverme a otras estancias a otros lugares. Está intrínsecamente relacionado con la energía para poder llegar a esos sitios o ver ciertas cosas. Es como si tu alma o tu consciencia tuviera que tener una recarga de energía para poder entrar en esa escena o desplazarte a ese sitio, es decir como si tuviéramos un cable eléctrico para enchufar a una fuente de alimentación y que se nos otorgue la suficiente energía para poder continuar, pero no cabe duda que a veces también está relacionado con el miedo.

Sin embargo, gracias a mi insistencia, finalmente logré girar la cara y ver el rostro del individuo al que ella estaba mirando. Era un hombre mayor que yo. No era necesariamente anciano, pero sí tenía una edad muy superior a la mía. Sabía que tenía un rango militar muy alto.

Llevaba una especie de casco. Desde la parte superior de las cejas, donde se apoyaba el casco, surgían unas láminas en diagonal. Había dos hacia el lado derecho y dos hacia el lado izquierdo. Recuerdo que las láminas superiores tenían un semicírculo.

Aquel hombre me miraba con preocupación. Su rostro expresaba una inquietud muy grande.

En ese momento comprendí el tema que estaba tratando con la mujer. Se trataba de uno de mis compañeros, alguien con quien yo mantenía un lazo bastante intenso. No sé si era una amistad profunda, si era un inferior mío dentro del rango militar o si había otro vínculo, pero la relación entre él y yo era muy intensa.

De repente pude visualizar al hijo de aquella mujer. No sé si estaba en un campo de batalla o simplemente entrenando, aunque me parece que no era una batalla. Lo vi manejando una katana. Llevaba una especie de kimono de guerra blanco en la parte superior. La visualización de este individuo se limitaba sobre todo a la parte superior de su cuerpo.

Blandía la katana con una gran destreza. La hacía girar en círculos con una mano y luego se la pasaba a la otra, demostrando una habilidad enorme con la espada. Él sonreía, como si dijera: “soy invencible”.

Después regresé de nuevo a la escena de la conversación entre aquella mujer, que era la madre, y el hombre de alto rango. Él le estaba comunicando el fallecimiento de su hijo.

Sin embargo, pude detectar algo extraño. Se le estaba explicando a la madre que su hijo había muerto con gran honor, pero había algo que no me cuadraba. Volví a mirar a mi superior y comprendí que su preocupación estaba relacionada con aquello que estaba contando. Él estaba mintiendo.

La muerte de aquel hijo había ocurrido por otra causa, y a él no le interesaba que los demás la conocieran. Me miraba inquieto, como con temor de que yo fuera a hablar. Parecía tener miedo de que yo revelara la verdad.

Volví a girar la cara hacia la mujer. Ella, por el shock emocional, no podía apartar la vista de mi superior. Ni siquiera pestañeaba. Ya sabía a qué habíamos ido allí. En cuanto nos vio aparecer solos a mí y a mi superior, se lo imaginó. Se quedó como petrificada, incapaz prácticamente de pestañear.

Después de comunicarle la noticia a aquella madre, Puy me hizo tratar de averiguar el porqué de aquello. Entonces volví a las paredes de roca ensangrentadas y no sabía por qué había vuelto allí.

Tenía que girar la cabeza hacia la derecha de esas paredes de roca. Eran como una especie de pequeño acantilado y había algo en la parte superior que no quería mirar. El cuello volvía a quedarse atascado, como enrocado. No podía mirar. Sentía miedo, angustia, pero sobre todo tristeza. Días después entendí que aquello era tristeza y miedo a reconocer lo que realmente había ocurrido.

La razón principal de la muerte del chico estaba relacionada también con otras cosas que habían ocurrido en aquella especie de patíbulo natural.

Al final pude girar la cabeza y vi a una enorme cantidad de gente. Eran todos civiles, campesinos, hombres, mujeres y niños. No sé si entre ellos se encontraba aquel oficial. La razón por la que no podía mirar era que se iba a producir, o mejor dicho, ya se estaba produciendo, una ejecución masiva.

Teníamos que pasar por la katana a todos ellos, a modo de reprimenda, castigo y ejemplarización para el resto de poblados que había allí.

Desconozco el número exacto de personas. Era demasiada gente. No puedo decir si eran decenas o centenas. Lo que sí puedo asegurar es que la cantidad de sangre que manaba desde allí, y los dos colores distintos que había visto en las paredes, me llevaron a deducir que las ejecuciones se prolongaron durante muchos días, y que la sangre de las víctimas estuvo chorreando por esas paredes.

Aquel militar superior había ordenado algo de manera injusta. Quizás lo hizo para obtener un beneficio económico de aquella matanza, o quizás por un simple hecho de mérito, para aparentar que había sofocado una rebelión que realmente nunca había existido.

En cualquier caso, cuando lo descubrí, mi corazón se llenó de tristeza durante la sesión. Yo había ejecutado aquellas órdenes. Tenía hombres a mi mando, y tanto mis hombres como yo procedíamos al desmembramiento de todas las víctimas. Cada vez que pasábamos por katana a una persona, la sensación de corazón roto era inmensa. No podía soportarlo.

No pude ver qué fue exactamente de aquel chico, pero me dio la sensación de que él sí debió de negarse a ejecutar aquellas órdenes. Quizás su muerte estuvo relacionada con esa negativa, con el hecho de no aceptar participar en aquella matanza.

Puy me pidió entonces que hiciera algo para tratar de averiguar más cosas, aunque no recuerdo con exactitud qué me indicó. Yo seguí profundizando en la línea de tiempo, intentando ver qué sucedería después de aquello.

Entonces noté que mi superior daba una orden. Mis propios hombres me agarraban por detrás con bastante fuerza. Uno se colocaba a cada lado de mis hombros. Me cogían del hombro y del brazo para retenerme. Yo intentaba moverme, pero era imposible.

Aquel hombre había dado la orden de mi ejecución. Lo que quería era hacer desaparecer a un testigo incómodo de algo de lo que él era el único responsable.

Recuerdo una visión de mi propia cara. Yo tenía una edad similar a la del muchacho que había muerto. Después situaban mi cabeza en el suelo, sobre una gran piedra plana. Me empujaban desde la parte de atrás de la espalda. En ese momento tuve la sensación de que una katana, o una espada similar, acababa con mi vida.

Ahí se detuvo la experiencia de conciencia expandida.

Regreso de la experiencia y conexión con mi vida actual

Cuando regresé, Puy me pidió que sacara alguna conclusión sobre la enseñanza que había recibido de aquella vivencia. Yo dije que había que saber decir que no.

Le comenté que me parecía bastante mundano venir a este plano físico con un deber tan aparentemente tonto como aprender a decir que no. Uno espera venir con deberes mucho más elevados, con algún poder metafísico superior o con grandes encomendaciones. Sin embargo, aquello me parecía demasiado simple, incluso absurdo.

Sin embargo, durante la sesión viví esta enseñanza como una tarea central de mi vida: aprender a decir que no a tiempo.

En ese momento, Puy me recordó el motivo por el que yo estaba allí. Había sido diagnosticado de síndrome de burn-out y tenía un diagnóstico médico de trastorno ansioso-depresivo recurrente mayor. Ese trastorno se había generado después de dos años y medio intensos de trabajo, durante los cuales no había sabido decir que no en muchos momentos.

La deducción que obtuve al final de la vivencia fue que había encarnado en este momento en la Tierra con una misión aparentemente sencilla, pero profundamente importante: aprender a decir que no en el momento necesario. No como una forma de rebeldía gratuita, sino como una capacidad de imponerse ante situaciones anormales, injustas o abusivas, incluso cuando las creencias, los protocolos, las obligaciones o la propia sociedad empujen hacia el sí, presentándolo como el deber o la obligación.

Aunque durante los últimos seis meses traté de encauzar todos los proyectos en los que era asignado para recibir la ayuda que necesitaba, aquella ayuda nunca llegó a ser real. Yo había reclamado por vías legales, con correos en copia a todos los superiores, tratando de hacer el mayor ruido posible. Pero aquello no me había servido de nada. Ya era demasiado tarde.

La enseñanza entonces cobró todo su sentido. Tenía que haber empezado mucho antes a negarme. Tenía que haberme opuesto en todo tipo de reuniones. De esa forma, los superiores no hubieran jugado conmigo o, al menos, hubieran sido mucho más cautos.

Enseñanza principal

La enseñanza principal de esta regresión es que decir que no puede ser una misión vital. No se trata de negar por negar, ni de convertirse en alguien rebelde sin causa. Se trata de reconocer cuándo una situación es anormal, injusta o destructiva, y tener la fuerza suficiente para oponerse aunque la autoridad, la costumbre, la obligación o la sociedad empujen hacia el sí.

En la regresión, la ausencia del no aparecía asociada a varias formas de sufrimiento: la entrega de una mujer como tributo, la mentira sobre la muerte de un joven, la ejecución masiva de civiles y mi propio silencio ante una estructura jerárquica que imponía órdenes injustas.

La figura del muchacho pudo representar el no que yo no fui capaz de pronunciar a tiempo. Quizás él sí se negó, y quizás por eso murió. En cambio, yo permanecí dentro del sistema, ejecutando órdenes que me destrozaban interiormente hasta convertirme también en un testigo incómodo.

La enseñanza también mostró que decir que no demasiado tarde puede no evitar el daño, e incluso puede acarrear consecuencias todavía más complejas. En aquella vivencia, mis manos ya estaban manchadas de sangre. Aunque al final me hubieran ejecutado igualmente por negarme desde el principio, al menos mis manos habrían estado limpias.

Por eso, el aprendizaje no es únicamente poner límites, sino ponerlos antes de que el daño sea irreversible. El límite tardío puede tener valor, pero no sustituye al límite que debió aparecer al comienzo.

En mi vida actual, esta enseñanza se relaciona directamente con mi experiencia laboral y con la enfermedad derivada de haber sostenido durante demasiado tiempo cargas que no debía soportar solo. La regresión me mostró que el límite no era un detalle menor: era el núcleo de la enseñanza.

También mostró que detrás de la dificultad para decir que no podía existir una raíz mucho más antigua: la espera infantil, la necesidad de ayuda no recibida, el miedo a quedarse solo y la tendencia a aguantar demasiado esperando que alguien aparezca, mire, ayude o repare la situación.

La sesión parece unir tres planos de una misma enseñanza: el niño que espera ayuda y no la recibe, el adulto que sostiene cargas laborales que no le corresponden, y el oficial que obedece órdenes injustas hasta que ya es demasiado tarde. En los tres casos, el aprendizaje es el mismo: reconocer el límite, nombrarlo y actuar antes de quedar atrapado en una situación que destruya la propia integridad.

Queda una última cosa por decir, y es la que de verdad importa. Aquella conclusión que le di a Puy al salir de la sesión —que tenía que aprender a decir que no— admite dos lecturas, y ninguna de las dos la debilita.

Si aquella vivencia correspondía de verdad a una vida anterior, entonces habría encarnado en esta con una enseñanza pendiente: sostener a tiempo el límite que allí no supe sostener. Y si todo aquello fue una reconstrucción de mi subconsciente, el mensaje no cambia ni un ápice: mi propia mente habría elegido las imágenes más duras que tenía a mano para decirme exactamente lo mismo. Puede cambiar la naturaleza de la regresión; la enseñanza no cambia.

Llévalo a tu vida

La enseñanza de esta regresión no exige haber vivido ninguna escena militar.

Pregúntate: ¿dónde estás diciendo sí cuando por dentro sabes que necesitas decir no? ¿Qué miedo sostiene ese sí: perder aceptación, dinero, una relación, una imagen de ti mismo? ¿Estás esperando a poner un límite cuando ya hayas enfermado, explotado o quedado completamente agotado? ¿Qué límite pequeño puede ponerse ahora, antes de que el daño aumente? ¿Necesitas documentar una situación, pedir ayuda, hablar con un profesional o solicitar apoyo a alguien?

Decir no no siempre resuelve el problema. Algunas situaciones requieren negociación, protección, asesoramiento o ayuda externa. La enseñanza no es reaccionar impulsivamente, sino reconocer a tiempo aquello que ya no puede seguir sosteniéndose.

Shemsu-Hor: el portal y la naturaleza del alma

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La sesión más reciente se inició para hablar de temas relacionados con la ansiedad.

De pronto aparecí en una especie de palacio. Era un palacio iluminado por lo que yo creía que eran antorchas, porque la luz era dorada. A mi izquierda pude ver a un ser con aspecto humano. Era una persona muy delgada, con el pelo muy negro y una barba también muy negra y fina. Tenía los ojos maquillados.

Llevaba una especie de tocado que parecía de tela, aunque al mismo tiempo yo sabía que no era tela. Era muy estrecho en la parte de la frente y muy ancho en la zona de la nuca. Su vestimenta era blanca, con un blanco ligeramente azulado, del tipo de las túnicas o vestidos que llevaban tanto hombres como mujeres en la antigüedad.

El tocado tenía una especie de listón azul cielo y también, junto al cuello, otra banda de ese mismo tono. Insisto en que mi percepción del color puede no ser precisa por mi problema de visión cromática. Lo único que pude ver era algo que me recordaba a lo que otras personas llaman azul cielo.

Ese ser no me miraba a mí. Miraba hacia un punto del templo. Aquello parecía precisamente un templo. Pregunté por esa persona y recibí un pensamiento o sensación que me transmitía que era algo entre un rey y un sacerdote, alguien muy importante.

Justo después de ver a aquel ser que parecía estar entre rey y sacerdote, pude vislumbrar una serie de estructuras doradas de gran belleza. Entre ellas apareció algo parecido al barco de la vida. El barco de la vida lo habíamos visto en el viaje a Egipto, a la entrada de uno de los templos. Ya lo había visto antes en algún libro o documental. Dentro de la cultura egipcia, formaba parte del ajuar que era enterrado con el faraón.

Ese barco de la vida era de oro. No se trataba de un oro apagado, sino de un oro vivo, magnífico, que recibía el centelleo de unas antorchas que yo no podía ver directamente. Esas antorchas invisibles parecían lanzar rayos de luz que se reflejaban en cada una de aquellas estructuras doradas, haciendo que cada centelleo recorriera sus superficies.

También pude ver unas alas doradas, construidas igualmente de oro. Traté de fijarme mejor en ellas. Eran una especie de réplica del disco solar alado egipcio, pero con una peculiaridad muy clara: las alas estaban dispuestas en forma de V invertida, y en el vértice superior se encontraba el disco solar. Aquellas alas también recibían los destellos de las antorchas invisibles, como si la luz rebotara sobre el oro y generara reflejos vivos, casi sagrados.

Aquel templo era grande, pero tenía un final. Se podía ver oscuridad al fondo, y eso era lo que yo interpretaba como el final del espacio. Todo estaba bañado en una luz dorada. Había columnas muy altas y delgadas que terminaban en unos arcos. Parecían arcos de medio punto medievales, aunque no llegaban a serlo exactamente. Era algo más sutil y más avanzado.

En la parte del techo, también dorada, se veían pequeños listones negros, como guiones, todos orientados en el mismo sentido.

Traté de mirar en la dirección en la que estaba mirando aquel ser que tenía a mi lado. Yo tenía la sensación de que ejecutaba las órdenes que él me daba. Al mirar, descubrí que la planta de aquel templo tenía muchas más columnas. Por usar un símil, era algo parecido a una mezquita, en el sentido de que muchas mezquitas tienen una gran columnata interior. Aquello era similar, aunque no igual.

Entonces pude percibir un séquito de personas que transportaban algo. Era algo muy grande, enorme. Eran unas andas. Había dos andas, una a la izquierda y otra a la derecha. Cada una de ellas podía estar transportada por entre veinte y treinta seres. Tenían aspecto humanoide y todos iban vestidos exactamente igual.

Vestían una especie de traje de color platino mate. La parte inferior era como una falda. Llevaban también un calzado que subía hasta media pantorrilla y que tenía ese mismo color platino mate. La parte superior de la vestimenta no lograba verla bien, aunque sí percibía que todo tenía consonancia de color.

Lo que pude ver con claridad fueron sus tocados. No eran cascos rígidos, sino una especie de cascos formados por múltiples escamas alargadas que terminaban en punta. Cada una de esas escamas parecía poder moverse. El tocado les cubría parte de la frente, toda la cabeza y se alargaba por parte del cuello.

Todos se movían con una sincronización extraordinaria, como si fueran un solo ser.

Me intrigaba mucho qué había encima de aquellas andas, porque desde mi ángulo no lograba verlo. Pregunté y alguien me dijo: “Es la reina”.

Yo sabía que tenía la capacidad de moverme en cualquier ángulo, como si pudiera sobrevolar la escena desde un punto superior. Decidí aproximarme al séquito. Ellos se movían en una dirección. Al escuchar “es la reina” y ver que las andas llevaban algo plano, me pregunté si sería la reina muerta. Esperaba encontrarme con una mujer fallecida.

Sin embargo, cuando sobrevolé al séquito, vi que había una mujer tumbada con los ojos abiertos. Me miraba. No me miraba con ningún sentimiento especial; simplemente me miraba directamente a los ojos. La sensación era de tranquilidad. No me perturbaba.

Me pregunté qué hacía aquel séquito, hacia dónde iba y por qué transportaban a una mujer tumbada. De repente, giré hacia atrás y vi que el séquito se dirigía hacia algo que antes no estaba allí. Cerca del final del palacio o templo se había abierto una especie de puerta.

Pregunté qué era aquello, porque la puerta se había abierto en mitad de la nada. No estaba en una pared ni en ningún lugar físico reconocible. Me dijeron que era un portal.

El portal tenía una nitidez absoluta, pero completamente absoluta. Al otro extremo se veía otro tipo de palacio, muy distinto al lugar en el que estábamos. En el templo inicial predominaban los colores dorados.

En algún momento de esta experiencia, Puy me preguntó: “Pregúntales dónde estás y quiénes son”. Yo hice esa pregunta y me vino algo muy claro, a modo de sensación: eran los Shemsu-Hor.

Tengo que reconocer que yo ya había leído bastante sobre los Shemsu-Hor. En concreto, tenía constancia de ellos a través de una referencia relacionada con uno de los últimos faraones de las últimas dinastías. Según recordaba, ese faraón pidió a su sumo sacerdote, una persona muy capaz y con gran talento, que hiciera una descripción de los cambios que se habían producido en la religión egipcia, en el panteón de dioses y en otros aspectos.

Ese sumo sacerdote habría encontrado el manifiesto de Menes o Narmer —no recuerdo bien el nombre—. Ese manifiesto venía a decir, de alguna forma, que el propio faraón se declaraba a sí mismo como el primer faraón de todas las dinastías que le sucederían. Algo así como: “Yo soy Menes, primer faraón de todas las dinastías que me sucederán, y soy el sucesor de los Shemsu-Hor, que gobernaron durante diez mil años en la Tierra”.

Como yo ya conocía esa información, he tenido dudas acerca de si mi subconsciente fabricó aquella escena o si realmente me fue permitido ver algo que me había intrigado durante muchos años: quiénes eran los famosos Shemsu-Hor.

Cuando giré la cabeza y comprobé que aquel portal estaba abierto, pude ver entidades con aspecto humano caminando, como si ya hubieran cruzado el portal y se hubieran introducido en aquel palacio de luz. Creo que Puy me preguntó qué hacíamos allí, qué hacían allí los Shemsu-Hor, y yo respondí que ya habíamos terminado nuestro trabajo.

En ese momento sentí con fuerza un sentimiento de pertenencia hacia ellos. Quiero aclarar esto para que no se malinterprete: no creo que esta regresión muestre que mi vida anterior fuera la de un Shemsu-Hor. Tengo más bien la sensación de que, por algún motivo —ya fuera mi subconsciente o algo ajeno a él—, se me permitió el acceso a conocer quiénes eran, como si se me hubiera concedido vivir entre ellos durante un instante para poder comprender qué habían venido a hacer. Al preguntarme cuál era nuestra misión y por qué estaba yo allí, la respuesta que sentí fue esa: no que yo hubiera sido uno de ellos en otra vida, sino que se me permitía estar ahí para entenderlo.

Hay otra posibilidad que también merece ser dicha. Si todo aquello fue una construcción de mi subconsciente, entonces solo puedo rendirme ante la capacidad de la mente humana para crear algo semejante. Tanto el templo en el que aparecí al principio como el lugar que encontré al otro lado del portal poseían una belleza, una armonía y una perfección que me resultaban extraordinarias. No parecían escenarios improvisados ni imágenes sin orden: todo guardaba una coherencia difícil de explicar, como si cada forma, cada proporción y cada detalle estuvieran exactamente donde tenían que estar.

Si aquello nació enteramente dentro de mi mente, la maravilla no disminuye. Al contrario: me deja profundamente impresionado pensar que el subconsciente humano pueda levantar, desde algún lugar inaccesible para nuestra conciencia ordinaria, espacios de una belleza que yo jamás habría sabido imaginar deliberadamente.

Y si, por el contrario, aquello correspondía a una vivencia real en algún plano que desconozco, mi asombro es exactamente el mismo. En una posibilidad la maravilla estaría dentro de nosotros; en la otra, más allá de nosotros. En cualquiera de las dos, lo que contemplé sigue pareciéndome extraordinario.

Entonces me dirigí a cruzar el portal. Lo crucé antes que ellos porque estaba muy intrigado por lo que veía al otro extremo.

Al cruzar el portal, aparecí en un lugar que podría describirse como algo intermedio entre un palacio y un edificio con un cometido tecnocientífico especial. También tenía alguna connotación de templo. Había columnas muy altas, más gruesas en su parte media. Sus capiteles estaban compuestos por formas parecidas a pétalos, y algunos de esos pétalos eran de un color que yo interpreté como azul zafiro, aunque insisto en que puedo no describir bien los colores por mi problema de visión cromática.

En este nuevo edificio no había reflejos ni sombras, al contrario de lo que sí ocurría en el templo anterior donde vivíamos o estábamos. La luz era distinta.

Al cruzar el umbral de la puerta, pude ver a mi derecha una figura femenina. Estaba completamente seguro de que era femenina. Al principio de la experiencia, cuando veía al ser con aspecto de sacerdote y rey, me había parecido que tenía cierto parecido con los egipcios, pero a la vez sabía que no eran egipcios. Tenían algunas características comunes, pero no eran exactamente egipcios.

Al cruzar el portal vi a aquella mujer. Hice un recorrido visual como si fuera un plano de ciento ochenta grados, desde su oreja derecha hacia su oreja izquierda. Lo que pude ver es que esa mujer también vestía tonalidades de tipo azul cielo. Tenía el pelo adornado, en ambas sienes, con lo que parecían piedras de un color blanquecino pulido, completamente redondas.

Su pelo era de un moreno azabache muy profundo. Estaba peinado con muchísimas trenzas y tenía una forma parecida a una especie de casco de flamas. Esa representación yo ya la había visto en mujeres de los murales de las tumbas egipcias que visitamos.

También llevaba una especie de diadema que recorría toda la sien, la nuca y la frente. No pude distinguir bien el color de la diadema. Sé que era clara, pero no sabía si era dorada, blanca o azul.

Estuve haciendo un recorrido visual por aquella primera estancia del edificio. Veía que a ambos lados había dos pasillos, uno a la izquierda y otro a la derecha. Estos pasillos eran semicirculares o elípticos. La parte del suelo cortaba la elipse, pero el resto tenía forma de óvalo.

Todo estaba inundado de circunferencias y elipses, tanto en las paredes como en los techos. Por esas circunferencias o elipses entraba una luz increíblemente asombrosa. Era una luz que no cegaba, pero que permitía ver todo con absoluta claridad. Allí no había sombras ni destellos por ningún sitio.

En este nuevo edificio, Puy me preguntó qué hacíamos allí. Yo respondí que allí creábamos vida y armonía.

A esa pregunta, alguien me mostró algo. Era como una tubería o ducto situado sobre un fondo blanco. Ese ducto emanaba paquetes de luz de un sitio a otro. Eran paquetes de luz amarillo verdosa, según mis limitadas aptitudes para reconocer los colores. Por ese ducto era por donde esa vida y esa armonía eran generadas y enviadas a otros lugares.

En ese mismo momento se me concedió más información acerca de quiénes éramos, más allá de nuestra labor concreta. Comprendí que allí no existían jerarquías ni rangos sociales en el sentido en que los entendemos en la Tierra. No había una estructura de poder basada en superioridad social, estatus o dominio.

Sin embargo, sí había entidades superiores. Eran entidades que daban instrucciones, y el resto de entidades las ejecutábamos. Esa superioridad no se percibía como una forma de autoridad impuesta, sino como una organización natural del trabajo y de la función que cada ser debía cumplir.

También comprendí que algunas tareas tecnocientíficas eran tan complejas que no podían ser realizadas por un solo ser. En esos casos, varios seres nos uníamos entre sí, formando una especie de único ser colectivo, para poder ejecutar esa tarea. No era simplemente colaboración, sino una unión real de capacidades, como si varias conciencias se integraran temporalmente en una sola para realizar algo que, por separado, no habría sido posible.

Después, Puy siguió insistiendo en cuál era mi papel allí, o mejor dicho, cuál era mi papel y el de los demás. Yo me desvié un poco porque empecé a interesarme por conocer información personal, sin ser guiado directamente por la terapeuta.

Pregunté acerca del alma.

Entonces se me mostró una especie de libro con tapas blancas. No eran blancas de forma uniforme. Ese libro contenía una serie de páginas, y cada una de las páginas tenía un marcador que parecía una esfera amarillenta transparente. Esas esferas se movían muy rápido de una página a otra.

Se me explicó que la naturaleza del alma no es lo que entendemos aquí, en el plano físico de la Tierra. La naturaleza del alma abarca mucho más y no podríamos comprender todo su concepto.

Muy rápidamente pedí que me dieran un símil. Entonces me dijeron que cada una de esas páginas representaba una especie de porción del alma. Una de ellas es la que está viviendo en el plano físico, pero el resto representa otras porciones del alma que están en otros planos, otros universos u otras dimensiones.

Insisto: no se trata exactamente de espacio-tiempo, ni de multiverso entendido de forma simple. Es un concepto bastante abstracto para nosotros.

Lo que pude entrever en un pensamiento fugaz fue un símil. Si tuviéramos capacidad de viajar en el tiempo y tuviéramos a mano una radio analógica, mover el dial hacia adelante o hacia atrás equivaldría a viajar en el tiempo hacia adelante o hacia atrás. Pero ese concepto era demasiado sencillo para explicar lo que ellos querían transmitirme.

Para entenderlo mejor, había que imaginar que el dial no existía como una línea, sino como una esfera. Esa esfera no tendría una dimensión fija: sería infinita. Podría ser tan pequeña como para caber entre las manos, pero también tan grande como un planeta.

El movimiento de un punto en el espacio tridimensional dentro de esa esfera nos ubicaría en algún sitio. Habría un punto que correspondería a la Tierra en el momento actual, y otro punto diferente que correspondería a la Tierra en otra edad.

Era como si continuamente se estuvieran repitiendo las edades por las que ha pasado la Tierra y por las que ha pasado la humanidad, y uno eligiera nacer en uno u otro momento. Pero también, moviendo ese punto dentro de la esfera, se podía ir a otro tipo de universo. Insisto: no a un universo paralelo en el sentido habitual, sino a otro tipo de entidad global de vida.

A partir de ese momento, como me sentí profundamente satisfecho por la información que se me había dado, empecé a abandonar poco a poco el estado de conciencia expandida. Comencé a despertarme. Yo ya no quería seguir allí porque había recibido una gran enseñanza, o mejor dicho, varias.

Una de esas enseñanzas había sido la de los Shemsu-Hor: seres que vinieron a la Tierra con una misión, la cumplieron y se marcharon. De nuevo, insisto en que puede tratarse de una creación de mi subconsciente o de un hecho real. Lo importante no es tanto si la experiencia es literal o no, sino el mensaje que contiene. Tal vez el mensaje venga de mi subconsciente, guiado por las indicaciones de la terapeuta, o tal vez se trate de la realidad de que todo esto ocurrió en algún plano no físico.

Otra enseñanza principal fue el concepto del alma. La imagen que recibí —el libro, las páginas y las esferas amarillentas— me representaba el alma como algo no limitado a una sola encarnación ni a un único plano de existencia. Esa es la comprensión espiritual que extraje; no puedo demostrarla como descripción factual de la realidad.

Se me mostró que una parte del alma puede estar viviendo en el plano físico, mientras otras porciones existen en otros planos, universos o dimensiones. No se trataba exactamente de espacio-tiempo ni de multiverso entendido de forma simple, sino de un concepto mucho más amplio y difícil de traducir al pensamiento humano.

La comparación con el dial de una radio que se convierte en una esfera infinita fue una forma simbólica de aproximarme a esa enseñanza: no habría una única línea temporal, sino una inmensidad de posiciones posibles dentro de una realidad mucho más compleja.

También recibí una enseñanza sobre la forma de trabajo en aquel lugar. Allí no existían jerarquías sociales como las entendemos aquí, pero sí una organización funcional. Algunas entidades superiores daban instrucciones y otras las ejecutábamos. Cuando una tarea era demasiado compleja, varios seres podían unirse entre sí y actuar como una sola entidad para llevarla a cabo. Esa unión no se percibía como pérdida de identidad, sino como una integración temporal de capacidades para cumplir una labor mayor.

Cuando salí del estado de conciencia expandida, estuve hablando con Puy. Concretamos más el tema del alma que había surgido con el símil del libro, y se lo expliqué.

En aquel momento me vino a la memoria un pasaje de un libro que había leído. En ese libro, psicólogos que utilizaban regresión por hipnosis clínica hacían que sus pacientes regresaran al momento en que desencarnaban, pasaban por el plano astral e iban hacia la luz. A muchos les sorprendía encontrarse allí con gente que todavía estaba viva en el plano físico de la Tierra.

Uní esa lectura con la enseñanza que acababan de transmitirme durante la conciencia expandida, y sentí que lo entendía todo. Nuestra alma no estaría atada exclusivamente a nuestro cuerpo en este plano, sino que existiría en otros muchos planos.

En el diálogo con Puy también comenté lo curioso que me había resultado la lectura de un libro sobre los déjà-vu. Aquel libro proponía una explicación especulativa, tomada de conceptos de la física cuántica, según la cual un déjà-vu podría ser un recuerdo que llega a nuestra conciencia actual desde otro yo de otro mundo paralelo que ha vivido la misma experiencia unos segundos o unos minutos antes. No lo presento como un resultado establecido de la física: lo menciono porque estaba en mi memoria y porque influyó en la manera en que interpreté lo que vi.

Según esa teoría, ese otro yo habría surgido como resultado de una decisión binaria. Por ejemplo: “¿Me caso o no me caso con esta persona?”. En el instante en que esa pregunta se abre, se generarían dos universos: uno en el que una copia de mí decide casarse con esa persona, y otro en el que una copia de mí decide no hacerlo. Ambas vidas podrían entrecruzarse en algún momento de forma muy sutil.

Más allá de todo esto, hubo un mensaje que me resultó especialmente significativo. En la experiencia, en el momento en que se pasa de un templo de la Tierra a un edificio situado en otro punto del espacio, del tiempo o del universo, se abre un portal. El mensaje parecía ser claro: no se necesitan naves espaciales como las nuestras para viajar por el espacio o por el tiempo.

La transición no se hacía mediante una nave, sino a través de un portal. Y esa imagen, más allá de su forma literal, parecía expresar que existen formas de desplazamiento o conexión que no obedecen a las limitaciones físicas que nosotros damos por supuestas.

Al final de la sesión quedaron abiertas dos incertidumbres. La primera fue la experiencia con los Shemsu-Hor. Como yo ya había leído sobre ellos, no puedo descartar que mi subconsciente construyera la escena a partir de información previa. Al mismo tiempo, la nitidez, la coherencia visual, la sensación de pertenencia y el mensaje recibido fueron tan intensos que tampoco puedo negar la posibilidad de que se me permitiera acceder a una información real, aunque fuera desde un plano no físico.

La segunda fue la relación entre todo esto y mi ansiedad actual, el tabaco y el alcohol. La sesión empezó con un objetivo aparentemente concreto: comprender los bucles de ansiedad y las conductas compulsivas asociadas al consumo de tabaco y cerveza. Sin embargo, terminó desplegando imágenes relacionadas con planos astrales, con los Shemsu-Hor, con portales, con la creación de vida y armonía y con la naturaleza del alma.

Quizá todo ello formaba parte de una experiencia real en otros planos. Quizá fue una construcción del subconsciente guiada terapéuticamente. Quizá fue ambas cosas a la vez.

Yo prefiero mantenerme en el camino del medio.

No necesito afirmar rotundamente que todo fue real, ni necesito negarlo para sentirme seguro. Lo importante es que la sesión produjo un movimiento interno, una enseñanza y una posibilidad de sanación. Y si esas imágenes, entidades, templos, portales y explicaciones surgieron desde mi subconsciente, entonces mi subconsciente, acompañado por la terapeuta, estaba tratando de mostrarme algo necesario para mi proceso.

Fuera algo creado por mi subconsciente o fuera una experiencia real vivida en otros planos, en los días posteriores a la sesión observé que mi impulso de consumir alcohol en situaciones de elevada ansiedad había disminuido. Esa coincidencia temporal forma parte de mi experiencia, pero no me permite demostrar por sí sola que la sesión fuera la causa del cambio. Lo importante para mi proceso fue que empecé a mirar con más claridad una conducta que podía perjudicar mi recuperación.

Es cierto que seguía apareciendo la idea de tener la oportunidad de beberme aunque fuera solo un par de cervezas. Pero algo había cambiado. Ahora podía ver con más claridad y podía pensar por mí mismo que, en mi situación actual, el consumo de alcohol, por ínfimo que fuera, o incluso el consumo desmedido, podían dañar mi sanación y mi recuperación.

Días después de la sesión, sí puedo afirmar que algo había cambiado.

Si alguien tiene dificultades para controlar el consumo de alcohol u otras sustancias, una regresión no debe utilizarse como sustituto de una evaluación o un tratamiento profesional.

Llévalo a tu vida

Esta regresión es la más difícil de trasladar directamente porque contiene afirmaciones e imágenes sobre el alma, otros planos y la creación de vida. No necesitas aceptar ninguna de ellas para utilizar una parte de la enseñanza.

Pregúntate: ¿qué ideas espirituales te ayudan y cuáles estás convirtiendo demasiado rápido en certezas? ¿Puedes mantener una experiencia significativa sin obligarte a demostrarla? ¿Qué hábito actual sabes que perjudica tu recuperación o tu bienestar? ¿Qué cambio observable podrías realizar aunque nunca resolvieras las preguntas metafísicas?

Una experiencia puede ampliar nuestras preguntas. La vida cotidiana sigue siendo el lugar donde comprobamos cómo elegimos vivir.

Tercera parte · El canal y la sensibilidad

A partir de aquí entrarás en la parte más interpretativa del libro. Describiré el canal, la sensibilidad, las comunicaciones fallidas y la recalibración tal y como yo los he comprendido. Léelos como un mapa personal de mi experiencia, no como un modelo científico establecido ni como una explicación que debas adoptar.

Ya conoces el canal y sabes de qué está hecha la sensibilidad. Ahora toca desplegarlo.

Este es el capítulo más extenso del libro, y quiero avisarlo: llegó así. Son ideas que fueron cayendo a lo largo de meses, unas conectadas directamente con las regresiones y otras que llegaron por su cuenta.

Aquí encontrarás la sensibilidad en todas sus formas: la educación del saber estar, los escalofríos, las mentes que no se abren, la caza y el arrepentimiento, y también las comunicaciones que llegan rotas.

La sensibilidad como optimizador de las regresiones

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1. Una etapa de recalibración

Durante esta etapa de recalibración, han seguido llegando a mí una serie de ideas, pensamientos y enseñanzas que parecen ir ordenándose poco a poco. No llegan siempre de forma cómoda ni en el momento adecuado. A veces aparecen como una sucesión inconexa de pensamientos; otras veces, como una lluvia torrencial de información que cae sobre mi mente sin que yo pueda detenerla. Pedí una ayuda que definiera toda aquella experiencia y en mi mente apareció una única palabra: “Recalibración”.

La recalibración es un termino industrial que define la optimización de una maquinaria y similares, para mejorar el funcionamiento de estos.

Todas estas ideas llegan a mi en dos tipos de ocasión: En ocasiones me ocurre cuando llego cansado a casa después de correr. Me ducho, me tumbo sobre la cama y me tomo unos minutos de descanso antes de incorporarme a otras tareas. En esos momentos también puede llegar información, aunque suele ser poca. Sin embargo, en los momentos de excitación nerviosa es cuando esa llegada se intensifica. Ahí no aparece una idea suelta, sino muchas, una detrás de otra, como si se hubiera abierto una compuerta y un tropel de ideas me llegaran de golpe.

Esto me ha ocurrido conduciendo, haciendo tareas complejas, escuchando música que me emociona o viendo una escena de una película cuya acción provoca una excitación nerviosa en el espectador. En esos momentos me invade una rabia tremenda, porque sé que algo importante está llegando, pero no tengo a mano un bolígrafo, un papel ni un ordenador para poder dictarlo. Entonces tengo que hacer uso de mi memoria, y mi memoria a veces falla. Algunas ideas se pierden, aunque otras regresan tiempo después.

La mnemotecnia que se me dio para guardar estos recuerdos funciona. Pero no siempre puedo usarla. Si estoy hablando con otra persona, o si estoy en medio de una situación de excitación o tensión, no puedo ponerme a recitar en voz alta lo que me acaba de llegar. Los demás podrían pensar que tengo una especie de tara, de TOC o algo parecido. Sería una escena ridícula, y muchas veces, con resignación, doy por perdida esa información.

También aparece el agotamiento. Hay días en los que estoy exhausto a media mañana. No es solamente un cansancio físico. Es como si todo este proceso de llegada, recepción, ordenación y recalibración consumiera una cantidad enorme de energía. Como si mi mente y mi sistema nervioso hubieran trabajado durante horas antes incluso de que el día hubiera avanzado.

En esta etapa han aparecido incluso flashes aparentemente sueltos, como imágenes de bromas cargadas hasta con humor, como tratando de animarme y darle un toque de bondad, recuerdos, símbolos o fragmentos que todavía no sé ubicar. No quiero forzarlos. Los dejo anotados como piezas pendientes, porque quizá más adelante encuentre el lugar exacto que ocupan dentro del conjunto.

2. No afirmar más de lo que sé

Quiero dejar algo muy claro desde el principio. Quizá muchas de las cosas y de los canales de comunicación que he comentado en otros capítulos no se hayan abierto realmente a raíz de las regresiones con Puy. Ella ha podido ser el vector cambiante que me ha hecho recapacitar y denotar su existencia. Quizá ya estuvieran abiertos desde hace mucho tiempo. Quizá no sea algo que me ocurra solamente a mí, sino algo que muchas personas viven sin darse cuenta. Puy lo que hizo era ponérmelo delante, de una manera consciente o inconsciente. Si puedo asegurar que su terapia “Me ha hecho despertar”, salir del automatismo en nuestras vidas que las personas occidentales nos auto infringimos sin darnos cuentas que entramos en un bucle que hace que nuestras vidas sean inertes, sin sentido, como si fuéramos uno de esos modernos androides de producción de un sistema industrial.

Cuando recibimos percepciones, normalmente creemos que vienen de nuestra mente. Pensamos que son pensamientos normales, asociaciones mentales, ideas laborales o simples ocurrencias sin utilidad. Muchas veces las desechamos antes siquiera de escucharlas. Las apartamos de nuestra memoria porque no parecen servir para nada.

A raíz de las regresiones con Puy, esas percepciones empezaron a fluir con más fuerza. Pero yo no puedo asegurar si estas ya estaban ahí desde antes y era yo el que las desechaba. No sé si son generaciones de mi propia mente, si proceden de mi subconsciente o si alguien, desde otro plano, trata de comunicármelas.

Por eso no puedo negar una posibilidad ni afirmar la otra con rotundidad. Tengo que mirar ambas como posibilidades reales. Quizá sea mi mente. Quizá sea mi subconsciente. Quizá sea una entidad exterior. Quizá sea una mezcla de varias cosas. Lo importante, de momento, es que la información llega.

Y cuando llega, debo aprender a escucharla sin perder la prudencia.

3. La excitación nerviosa como interruptor

Una de las ideas que ha llegado a mi memoria es que la excitación nerviosa pudiera activar el canal de comunicación. Es como encender un televisor. Pulsas el botón del mando a distancia y, de repente, todo el circuito empieza a trabajar.

Recuerdo las clases de física, cuando nos explicaban la electricidad y el movimiento de los electrones de un punto a otro, de un polo a otro, a una velocidad rapidísima. Me vino esa imagen a la mente. La excitación nerviosa sería como el botón del televisor. En el momento en que se pulsa, los electrones de la circuitería empiezan a moverse, todo se activa y la información comienza a aparecer.

Un ejemplo muy claro es la conducción. Vas circulando por una calle que conoces perfectamente. A lo lejos ves que el semáforo acaba de ponerse en verde. Sabes que si llegas a tiempo podrás incorporarte a la nueva calle, pero si no llegas tendrás que esperar varios minutos, porque conoces ese semáforo y sabes cuánto tarda en cambiar. En ese pequeño instante de tensión, de cálculo, de aceleración nerviosa, empiezan a aparecer pensamientos inconexos, desordenados, que no guardan relación aparente unos con otros.

También sucede con la música. Una canción que me gusta puede generar una excitación interior, una especie de apertura. Ocurre también con algunas escenas de películas, cuando la acción de los personajes te arrastra emocionalmente. En esos momentos algo se enciende.

No sé si ese encendido abre una comunicación con mi subconsciente o con otro tipo de fuente. Pero la sensación es que hay un canal que se activa.

4. Una mirada científica como herramienta, no como dogma

Este capítulo también tiene una parte analítica, casi tecnológica. No quiero que todo quede únicamente en una vivencia emocional o mística. Trato de encontrar el porqué. O, mejor dicho, trato de entender si hay alguna forma de mejorar las comunicaciones en las regresiones.

Para ello creo que debemos usar una parte científica. No como base absoluta de un método, sino como herramienta auxiliar. La ciencia no tendría que sustituir la experiencia, pero sí podría ayudarnos a comprender algunos factores.

Pienso en los cirujanos que operan de forma remota utilizando brazos electrónicos. Pueden estar en Estados Unidos y operar a una persona en la India mediante un sistema tecnológico seguro. La cirugía sigue siendo cirugía, el conocimiento médico sigue siendo esencial, pero la tecnología amplía las posibilidades.

Algo parecido quiero plantear aquí. Quizá podamos usar conocimientos científicos para analizar cómo mejorar las regresiones, o incluso para potenciar determinados factores de las comunicaciones regresivas. No se trataría de reducir lo místico a lo técnico, sino de utilizar lo técnico como una herramienta que ayude a afinar el canal.

Como en un sistema de comunicación, habría que preguntarse qué mejora la señal, qué produce interferencias, qué factores hacen que el mensaje llegue más limpio y qué factores lo distorsionan.

5. La sensibilidad como mejora de la percepción

Las sensaciones que voy recibiendo en torno a la sensibilidad apuntan a una idea central: la sensibilidad mejora la capacidad de percepción.

Una persona con mayor sensibilidad quizá tenga más facilidad para recibir este tipo de información. Tal vez tenga menos atado su subconsciente y sea este el que, de forma más correcta y ordenada, vaya dictando las cosas. O quizá no sea el subconsciente, sino una entidad exterior. No lo sé. Pero lo importante es que la información llega.

Eso no significa que una persona con menos sensibilidad no pueda recibir información. Pero sí creo que la sensibilidad facilita la comunicación. Es como la diferencia entre cablear una casa con cables de alta calidad, apantallados, protegidos contra interferencias, y montar un cableado temporal colgado con chinchetas en la pared. En el segundo caso, si enchufas una bombilla, puede parpadear. No porque la electricidad no exista, sino porque el canal no está bien preparado.

La sensibilidad puede ser eso: un cableado más limpio, más fino, más capaz de transmitir sin interferencias.

Pero además de sensibilidad hace falta una mente abierta. Una mente expandida. Una mente que se abra a los cambios, a los nuevos conocimientos y a las nuevas situaciones. Hace falta curiosidad. No una curiosidad entrometida en los asuntos personales de los demás, sino una curiosidad técnica, científica, humana y analítica.

Una mente perceptiva no cree todo lo que escucha, pero tampoco lo rechaza de inmediato. Lo recibe, lo observa, lo analiza y lo deja reposar.

6. Educación del saber estar y su relación con la sensibilidad

Me ha venido a la mente que la sensibilidad puede estar relacionada con la educación recibida. No me refiero tanto a la educación académica, sino a la educación del saber estar.

Mis padres pusieron un énfasis especial en esa educación. Querían que fuéramos amables con los demás, que saludáramos al entrar en un sitio y que nos despidiéramos al salir. Yo era un niño increíblemente tímido y aquello me costaba mucho. A veces mi padre no necesitaba decirme nada. Bastaba con una mirada para recordarme que debía saludar. Entonces yo reaccionaba y decía: “Perdón, buenos días”.

Con el paso del tiempo he sabido reconocer algo en las personas. Todas aquellas personas magníficas que he conocido parecían seguir un mismo patrón. Tenían una buena educación del saber estar y tenían consideración hacia el prójimo. No diré que fuera siempre una educación exquisita, pero sí una educación profunda, respetuosa, atenta.

Empiezo a pensar que esa educación del saber estar tiene una relación extraña con la sensibilidad. Las personas con verdadera educación suelen tener sensibilidad. Y las personas bajas de sensibilidad, por lo general, no parecen haber integrado bien esa educación del saber estar.

Quizá porque el saber estar no consiste solo en normas sociales. No es únicamente decir buenos días o gracias. Es darse cuenta de que el otro existe. Es percibirlo. Es cuidar la forma en la que uno entra en un espacio, habla, mira, escucha o se retira.

La sensibilidad puede nacer también de ahí: de haber aprendido a no ocuparlo todo, a no atropellar a los demás, a no imponerse sin mirar.

7. La sensibilidad como experiencia física

La sensibilidad también se manifiesta físicamente. Hasta ahora yo creía que todos los escalofríos eran iguales, pero estoy empezando a distinguirlos.

Hay un tipo de escalofrío que aparece cuando recibo un estímulo de asombro, cuando conozco algo increíblemente inaudito o una enseñanza nueva llega a mí. Se siente en la parte de los tríceps y en la zona del cráneo que está detrás de los oídos. Es una sensación eléctrica y agradable. Es un “wow” corporal, una descarga de energía positiva. Como si esa nueva enseñanza fuera recibida con una fiesta interior.

Yo siempre he sido una persona curiosa. Me ha gustado investigar, aprender, incorporar conocimientos a mi vida. Muchas veces no sabía para qué. Ahora tengo claro que muchos de esos conocimientos son como pequeñas herramientas que me ayudarán en algún momento de mi camino.

Hay otro tipo de escalofrío que aparece cuando algo me sobrepasa. No tiene que ver con la alegría. Es un escalofrío que recorre todo el cuerpo, especialmente las extremidades superiores e inferiores. La descarga parece comenzar en los hombros, baja hacia las manos y luego recorre las piernas hasta los pies. Es como si yo fuera un cable que un electricista usa para empalmar dos extremos: me enganchan por los pies a un extremo, por la cabeza al otro, y la descarga me recorre entero.

Ese escalofrío no dice “wow”. Dice: esto te supera.

También hay escalofríos que permanecen en el pecho, entre el esternón y el corazón. Están relacionados con episodios amorosos de mi vida. Cuando me enamoraba, sentía el típico cosquilleo, el aleteo de mariposas. De niño fui muy enamoradizo. No sé si todos los niños y niñas de aquella época lo fuimos igual, pero yo solía enamorarme de las niñas que tenían algo especial.

Cuando conocía a una niña que me gustaba, la sensación en el pecho giraba en un sentido circular, como las agujas del reloj. Pero si poco después veía que esa niña se acercaba a otro niño y le daba un beso, como si ya hubiera establecido un vínculo sentimental con él, el escalofrío se invertía. Giraba al contrario que las agujas del reloj.

Era como hacer y deshacer. Como si el cuerpo categorizara la experiencia antes incluso de que la mente pudiera explicarla.

También un comentario brusco puede calarme muy hondo. Puede ser un comentario sin mala intención, pero lo primero que siento es una oleada en el pecho que me inunda. A veces logro sobreponerme y comprender que no era un reproche contra mí, sino solo una forma tosca de decir algo. Pero la primera recepción siempre es física, profunda, inmediata.

8. Mentes receptivas y mentes cerradas

Por simplificar, aunque sé que no hay negros ni blancos, sino muchos grises, creo que existen dos grandes tipos de mentes.

Una es la mente perceptiva. Es la mente que está abierta a nuevos conocimientos, que escucha y analiza sin poner demasiadas objeciones iniciales. Eso no significa que acepte todo. Simplemente escucha. Observa. Se permite la curiosidad.

La otra es la mente que se ríe de aquello que no entiende. La mente que se cierra movida por sus convicciones.

Recuerdo que en los años ochenta y noventa éramos pocos quienes considerábamos que tenía que haber vida inteligente en el universo más allá de la Tierra. Éramos el blanco de muchas bromas. Familiares y amigos nos hacían comentarios jocosos, como si fuéramos tipos raros que creían en hombrecillos verdes. Hoy, décadas después, la situación ha cambiado. Desde ámbitos mucho más serios se habla de la posibilidad de vida extraterrestre en otros planetas.

Aquella sensibilidad que nos llevó a no negar ciertas posibilidades hizo que nuestra mente subiera un nivel de conciencia expandida. Nos hizo más perceptivos.

Una de mis frases preferidas, que recuerdo atribuida a Gerry Spence, dice algo así: prefiero que mi mente se abra por curiosidad antes que se cierre por convicción. Esa idea me define. Define el tipo de curiosidad que tengo y que creo que tienen las personas con mente expandida: mentes capaces de absorber información, conocimientos y sentimientos.

A veces pienso que estas mentes están preparadas para evolucionar más rápidamente. O quizá han logrado evolucionar a través de muchas vidas hasta alcanzar un nivel más alto de asimilación. Tal vez otras mentes estén todavía en un plano inferior y algún día puedan evolucionar a otro plano, aunque quizá no en esta vida. Puede que necesiten varias vidas para un cambio de ese calado.

He sentido compasión por las personas con la mente cerrada. He tratado de ayudarlas, de explicarles las cosas, de mostrarles soluciones. En mis vivencias personales recuerdo haber empleado muchísimo tiempo intentando explicar a personas cercanas situaciones que para mí tenían una solución sencilla o varias alternativas posibles. Sin embargo, creo que debido a la angustia que esas personas sufren ante ciertos episodios, no les es posible razonar lo que les estoy diciendo. No pueden llegar a un momento de apertura mental.

Eso siempre me ha conmovido y me ha provocado tristeza. Es como sentir que no puedo hacer nada por ellas.

Me viene a la mente una idea que asocio a una canción de Joaquín Sabina: no se puede ayudar a quien no quiere ayuda. Es esa sensación. No quieren recibir instrucciones para llegar a un momento de expansión. Se cierran de una manera casi misteriosa.

Recurriendo a mis lecturas budistas, la conciencia expandida puede ser como una flor que se abre por la mañana y muestra toda su belleza. Una vez que llegas al conocimiento, gracias a la sensibilidad, ese conocimiento te insufla fuerzas, te da ánimo y te demuestra que hay una enseñanza detrás de la vida.

En cambio, esas otras personas son como un capullo que nunca llega a abrir. Se intuyen algunos pétalos entre las grietas del cáliz, pero la flor no sale del todo.

La escucha compasiva budista puede ayudar. Cuando una persona llega iracunda o angustiada, ofrecerle un espacio de escucha, sin juzgar, puede calmarla. Pero eso no siempre resuelve la causa. Es como cuando vas al médico y el médico te da una medicación para apaciguar los síntomas, pero no busca el origen. Afortunadamente no todos los médicos hacen eso. Pero aquí ocurre algo parecido: la escucha compasiva atenúa el malestar, pero no siempre conduce a la sanación profunda.

Para sanar hay que acudir a la causa. Y estas personas parecen no querer llegar nunca a la causa. Eso me produce una tristeza profunda. Es como ver seres atascados, seres que no logran evolucionar.

9. Nerviosismo, exceso de información y silencio posterior

Otro rasgo importante de mi personalidad es que soy una persona especialmente nerviosa. Cuando recibo mucha información, tiendo a ponerme nervioso. Creo que la fuente de ese nerviosismo procede de la cantidad de información que llega de golpe.

Hay algo dentro de mí que me dice que esa información es importante, pero todavía está en un plano demasiado abstracto. No puedo identificarla del todo. Y eso me inquieta.

A veces llega una avalancha de pensamientos y luego todo se calla. Entra un silencio absoluto. Es como si algo dijera: “Adiós, hasta luego”. Como si se me diera un espacio para la reflexión.

Pero ese espacio me parece ínfimo. Son tantos los pensamientos que tengo que seguir trabajando días después para ordenarlos. Necesito apuntarlos, dictarlos o repetirlos en voz alta con la técnica de mnemotecnia, porque de lo contrario parte de esa información puede perderse.

10. Sensibilidad en la naturaleza: la caza, el arrepentimiento y el respeto por la vida

Siempre he tenido sensibilidad hacia los animales, pero también reconozco haber pertenecido a una familia en la que la caza se practicaba como un rito familiar, desde hace generaciones. Debo explicar lo siguiente antes de comentar una respuesta que se me dio tras las regresiones con Puy, era una respuesta a una pregunta que hice tras las regresiones, cuanda me encontraba al amanecer en el campo.

En mi familia practicábamos dos modalidades: caza mayor y caza menor. En la caza menor, el animal abatido iba a la mesa. Era como ir al supermercado, comprar pollo y regresar a casa para cocinarlo. Sin embargo, en la caza mayor esto no siempre ocurría así. A veces podías llevarte la carne del animal, filetearla, lonchearla, marinarla y disponer de una despensa deliciosa. Pero en otras ocasiones no te llevabas la carne. Te llevabas un trofeo, o ni siquiera eso. Y entonces quedaba algo mucho más duro: haberle quitado la vida a un animal…. ¿para qué?

Los últimos años, sobre todo tras mis lecturas budistas, comprendí que esa segunda modalidad podía ser una matanza.

Recuerdo una montería en Sevilla. Apareció una collera de venados, que los cazadores identificábamos como una pareja de machos que huyen del peligro. Fui especialmente certero y abatí a los dos, en lo que se llama “hacer un doblete”. Uno cayó desplomado y murió instantáneamente, como todos los cazadores desean que ocurra para que el animal no sufra.

El segundo, sin embargo, escapó herido. El tiro no había alcanzado un punto vital. Al principio traté de buscarlo con la mirada entre el monte hasta que pude ubicarlo. Había caído en una especie de zanja natural llena de piedras.

Me acerqué corriendo con el cuchillo de remate y el rifle para rematarlo y que no sufriera. Pero cuando llegué comprendí que aquella zanja tenía demasiadas piedras. No podía entrar con el cuchillo sin asumir un riesgo enorme. El venado movía la testuz y la cornamenta de una forma que podía herirme gravemente, incluso en un ojo o en las costillas. Sus cuartos traseros eran inaccesibles en esa zanja, esa es la vía que usamos los cazadores para evitar una cornada cervuna. Y si entraba de cara, el venado cargaría contra mí.

Empecé a ponerme nervioso. Aquel venado tenía los ojos totalmente desorbitados por el tiro; yo usaba un rifle de alto calibre lo cual casi siempre causa la muerte instantánea, pero en aquella ocasión en lugar de acortar el momento de la muerte le provocó a aquella res un dolor infinito. Estaba sufriendo muchísimo. Yo me quedé helado. No sé durante cuánto tiempo.

No podía disparar hacia la zanja porque el rebote de la bala podía alcanzarme a mí o salir como una bala perdida y quizás herir a otra persona. Pero, pasado un tiempo, comprendí que era la única solución. No podía entrar por los cuartos traseros.

Me armé de valor, apunté al corazón y disparé.

Aquella experiencia fue horrible. Durante el resto de mi vida he visto la cara de aquel venado, su testuz, sus ojos desorbitados, tratando de reponerse para huir. Y mi mente siempre decía: “perdón, perdón, perdón…”

Me arrepiento enormemente de aquello que hice.

No volví nunca más a practicar la caza mayor. Me parecía una aberración.

Sin embargo, no sé por qué, he seguido practicando la caza menor. Tengo que reconocer que me gusta cocinarlos. Les hago un guiso tradicional que hacía mi madre y antes mi abuela: conejo al ajillo con reducción de vino. También preparo caldero de conejo, un arroz caldoso y cremoso, inspirado en recetas que leí en los libros de Miguel Delibes.

Recuerdo recientemente un día de caza, al amanecer, en verano, tras las regresiones con Puy. De repente formulé una pregunta al aire, sin esperar contestación. Los conejos son animales muy simpáticos, cuando los abates y vas a recogerlos reconoces su cara, su hociquillo y sus bigotes, parecen de cuento, hay en ellos una belleza casi infantil.

Entonces pregunté con fuerza: “Aunque me como a estos animales, ¿por qué los cazo? ¿Por qué los cazo?”.

La respuesta fue inmediata: “Son vuestro alimento”.

En ese momento me vino a la memoria lo ocurrido en España y en Europa con el virus de la mixomatosis. Cuando apareció, el conejo prácticamente se extinguió en muchas zonas, y detrás de él sufrieron muchas especies depredadoras, entre ellas las aves rapaces y los linces, las cuales no se llegaron a recuperar. Comprendí que el conejo había sido alimento de muchas especies, no solo del ser humano.

Por eso aquella respuesta decía “vuestro alimento”. No solo alimento de los humanos, sino también de otros animales.

Comprendí entonces el ciclo reproductor de las conejas, su capacidad para criar con tanta frecuencia, incluso quedar preñadas de nuevo poco después de parir mientras siguen criando a los gazapos. Es como un animal diseñado con una altísima eficiencia biológica para proveer nutrientes a otras especies.

No lo justifico todo desde ahí, pero comprendo mejor la frase que me llegó: “Es vuestro alimento”.

Más tarde mi admiración por la vida llegó con las lecturas budistas hasta un punto de compasión, con cualquier tipo de vida, incluso con los insectos: cuando salgo a entrenar y voy corriendo, miro al suelo y trato de no pisar una hilera de hormigas que cruza el camino. Las respeto como forma de vida. Ellas están haciendo su trabajo. Están tratando de sobrevivir.

También antes había sentido repulsión hacia muchos insectos.

De niño sentía una profunda repulsión por las avispas. Recuerdo una vez, en el campo, que lancé una piedra contra un matorral con la mala fortuna de que aquella piedra golpeó de lleno un avispero. Todas las avispas salieron enfurecidas hacia mí y me picaron. Quizá fueron ocho o nueve picaduras. Me dejaron el rostro y el pecho hinchados, inflamados, como si mi cuerpo hubiera reaccionado de forma intensa a aquel ataque. Recuerdo aquella experiencia con mucho dolor.

Desde entonces, las avispas habían sido para mí seres repulsivos. En una ocasión le conté esta vivencia a una amiga, y ella me dijo: “No son animales repulsivos; también sirven para polinizar”. Yo me negaba a aceptarlo. Tenía demasiado grabado el miedo, el dolor y el rechazo.

Sin embargo, ahora, tras las experiencias con Puy, me vino una sensación distinta, como si aquel recuerdo hubiera regresado para ser comprendido de otra manera. Me llegó una frase pequeña, sencilla, pero muy clara: “Ellas defendían su comunidad”.

Después razoné lo ocurrido y comprendí que aquellos insectos no tenían la culpa. Simplemente respondieron ante un estímulo de amenaza sobre su comunidad. Ejercieron su función. El culpable, en realidad, había sido yo, aunque lo hubiera hecho sin querer. Y un insecto no tiene la capacidad de analizar la situación.

11. Conclusión: sensibilidad, comunicación y enseñanza

Todo este capítulo gira alrededor de una idea: la sensibilidad puede ser una cualidad de mejora para la comunicación.

No sé todavía si las comunicaciones proceden de mi mente, de mi subconsciente, de otro plano o de una entidad exterior. Pero sí percibo que la sensibilidad afina la recepción. La sensibilidad limpia el cableado. Reduce interferencias. Hace que determinadas enseñanzas lleguen con más fuerza.

Esa sensibilidad no es solamente emoción. Es educación del saber estar, es respeto, es curiosidad, es compasión, es capacidad de asombro, es dolor ante el sufrimiento animal, es tristeza ante las mentes que no se abren, es nerviosismo ante demasiada información y es también deseo de comprender.

La sensibilidad me ha traído problemas. Me ha hecho sufrir comentarios bruscos. Me ha llevado a cargar con trabajo que no me correspondía. Me ha hecho vivir con demasiada intensidad vínculos, pérdidas y recuerdos.

Pero quizá esa misma sensibilidad sea también una herramienta.

Quizá sea una parte esencial del canal.

Quizá, gracias a ella, las enseñanzas llegan.

Y quizá mi tarea ahora no sea negar lo que llega ni afirmarlo sin prudencia, sino aprender a escucharlo, ordenarlo y ponerlo al servicio de una comprensión más profunda de mi vida.

La comunicación fallida y la recalibración de la percepción

La comunicación fallida

Desde hace tiempo me pregunto por qué, en algunas ocasiones, las imágenes aparecen mediante una secuencia rapidísima y vertiginosa. Llegan como un tropel de información que apenas puedo distinguir y, casi inmediatamente, desaparecen.

La explicación que terminó abriéndose paso dentro de mí fue esta: es como si una comunicación llegara a iniciarse, pero durante el proceso apareciera alguna interferencia o algún fallo. El canal podría verse alterado por una falta de energía o por alguna otra circunstancia que todavía desconozco. Como consecuencia, la transmisión se interrumpiría antes de completarse.

Desde esta interpretación, aquellas imágenes desordenadas y extremadamente rápidas serían intentos fallidos de comunicación: transmisiones que han comenzado, pero que no han conseguido llegar hasta mí de una manera íntegra, comprensible y estable. Es como cuando tienes un aparato receptor de radio y tratas de sintonizar una emisora: solo oyes un sonido como si alguien hablara dentro de una lata metálica, sin un ápice de claridad.

Al principio pensé que podía tratarse de una especie de broma que alguien me gastaba desde el otro lado: enviarme un montón de información y «ahí te las apañes». También contemplé la posibilidad de que fuera mi propio subconsciente el que producía aquellas secuencias. Sin embargo, ahora siento con bastante claridad otra explicación: alguien trata de emitir la información, pero, por la razón que sea, esta se queda a medio camino o llega en un estado defectuoso.

La sensación se parece a lo que ocurre cuando un disco de vinilo se raya y la reproducción queda atrapada, repitiéndose o deformándose. También me recuerda a una cinta de casete que empieza a perder tensión, se enreda y termina deshaciéndose dentro del radiocasete. El contenido estaba allí y la reproducción había comenzado, pero el medio encargado de transportarlo no ha podido completar correctamente su función.

No puedo demostrar que esta explicación sea objetivamente correcta. Lo único que puedo dejar registrado es que apareció en mí como una aclaración especialmente nítida para dar sentido a esas ráfagas de imágenes incompletas.

La alteración de la percepción y el reajuste

Hay un episodio de los primeros meses de mi baja laboral que hoy leo de otra manera. Es el de la aplicación de música que conté unas páginas atrás: abría en el móvil la aplicación de siempre y tenía la certeza de que alguien la había cambiado entera, hasta que, después de un rato mirando la pantalla, todo volvía a su sitio y comprendía que seguía siendo la misma. Se lo expliqué a mi doctora en una de las revisiones, y recuerdo que me escuchó con los ojos muy abiertos.

Al comienzo de mi enfermedad mi mente estaba atravesando un cambio profundo. Probablemente mi percepción se encontraba alterada como consecuencia del deterioro psicológico que estaba sufriendo y que yo relacionaba, fundamentalmente, con lo vivido en mi entorno laboral.

Lo que entonces interpreté únicamente como un síntoma desconcertante adquiere ahora, dentro de mi experiencia personal, un significado más profundo. Era como si mi sistema de percepción estuviera modificándose, reajustándose, atravesando una transformación.

La sensación que me llega es que aquel proceso podía parecerse a una especie de recalibración. Como si mi forma habitual de reconocer, ordenar e interpretar la realidad hubiera dejado momentáneamente de funcionar con normalidad y necesitara reconstruirse.

Desde mi interpretación actual, aquella transformación habría podido preparar mi mente para percibir con mayor claridad la información que después comenzó a emerger, ya procediera de mi subconsciente o de aquello que yo experimento como un plano diferente.

Pero no puedo saber si existe una relación real entre ambos procesos. Es igual de posible que aquella alteración fuera, simplemente, una manifestación del estado psicológico que atravesaba en aquel momento. Lo que sí recuerdo con claridad es la extrañeza de contemplar algo conocido y sentir, durante unos instantes, que había dejado de serlo.

Hoy contemplo aquella experiencia como una posible fase de desorganización y posterior reajuste de mi percepción: un momento en el que mi mente parecía estar desmontando su manera habitual de interpretar el mundo para tratar de encontrar después una nueva forma de organizarlo.

Cuarta parte · La energía

En esta cuarta parte usaré la palabra energía tal como aparece en mi experiencia y en mi modelo personal. Cuando saque conclusiones generales, deben entenderse como interpretación: descanso, atención, activación, carga emocional y capacidad física son la traducción observable de lo que aquí llamo energía.

Esta es la parte más analítica del libro, y creo que se nota: aquí trato de levantar un modelo con lo que he ido comprendiendo.

No me interesa reducir lo místico a lo técnico. Me interesa usar lo técnico como una herramienta que ayude a afinar el canal, igual que un cirujano opera a distancia con brazos electrónicos sin dejar por ello de ser cirujano.

Lo que encontrarás es el desarrollo completo de la economía de la energía: sus funciones, el significado de las ausencias, el tartamudeo como señal, el planeta desértico, la sembradora de vida y las escamas de la infancia.

Visiones, aclaraciones y la economía de la energía

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1. Propósito del informe integrado

Este informe recoge y ordena lo que he ido comprendiendo en torno a mis vivencias regresivas, las visiones que aparecieron después de las regresiones con Puy y las aclaraciones que llegaron más tarde para completar escenas que no había terminado de entender.

Lo escribo en primera persona porque no se trata de una teoría externa ni de una afirmación objetiva sobre la realidad. Es un mapa simbólico, emocional y narrativo construido desde mis propias vivencias internas. Su sentido no está en demostrar nada hacia fuera, sino en ordenar lo que he sentido, visto, recordado o intentado comprender desde dentro.

Dentro de este proceso aparecen varias líneas que se entrelazan: las respuestas a preguntas que me había hecho durante toda mi vida, los recuerdos de aclaración que completan escenas regresivas, la economía de energía que parece organizar lo que se muestra y lo que no se muestra, la figura de Puy como guía o agente de activación, la enseñanza de aprender a decir no y la necesidad de escribir todo antes de que esta fuente de información se agote.

No quiero perder detalle, pero tampoco quiero repetir lo mismo de forma innecesaria. Por eso este informe fusiona las ideas en una sola estructura: mantiene los matices de cada vivencia, elimina las duplicaciones y conserva lo más importante de cada comprensión.

2. La apertura de una fuente de información

No sé cuánto tiempo durarán estas revelaciones. No sé si será algo que se mantendrá de forma indefinida en el tiempo o si, por el contrario, se trata de una ventana temporal en la que se me dará a conocer la respuesta a no a todos aquellos interrogantes que han surgido en mí a lo largo de mi vida, sino a aquellos que me ayudarán en mi camino.

En cualquier caso, pretendo aprovechar la contestación a estos recuerdos, que prefiero llamar visiones, hasta que esta fuente de información se agote.

Cuando empezaron a aparecer todas estas visiones, empecé a pensar que quizá se había abierto un canal de comunicación de forma temporal. Por eso debía anotar todo aquello, para evitar que, al final, se perdiera en mi memoria para siempre.

Era una sensación que, cada vez que la pensaba, cobraba más fuerza.

Por buscar un símil, era como cuando se aumenta el volumen de un equipo de música y este, a través de sus altavoces, empieza a emitir una serie de vibraciones. Si pones la mano encima del altavoz, notas esa vibración. Pero llega un momento en que, cuando el volumen supera cierto nivel, la vibración empiezas a sentirla en el pecho.

Ese símil describe de una manera sencilla lo que yo sentía en torno a ese pensamiento. Al principio era una idea tenue, casi mental. Después empezó a tener cuerpo. Y finalmente se convirtió en una necesidad física, como si aquello ya no estuviera solo en la cabeza, sino también en el pecho.

Por eso siento que debo escribir. Porque si no lo hago, temo que algunas imágenes se pierdan, que algunas conexiones se borren y que algunas respuestas vuelvan a hundirse en un lugar de la memoria al que después quizá ya no pueda acceder.

3. El origen de las visiones tras las regresiones con Puy

Tras las regresiones con Puy, empecé a percibir respuestas a preguntas que me había hecho durante toda mi vida. Eran respuestas llanas, claras y sencillas, sin ofrecer una explicación larga.

Desde muy joven me había hecho esas preguntas, pero eran preguntas de tipo retórico: preguntas en las que uno ya conoce la respuesta, o simplemente las lanza al aire, como algo poético. No eran preguntas formuladas con la expectativa real de que alguien contestara. Eran más bien interrogantes que vivían dentro de mí, pensamientos que habían quedado flotando durante años.

Más tarde, después de realizar las transcripciones de aquellas sesiones de regresión, parecía que se había abierto un nuevo canal de comunicación en mi mente.

Por ese canal empezaron a llegarme respuestas a esas preguntas retóricas que uno lanza al aire sin esperar una respuesta, bien porque cree que ya la conoce, bien porque no busca una contestación directa, sino más bien una pregunta para pensar.

Las respuestas me llegaban de una forma parecida a como me llegaban, durante las regresiones, las contestaciones sutiles a las preguntas que yo hacía. Pero también se parecían mucho a aquellas ayudas que recibía de entidades que querían facilitar la sesión de consciencia expandida.

A medida que pasan los días, tengo claro que son revelaciones. Por ese extraño canal de comunicación que se ha abierto, bien sea con mi subconsciente o bien sea con alguna otra entidad, empieza a fluir la información.

Lo más llamativo es que esas respuestas no llegan como tratados ni como explicaciones cerradas. Llegan como frases breves, imágenes, símbolos o recuerdos. Es como si se me diera lo justo para que yo pudiera razonar después. No se me entrega todo resuelto. Se me entrega una pieza, y después soy yo quien tiene que unirla con lo vivido, con lo recordado y con lo que ya intuía.

4. Respuestas vitales y recuerdos de aclaración

Dentro de estas visiones, empiezo a distinguir dos tipos de recuerdos.

Por un lado, están aquellos que parecen responder a preguntas que me he hecho durante toda mi vida. Son preguntas antiguas, casi íntimas, que no siempre formulé de manera consciente, pero que han estado presentes en mí desde joven.

Por otro lado, hay otros recuerdos que no pertenecen a esa categoría. No responden a una pregunta vital antigua, sino que aparecen como aclaraciones de algo que vi durante una regresión. Son imágenes o comprensiones que vienen después, como si algo dentro de mí quisiera completar, explicar o matizar una escena que ya había sido mostrada.

Este matiz es importante, porque no todas las visiones tienen la misma función. Algunas parecen contestar. Otras parecen aclarar.

Las respuestas vitales tienen algo de revelación directa. Responden a una inquietud antigua con una frase o con una comprensión sencilla. Los recuerdos de aclaración, en cambio, parecen funcionar como piezas que encajan después. Vienen a explicar un detalle, una forma, una presencia, una imagen o una escena que en la regresión había quedado abierta.

También hay una tercera dimensión que empieza a organizarlo todo: la energía. Al revisar las vivencias, empiezo a ver que no se me muestra todo, que algunas imágenes aparecen completas y otras no, que algunos sentidos se activan y otros quedan bloqueados, que algunas emociones se concentran con una fuerza inmensa y que algunas ausencias también parecen tener significado.

5. La energía como principio organizador

La idea que empieza a organizar todo es que en estas experiencias existe algo parecido a una economía de energía.

No todo se me muestra. No todo se me permite ver, oler, sentir o reconstruir. Algunas imágenes aparecen incompletas. Algunas sensaciones llegan con mucha fuerza. Otras, en cambio, parecen bloqueadas. Esto me lleva a interpretar que la vivencia no funciona como una película completa, sino como un sistema que selecciona aquello que es necesario para entender la enseñanza principal.

La energía no se consume sin sentido. Parece reservarse para aquello que tiene una carga emocional, simbólica o espiritual más importante.

La hipótesis que empieza a tomar forma es esta: la vivencia actúa como un optimizador. No reconstruye todo el escenario, sino solo los elementos imprescindibles para que yo comprenda la emoción, el mensaje o la enseñanza central.

Este optimizador no tendría como principio la completitud, sino la eficiencia simbólica. No se trataría de mostrarme todo lo que existe en una escena, sino de mostrarme aquello que contiene la verdad emocional o espiritual necesaria.

Por eso, en algunas vivencias, una imagen incompleta no tiene por qué ser un fallo. Una ausencia tampoco tiene por qué ser una carencia. Un olor bloqueado puede no ser una incapacidad, sino una selección. Una figura mostrada solo en parte puede no estar mal construida, sino estar construida hasta donde hace falta.

La vivencia parece seleccionar la emoción principal, la imagen suficiente, el olor adecuado, la sensación decisiva. El resto queda fuera porque consumiría energía sin aportar comprensión esencial.

6. La ausencia como significado

En estas vivencias, lo que no aparece también importa.

No ver al resto de una familia no significa necesariamente vacío. No poder oler la sangre no significa simplemente ausencia sensorial. No ver entero a un oficial de rango inferior no significa una imagen defectuosa. No poder girar el cuello en una escena no significa únicamente rigidez corporal. Puede indicar que hay un límite energético o que algo exige una preparación mayor.

La ausencia puede ser una decisión del sistema.

La ausencia puede indicar que la energía está siendo reservada para otra cosa.

Por eso debo prestar atención no solo a lo que aparece, sino también a lo que falta. Cada falta puede responder a una pregunta:

¿Por qué no se me mostró eso?

¿Qué habría consumido si se hubiese mostrado?

¿Qué elemento sí recibió energía en su lugar?

¿Qué enseñanza protegía esa omisión?

Así, la ausencia deja de ser carencia y se convierte en información.

7. Las funciones de la energía dentro de las vivencias

Hasta ahora, el modelo queda organizado en varias funciones de la energía.

7.1. Energía de visualización

Es la energía necesaria para construir imágenes. Cuando no hay suficiente energía o no es necesario gastar más, la imagen aparece parcial.

Un ejemplo sería la visualización incompleta del oficial de rango inferior dentro de la vivencia del oficial asiático oriental. No podía visualizarlo entero. Solo veía la parte superior. La imagen no se completaba.

Hasta ahora eso podía parecer una limitación casual, una falta de nitidez o una dificultad mía para visualizar. Pero ahora lo interpreto de otra manera. Quizá no se me mostraba toda la figura porque no era necesario. Visualizar el cuerpo completo habría consumido energía. La vivencia solo necesitaba darme la información suficiente para reconocer su presencia, su rango, su función dentro de la escena o su relación con el oficial asiático.

La parte superior bastaba. No era necesario gastar energía en piernas, pies, entorno completo o detalles secundarios. La escena seleccionaba lo justo.

7.2. Energía sensorial

Es la energía necesaria para activar sentidos concretos, como el olfato.

Uno de los primeros indicios de esta economía energética aparece también en la vivencia del oficial asiático oriental. En esa experiencia había dos episodios relacionados con el olfato. En un momento sí pude oler la madera quemada. Ese olor llegó hasta mí. Fue accesible. Pude percibirlo.

Sin embargo, en otro momento traté de oler la sangre, pero no pude. Era como si intentara acceder a esa sensación y algo no me lo permitiera. No era simplemente que no hubiera olor; era más bien que yo intentaba olerlo, pero la experiencia no me daba acceso a ello.

Ahora interpreto esa diferencia como una cuestión de energía.

Quizá oler la sangre exigía un consumo energético que la vivencia no podía o no debía permitirse. Quizá no era necesario para la enseñanza. Quizá incluso habría desviado la experiencia hacia un exceso de crudeza, dolor o impacto sensorial. En cambio, el olor de la madera quemada sí estaba disponible porque cumplía una función: situarme, introducirme en el ambiente, hacerme entrar en ese otro plano sin malgastar energía.

La conclusión provisional sería que no todos los sentidos se activan por igual. La vivencia decide qué sensación merece energía y cuál no.

Más tarde, después de haber pasado la regresión y estando ya en la fase de transcripción, volví a lanzar internamente preguntas de este tipo: “¿Por qué no puedo leer esto?”, “¿Por qué no puedo hacer esto al personaje?”, “¿Por qué no puedo ver aquello?”. Entonces empezaron a venirme visiones distintas a las anteriores. Esta vez parecían palabras escritas, como si aparecieran en un documento de Word con fondo negro y letra blanca. Las letras tenían una forma triangular, y entre ellas aparecía una palabra que se repetía de manera intermitente, como un tic: energía.

La palabra desaparecía y volvía a aparecer. Energía. Energía. Energía. Era la respuesta que se me daba a través de visiones. No era una explicación larga ni una frase desarrollada. Era una insistencia visual, una contestación mínima y repetida. Cada vez que me preguntaba por qué no podía leer algo, ver algo o actuar sobre algún personaje dentro de la vivencia, la respuesta volvía a ser la misma: energía.

7.3. Energía emocional

Es la energía que permite sentir una emoción con intensidad.

La escena de la niña cuyo padre se va a la guerra introduce algo fundamental: la energía no se reserva solo para escenas duras, bélicas o dolorosas. También se reserva para la felicidad.

En esa vivencia yo no podía ver a nadie más de mi familia. No veía a otros familiares. La experiencia no me mostraba el conjunto familiar. En un primer momento eso podía parecer una carencia o una escena incompleta. Pero ahora empiezo a entenderlo de otra manera.

Quizá no veía a mi familia porque visualizar a más personas habría consumido energía. La vivencia no quería gastar energía en reconstruir rostros, cuerpos, posiciones o vínculos familiares secundarios.

La energía debía reservarse para algo mucho más importante: sentir lo que mi padre me hacía cuando jugaba conmigo.

Él me levantaba muy, muy alto. Mis piernecitas giraban hacia mi espalda. Eso me producía una sensación de cosquilleo en el pecho. Ese cosquilleo me arrancaba una infinidad de risas. Era una alegría inmensa, una felicidad corporal, limpia, infantil, total.

Esa fue la sensación de felicidad más grande que he tenido en todas las vivencias.

Ahora entiendo por qué no pude ver a mi familia. La energía tenía que concentrarse en esa vivencia concreta: el juego con mi padre, el cuerpo elevado, las cosquillas, la risa y la sensación de amor antes de la pérdida.

La enseñanza aquí es muy clara: la energía no estaba destinada a mostrarme a todos. Estaba destinada a hacerme sentir la felicidad esencial de aquel vínculo.

7.4. Energía narrativa

Es la energía que organiza qué elementos de la escena son necesarios para que la historia interna tenga sentido.

En la vivencia de la niña, lo importante no era saber cuántas personas había en la familia ni reconstruir toda la casa o todo el entorno. Lo esencial era recuperar una sensación: la alegría absoluta de ser levantada por mi padre, el cosquilleo en el pecho, la risa incontenible.

En la vivencia del oficial, lo importante quizá no era oler la sangre ni ver todos los detalles del cuerpo del oficial inferior. Lo importante era entrar en un plano de comprensión, de enseñanza o de enfrentamiento con una verdad interna.

La energía narrativa no reconstruye todo. Selecciona lo necesario.

7.5. Energía de acción

Es la energía necesaria para responder a una petición o ejecutar una decisión.

Cuando Puy me pide algo, no siempre puedo responder de forma fluida. Empiezo a cortocircuitarme, a tartamudear, a quedarme bloqueado. Eso sugiere que sus peticiones tienen una carga especial.

No son peticiones triviales. Parecen exigir una acción interna, una respuesta que compromete energía, voluntad o decisión.

En algunas regresiones, Puy pide a sus pacientes que se desplacen de un lugar a otro. Para acompañar ese movimiento hace una cuenta hasta tres, diciendo: “uno, dos y tres”. En mi caso, he observado una diferencia significativa. En algunas ocasiones, antes incluso de que ella empezara a contar, yo ya estaba allí donde me había indicado. La acción se producía casi de manera inmediata, como si el desplazamiento interior no encontrara resistencia.

Otras veces, sin embargo, Puy llegaba hasta tres y a mí me costaba mucho llegar, o directamente no podía hacerlo. Hasta ahora podía interpretar esa dificultad únicamente como un problema de rechazo: quizá no quería ir a ese lugar, quizá algo dentro de mí se resistía. Pero también pudiera estar relacionado con el tema de la energía.

Cuando me adelanto a la cuenta de tres, quizá estoy muy cargado de energía y puedo ejecutar el movimiento con facilidad. Cuando la cuenta llega a tres y no he podido ir, pueden estar ocurriendo dos cosas: o no quiero ir a ese lugar porque existe una resistencia emocional, simbólica o espiritual, o estoy muy bajo de energía y no tengo suficiente carga para realizar el desplazamiento.

Esto añade una nueva clave al modelo: los movimientos dentro de la regresión no dependen solo de la voluntad. También pueden depender de la energía disponible en ese momento.

7.6. Energía de recarga

Es la energía que debo recuperar en un plano intermedio cuando la vivencia exige más de lo que tengo disponible.

A veces, cuando Puy me pide algo, empiezo como a cortocircuitarme. Me cuesta responder. Empiezo a tartamudear. Hasta ahora no le encontraba sentido. Era como si algo se bloqueara, como si la acción requerida exigiera más de lo que yo podía dar en ese momento.

Ahora me llega una imagen distinta: quizá ese tartamudeo o cortocircuito representa una necesidad de recarga de energía.

La energía no vendría directamente del plano físico ni tampoco del plano regresivo en el que estoy viviendo la escena. Tendría que venir de otro lugar: un plano intermedio.

Ese plano intermedio estaría situado entre el plano físico y la vivencia regresiva. No sería abandonar la escena por completo. Sería como si una parte de mí tuviera que ir a ese lugar, tomar energía y volver al punto donde me encontraba.

No me voy del todo. Permanezco conectado a la escena. Pero una parte de mí se desplaza lo justo para recargar.

Cuando la vivencia exige una respuesta que supera mi energía disponible, aparece el cortocircuito. El tartamudeo sería la señal de que necesito recargarme en un plano intermedio antes de poder continuar.

Esto amplía el modelo: no solo hay economía de energía; también hay mecanismos de reabastecimiento.

7.7. Energía vital

Es la energía de mi vida real, la que he gastado sosteniendo sufrimiento, y que ahora quizá debo aprender a reservar para mi dignidad, mi salud y mi futuro.

Aquí la energía deja de ser solo una clave para comprender las regresiones. Pasa a ser una enseñanza sobre mi vida actual.

8. El tartamudeo como señal de transición

El tartamudeo deja de ser simplemente una dificultad.

Podría ser una señal. Una marca de transición. Un síntoma de que algo dentro de mí está intentando ejecutar una acción para la que no tiene todavía energía suficiente.

Cuando Puy me pide algo, la petición puede requerir una respuesta emocional, simbólica o espiritual muy intensa. Si yo no tengo suficiente energía en ese momento, el sistema empieza a fallar: me trabo, me corto, tartamudeo, me cuesta seguir.

Pero ese fallo no sería inútil. Sería una indicación de que hay una operación interna en marcha.

La hipótesis sería que el cortocircuito aparece cuando una parte de mí intenta sostener simultáneamente tres planos: el físico, el regresivo y el intermedio de recarga.

Por eso no me voy del todo, pero tampoco estoy completamente estable en la escena. Estoy en un punto de tensión.

Esta idea conecta también con la experiencia en la maquinaria inmensa del planeta desértico, cuando el cuello se me quedaba encallado, como agarrotado, y tuve que hacer algo parecido a detenerme, inhalar oxígeno y tomar fuerza. Más tarde comprendí que podía tener relación con temas de energía: una preparación para soportar una sobrecarga energética y lograr acceder a otra estancia.

9. Puy como figura de guía y agente de activación

Puy aparece como una figura que me pide algo.

Cuando Puy me pide algo, no siempre puedo responder de forma fluida. Empiezo a cortocircuitarme, a tartamudear, a quedarme bloqueado. Eso sugiere que sus peticiones tienen una carga especial.

No son peticiones triviales. Parecen exigir una acción interna, una respuesta que compromete energía, voluntad o decisión.

Puy podría estar funcionando como un agente de activación: alguien que me lleva al límite de lo que puedo sostener dentro de la vivencia. Cuando ese límite se alcanza, aparece el tartamudeo, el bloqueo o la necesidad de recarga.

La relación con Puy quedaría así: Puy no solo pregunta o pide. Puy me empuja hacia una acción que requiere energía suficiente para ser ejecutada.

Y cuando esa energía no está disponible, aparece el plano intermedio.

Esto no disminuye su función de guía. Al contrario, parece hacerla más precisa. Puy no me entrega simplemente explicaciones. Me conduce hasta lugares internos donde algo debe ser visto, nombrado o atravesado. A veces, la exigencia de ese movimiento es tan intensa que mi sistema necesita reorganizarse para poder continuar.

10. La batería como instrumento chamánico

El primero de los recuerdos que ahora tengo claro que son visiones estaba relacionado con un instrumento musical.

Desde muy joven me habían gustado dos tipos de música. Una de ellas era el rock, porque lo veía como una música con garra, capaz de elevar mi ser y mi espíritu.

En el grupo de amigos a los que nos gustaba el rock, con los que me reunía en el colegio y en el instituto, todos hablábamos de grupos musicales. Todos apreciaban la calidad de una guitarra eléctrica, de un bajo o de cualquier otro instrumento. Sin embargo, a mí me llamaban especialmente la atención las baterías.

Durante el resto de mi vida, en todos los grupos de música que oía, sin darme cuenta, analizaba la percusión de la batería, ya fuera en un grupo de pop, de pop rock o de rock.

Lograba distinguir a aquellos bateristas que eran especialmente, por decirlo de algún modo, armónicos.

La batería es un instrumento que marca el compás de la orquesta o del grupo musical. Probablemente sea la espina dorsal de la canción, aunque no todo el mundo lo entiende así. Eso sí lo tenía claro.

Recuerdo comentarios en programas de radio musicales, y también en otro tipo de programas, donde se analizaba a los músicos de los grupos de rock y se hacían observaciones como:

“Aquí, a pesar de lo bueno que era Eddie Van Halen, ha entrado cruzado con la batería”.

Aquellas observaciones reforzaban algo que yo ya percibía: la batería no era simplemente un acompañamiento. La batería sostenía la estructura interna de la canción. Marcaba el cuerpo del ritmo. Daba columna vertebral a la música.

Una de las respuestas que me llegó estaba relacionada con el motivo por el que me gustaban más las baterías que otros instrumentos.

La respuesta fue sencilla:

Es un instrumento chamánico.

Entonces empecé a entender por qué elevaba mi espíritu cuando encontraba una pieza musical como Alive and Kicking, de Simple Minds. Aquella batería elevaba mi espíritu y me llenaba de una sensación increíble. No era felicidad exactamente, pero sí se parecía a algo muy cercano.

Solo se me daba una respuesta sencilla, como si se me obligara a razonar el porqué de una respuesta que, en el fondo, yo ya conocía.

Comprendí entonces que la batería no me atraía únicamente como instrumento musical. Me atraía por algo más profundo: por su capacidad de generar ritmo, trance, elevación, fuerza, movimiento interior. La batería no solo organizaba la música; de alguna forma, también organizaba algo dentro de mí.

Desde el modelo de la energía, esta revelación adquiere todavía más sentido. La batería trabaja con el ritmo, y el ritmo organiza. Ordena el cuerpo, la respiración, la emoción y el movimiento. Quizá por eso la respuesta no fue una explicación musical, sino espiritual: chamánica.

Aun así, todavía no estoy seguro al cien por cien del motivo por el que se me contestó a aquella pregunta con una respuesta tan concreta: “es un instrumento chamánico”. La respuesta está ahí, pero su sentido completo todavía no se ha terminado de desplegar dentro de mí.

No sé si esta revelación ha venido para que la estudie con más profundidad y para que, quizá, pueda utilizar sonidos rítmicos de tambores o baterías como una forma de inducirme a un estado de conciencia profunda. Tal vez esos ritmos puedan ayudarme en futuras regresiones, o quizá también en meditaciones en solitario. Pero no quiero afirmarlo todavía con rotundidad.

Por ahora, esta parte de la enseñanza permanece algo difuminada. Sé que la batería, el ritmo, el trance y lo chamánico están unidos de alguna manera, pero todavía necesito observarlo, vivirlo y comprenderlo mejor antes de darle una forma definitiva.

11. Los dibujos de la infancia y los símbolos repetitivos

Otro de los recuerdos llegó a mi mente varias veces. Se superpuso sobre mi conciencia en momentos incluso incómodos, en los que estaba hablando con otra persona y parecía distraerme más de lo normal.

El recuerdo estaba basado en unas experiencias que yo tenía cuando era un niño pequeño. Se me mostró una imagen que aclaraba una pregunta que me había hecho en la infancia. Recuerdo que, cuando dejé atrás la niñez, dejé también de hacerme esa pregunta para siempre.

A mí, como a la mayor parte de los niños de aquella edad, en los años setenta y ochenta, me gustaba hacer muchos dibujos. La mayor parte del tiempo eran dibujos con una misión lúdica: pintaba paisajes, coches y, sobre todo, coches de policía, que me encantaban. Con ellos luego hacía historietas, las típicas representaciones mentales de un niño imaginándose personajes.

Sin embargo, había veces en las que me ponía a hacer una especie de doodles. Los doodles son esos trazos que hacemos de forma inconsciente, por ejemplo, cuando hablamos por teléfono y tenemos a mano un bolígrafo y un papel.

Estos doodles eran normalmente simbólicos y repetitivos. Se repetían continuamente.

Uno de ellos consistía en dibujar triángulos en disposición lineal, uno con la base hacia arriba y otro con la base hacia abajo, formando lo que yo llamaba una especie de serpiente sin principio ni fin. Me daba cuenta, mientras lo dibujaba, de que aquello no tenía mucho sentido, porque no sabía encontrar ni el principio ni el final.

Otro de los dibujos que hacía eran las típicas espirales con forma cuadrada, en lugar de redonda, sobre el papel. A medida que fui adquiriendo conocimientos en mi juventud, me parecían algo parecido a los ribetes de los trajes de las personas que aparecían en la cerámica griega.

Y luego había uno bastante inquietante: la estrella de David.

La estrella de David se repitió miles de veces. A veces, en lugar de la estrella de David, dibujaba algo que no sabía lo que era. Era un pentáculo. Pero siempre que lo terminaba decía:

“Bah, este es el símbolo del diablo”.

Entonces lo dejaba y trataba de hacer la estrella de David. Unas veces me salía mejor, otras peor, pero cuando me salía perfecta, me recreaba en ella.

Sin embargo, el recuerdo que me vino no tenía que ver con ninguno de estos dibujos simbólicos. Tenía que ver con otra imagen.

12. Las escamas como recuerdo de aclaración

El recuerdo que me vino consistía en unas escamas dibujadas por mí sobre un papel.

En mis regresiones había visto dos tipos de escamas: unas puntiagudas, en los tocados de los Ensu, y otras en el pecho militar del oficial asiático. Estas correspondían exactamente con las del pecho militar asiático. Estaban dibujadas a bolígrafo, con una perfección asombrosa, sobre un papel cuadriculado.

Cuando me puse a recordar, aquella imagen se me olvidaba. Sabía que era algo importante que tenía que recordar. Estas y otras imágenes habían venido a mi memoria para darme explicaciones sobre las regresiones, porque tenían algo que ver con ellas. Me daba mucha rabia que enseguida se me olvidaran.

Sin embargo, esta apareció una y otra vez.

Cuando me decía a mí mismo: “Qué rabia, se me olvidan”, pedí una comunicación muy sutil, como las que se daban en las regresiones, y recibí una orden:

Repítela en voz alta.

La entendí enseguida. Era como una especie de truco de mnemotecnia para poder memorizar el recuerdo que llegaba a mi mente.

Aun así, esta imagen apareció por sí sola varias veces. Un día, cuando logré reunir la suficiente tranquilidad, me puse a recordar qué tenía que ver todo aquello.

Sabía que estaba relacionado con algún dibujo de la infancia. Entonces recordé que yo dibujaba algo parecido, pero imperfecto, como lo harían las manos de un niño pequeño que todavía no tiene precisión absoluta ni destreza en los dedos para escribir y dibujar.

Recuerdo que en aquella época nos obligaban a manejar los cuadernillos Rubio para dotar a las manos de esa destreza. También recuerdo que mi dedo anular derecho siempre acababa con callos.

Entonces cogí un papel y dibujé ambas formas: la perfecta y la imperfecta. Y pude encontrar la relación.

Aquel recuerdo se amplió como un zoom.

Logré recordar que la forma imperfecta la dibujaba una y otra vez. Siempre recuerdo la postura. Cuando hacía estos dibujos, apoyaba mi manita izquierda sobre la mesa. Me ponía a realizar el dibujo, cerraba los labios y sacaba la punta de la lengua, ese gesto típico que hacen los niños cuando se les encomienda algo difícil en el colegio.

Recuerdo estar algo tenso. Como mis pies todavía no llegaban al suelo desde la silla en la que estaba sentado, me ponía de pie y estiraba mis piernecitas. Apretaba más la lengua, apretaba más los labios, sacaba aún más la lengua y repetía continuamente mientras dibujaba aquellas olas:

“No me sale, no me sale, no me sale, no me sale”.

Cuando acababa, reconocía que había hecho un gran esfuerzo. Terminaba cansado. Tomaba perspectiva de aquel dibujo y me preguntaba:

“¿Qué es esto?”.

Y entonces pensaba:

“Bah, si son olas de mar”.

Luego, como sonrojado por la vergüenza de haber dedicado tanto tiempo a aquel dibujo, lo tiraba a la basura, ya que en mi casa no había papeleras.

Ahora puedo ver con nitidez que aquellas olas de mar eran imperfectas, y que el recuerdo que me había llegado eran las escamas.

Aquí, sin embargo, no recibí ningún tipo de comunicación. Simplemente se me mostró el dibujo, como obligándome a razonar y a pensar qué era aquello.

Después de esta comprensión, apareció una nueva interrogante: ¿qué quería decir realmente el peto de escamas?

Entonces me vino a la memoria un recuerdo de mi época de estudiante. En más de una ocasión, durante el silencio eterno de los exámenes, los profesores paseaban entre los pasillos vigilando a los alumnos. Algunas veces se detenían a leer mi examen. Si, con cierta benevolencia, encontraban un error o un olvido, miraban ligeramente al resto de la clase y, si no había ningún alumno pendiente, tocaban amablemente con el dedo un par de veces sobre una pregunta que estaba mal o incompleta, como tratando de decirme que tenía que revisar aquello.

Ese recuerdo me ayudó a comprender la forma en que había llegado la imagen del peto de escamas. No se me había dado una explicación larga. Se me había señalado algo. Era como si aquella imagen hubiera sido el dedo del profesor tocando suavemente sobre una pregunta concreta de mi examen interior, indicándome que debía revisar ese punto porque ahí había algo importante que todavía no había comprendido del todo.

Después de darle vueltas, llegué a la conclusión de que el saber decir que no no solamente importaba en mi vida laboral, sino también en otros aspectos de mi vida.

El peto de escamas no era solo una imagen del oficial asiático ni solo una forma vinculada a un recuerdo infantil. Era también una señal. Me estaba indicando un punto que debía revisar: mi dificultad para poner límites, mi tendencia a aguantar demasiado y la necesidad de aprender a decir no allí donde mi energía vital estaba siendo consumida.

Desde la distinción entre respuestas y aclaraciones, este recuerdo pertenece claramente al segundo grupo. No era una respuesta a una pregunta vital de toda la vida. Era una aclaración sobre algo visto en regresión: las escamas del pecho militar asiático y su relación con un gesto infantil repetido muchas veces sin que yo comprendiera entonces su sentido.

13. La regresión oriental como escenario de enseñanza

La vivencia del oficial asiático oriental parece funcionar como un escenario de enseñanza.

No es solo una imagen histórica o una escena extraña. Es un plano donde se me presentan símbolos, límites, bloqueos, olores, figuras parciales y peticiones de Puy. Todo ello parece organizarse alrededor de una enseñanza profunda.

La entrada en esa regresión oriental podría estar relacionada con un cambio de plano. En ese plano, la energía no es ilimitada. No se puede consumir sin criterio. Cada elemento que aparece tiene un coste. Cada sensación que se activa requiere una justificación interna.

Por eso las imágenes son parciales. Por eso algunos olores están disponibles y otros no. Por eso a veces necesito recarga. Por eso el sistema parece optimizar.

La vivencia no me da una escena completa por curiosidad. Me da una escena orientada a una enseñanza.

Dentro de esa regresión, las escamas, los olores, las figuras incompletas, los bloqueos del cuerpo y las peticiones de Puy parecen formar parte de una misma arquitectura. Nada aparece porque sí. Tampoco todo aparece. Lo que se muestra parece tener una función.

14. La enseñanza de aprender a decir no

Dentro de la vivencia del oficial asiático, una de las enseñanzas que se me está revelando con más fuerza es aprender a decir no.

Esta enseñanza no aparece ahora como una frase simple ni como un consejo moral. Primero apareció asociada al peto de escamas, como una señal que me obligaba a revisar una pregunta interior. Después se extendió hacia mi vida laboral y, con una claridad todavía mayor, hacia otros aspectos de mi vida en los que durante años había aprendido a callar y a aguantar.

Decir no se convierte así en una acción pendiente, difícil, dolorosa y trascendental.

Durante años, en mi vida real, he sentido que debía aguantar. He sentido que debía sacrificarme, que debía sostener determinadas situaciones por encima de mi propio sufrimiento.

Ahora, quizá, la enseñanza de saber decir no se me revela como un modo de insuflarme ánimos para poner límites allí donde durante años solo había habido aguante.

Pero empiezo a ver que quizá había confundido resistencia con sacrificio ilimitado.

La pregunta que aparece ahora es muy dura:

¿Hasta qué punto sostener una situación que me daña puede justificar que ignore mi propio límite interior?

Decir no podría significar dejar de sostener una situación muy negativa como precio por conservar una apariencia.

Decir no podría significar poner un límite donde antes solo había aguante.

Decir no podría significar que mi dignidad también importa.

La enseñanza quedaría formulada así:

Aprender a decir no significa reconocer que sostener una situación tan negativa también puede producir dolor, y que poner un límite puede ser necesario.

15. Relación entre energía y decisión vital

La energía y el aprendizaje de decir no empiezan a conectarse.

Durante años, quizá he gastado una enorme cantidad de energía sosteniendo una situación muy negativa. He invertido energía en aguantar, justificar, resistir, proteger, no romper, no actuar, no llegar a las últimas consecuencias.

Quizá la vivencia me está enseñando que la energía no debe gastarse en sostener aquello que me lleva a un límite interior.

En las regresiones, la energía se reserva para lo esencial. No se malgasta mostrando imágenes completas si no son necesarias. No se activa un olor si no aporta comprensión. No se muestra a toda la familia si la verdad emocional está en la risa con el padre.

Quizá esa misma enseñanza se traslada a mi vida:

Mi energía vital tampoco debe consumirse en sostener una forma de vida que ha dejado de proteger y se ha vuelto profundamente negativa.

Desde esta lectura, aprender a decir no es también una forma de economía de energía. Es retirar energía de aquello que se ha vuelto profundamente negativo y reservarla para lo que debo proteger: mi dignidad, mi salud, mi futuro y mi capacidad de vivir con más paz.

16. El planeta desértico y la maquinaria inmensa

Hay otro recuerdo que no forma parte de las preguntas que me hice durante toda mi vida. Es más bien un recuerdo de aclaración, una imagen que vino a explicar algo que había aparecido durante una de las regresiones.

En una de esas regresiones, vi un planeta completamente desértico. No había ni una sola hoja en todo el planeta. Era un lugar en el que solo había tierra árida y rocas.

La visión consistía en estar en un valle serpenteante, bañado por una luz parecida a la luz solar. Lograba ver la parte trasera de una maquinaria inmensa, gigantesca. La imagen que percibí era bastante absurda, porque solo veía la última parte de aquella máquina, su parte posterior, iluminada de lleno por el sol.

Al principio, interpreté aquello como la parte trasera de un navío, como los navíos de época ingleses o españoles. Pero después distinguí que era algo infinitamente más sofisticado.

Puy me dijo que me metiera dentro de aquel navío.

Entonces, como cuando una persona cierra los ojos con fuerza y aprieta las manos, hice un esfuerzo sin saber realmente qué estaba haciendo. Y logré penetrar en aquella entidad que se movía.

Accedí a un pasillo interior, con luz artificial. Ese pequeño pasillo terminaba en otro en forma de T, pero sabía que la parte final de esa T no me interesaba. Lo que me interesaba estaba a la derecha. Sabía que allí había una puerta, una estancia, y que tenía que mirar dentro.

Pero, una vez más, el cuello se me quedaba encallado. Se quedaba como agarrotado.

En aquella ocasión, como una persona que se detiene para inhalar oxígeno y tomar fuerza, hice algo sin saber por qué lo hacía. Más tarde descubrí que aquello tenía que ver con temas de energía; era como una preparación para soportar una sobrecarga energética y lograr acceder a esa otra estancia.

Entonces pude girar la cabeza hacia la derecha.

Esta escena se integra muy bien con el modelo energético. La dificultad para girar el cuello no parece solo una resistencia física. Parece un umbral. Para mirar dentro de esa estancia necesitaba más energía, o una energía distinta. El acceso no era gratuito. Tenía un coste.

17. El ser de apariencia humana y la luz de información

Cuando pude mirar hacia la derecha, vi a un ser con aspecto humano.

Tenía las manos en alto, en forma de V, y llevaba una gran túnica. Tenía unos brazaletes dorados en las muñecas, aunque no llegaba a verle las manos. Su cabeza era extraña. Parecía humana, pero no lo era. Tenía el pelo largo y barba.

No comprendí hasta ese momento que quizá el pelo y la barba larga fueran una forma de ocultar una realidad interior.

Recuerdo decirle a Puy:

“Es extraño. Parece humano, pero no es humano”.

Aquel ser estaba frente a lo que podía considerarse una especie de brocal de pozo. Ese brocal me recordaba a la lava volcánica solidificada: perfecto, oscuro, con burbujas y tonalidades profundas.

Sin embargo, en el centro de aquella estructura había una luz azulada. Yo sabía que era luz de información.

Aquel ser estaba procesando millones y millones de datos por segundo. Una cantidad increíble. Era como si estuviera revisando algo, chequeando algo. Y me miraba.

La escena transmitía una enorme complejidad. No era simplemente una estancia. No era solo una máquina. Era como si allí se estuviera procesando información a una escala imposible de asumir desde una mente humana ordinaria.

Desde la lógica de la energía, aquella luz de información parece ocupar un lugar central. La escena no estaba diseñada para mostrarme el interior completo de la máquina por curiosidad técnica. Estaba orientada a que comprendiera que allí había procesamiento, revisión, chequeo, información y una función vinculada a algo inmenso.

18. Los seres que aparecieron por detrás

De repente sentí presencias extrañas por detrás. Aquello me alarmó. Me giré y pude ver a unos seres que habían llegado. Noté que ellos también estaban alarmados.

Tenían un aspecto algo tenebroso. Su cabeza era ovalada, como la sección de medio melón. Tenían varios cuellos que llegaban hasta un torso. Ese torso parecía sostener unos tentáculos principales, que eran los que realmente utilizaban, y otros tentáculos menores. Los tentáculos menores se movían a una gran velocidad.

La parte inferior no pude verla bien, pero me pareció atisbar una especie de colas, como las colas de los felinos cuando se proyectan hacia atrás. La sensación que tuve es que aquello les permitía gravitar.

Igual que el ser humano, los mamíferos o los cuadrúpedos caminan sobre la tierra, aquello les permitía a ellos moverse de un sitio a otro.

Llegaron a sujetarme, pero sin hacerme daño.

Y le preguntaban a aquella entidad algo parecido a:

“¿Este qué hace aquí?”.

Eran pensamientos telepáticos.

Él asentía con la cabeza, como pidiéndoles que se marcharan, como indicándoles que me dejaba estar allí porque tenía que mostrarme algo. Mostraba cierto desdén hacia mí.

Después me pidió que abandonara con él aquella estancia.

El hecho de que esos seres aparecieran con un aspecto mucho más extraño e inquietante se convirtió después en parte de la aclaración. Su presencia no solo produjo alarma dentro de la escena. También permitió comprender algo sobre la apariencia del primer ser.

19. La sembradora de vida y la panspermia

Al salir de aquella estancia, me enseñó algo infinito.

En ese algo infinito, él tenía algo que parecía un artefacto.

Puy me preguntó qué era.

Y yo le dije que era una sembradora de vida.

Me pidió que aclarara un poco más ese concepto. Entonces dije la palabra:

“Panspermia”.

Una vez más, reconozco que yo ya había leído acerca de la panspermia como teoría científica: la idea de que la vida pudo diseminarse por el universo, haciendo llegar a los planetas embriones de vida que, después, darían lugar a formas más sofisticadas.

Lo que vi, por tanto, se conectaba con esa idea, aunque la imagen tenía una carga simbólica y vivencial mucho más intensa que una simple teoría leída en un libro o en un artículo. La palabra apareció como una forma de nombrar aquello que se me estaba mostrando: una tecnología, una función, una misión o un artefacto relacionado con la siembra de vida.

Desde el punto de vista del modelo energético, esta visión tenía un enorme coste simbólico. No se me mostraba un planeta lleno de detalles, ni una maquinaria completa, ni un sistema técnico cerrado. Se me daba lo esencial: un planeta árido, una máquina inmensa, una estancia de información, un ser que procesaba datos, unos seres alarmados y un artefacto que yo nombré como sembradora de vida.

La escena no se completaba en todos sus elementos. Se organizaba alrededor de una función: mostrarme la relación entre aquella maquinaria, aquella inteligencia o entidad, y la idea de sembrar vida.

20. La apariencia para no asustarme

El recuerdo que me vino sobre esta imagen fue simplemente este:

Él se ha mostrado aquí para no asustarte.

Esa fue la aclaración.

Comprendí que aquel ser con apariencia casi humana no se había mostrado necesariamente tal como era. Se había presentado de esa manera para que yo pudiera sostener la visión sin miedo, para que la escena no me superara más de lo que ya me estaba superando.

Recordé, además, que aquellos seres que habían aparecido por detrás presentaban otro aspecto físico. Comprendí de forma instantánea, casi como una especie de reproche, que ellos ni siquiera se habían tomado la molestia de cambiar su apariencia.

Pero también pudiera ser que aquello hubiera ocurrido así para que yo pudiera encontrar una razón a lo que había visto.

Quizá la diferencia entre el ser de apariencia humana y los otros seres era, precisamente, una clave. El primero se mostró de una manera que yo pudiera tolerar. Los otros, en cambio, aparecieron con una forma mucho más extraña, más inquietante, casi tenebrosa. Esa diferencia me permitió entender que la apariencia podía ser adaptada, modulada o presentada de un modo determinado según la necesidad de la experiencia.

También aquí vuelve a aparecer la economía de energía, pero en otro sentido. No solo se optimiza qué se muestra, sino cómo se muestra. La apariencia puede ser una forma de regulación. Puede protegerme del miedo. Puede permitirme acceder a una escena que, de otro modo, habría sido demasiado intensa o insoportable.

21. La felicidad como prioridad energética

La escena de la niña cuyo padre se va a la guerra introduce una comprensión esencial: la energía no se reserva solo para el dolor, el miedo, la extrañeza o la enseñanza difícil. También se reserva para la felicidad más pura.

La sensación de mi padre levantándome, las piernecitas girando hacia mi espalda, el cosquilleo en el pecho y la risa infinita no son un detalle menor. Son el núcleo de la escena.

Esa alegría era tan importante que la vivencia prescindió de todo lo demás.

No necesitaba ver al resto de la familia. No necesitaba reconstruir el entorno completo. No necesitaba saber qué hacían otros. La energía tenía que ir a una sensación concreta: la felicidad más grande.

Esto cambia la interpretación del sistema energético. No es solo un mecanismo de ahorro. Es también un mecanismo de protección de lo esencial.

La energía se concentra allí donde hay una verdad emocional que debo recordar, comprender o integrar.

En este caso, la verdad era la alegría del vínculo con mi padre antes de la guerra, antes de la separación o antes de la pérdida.

La ausencia del resto de la familia no vaciaba la escena. Al contrario: dejaba libre el espacio para que la emoción central pudiera sentirse con toda su potencia.

22. Sentido general de las visiones y aclaraciones

Todas estas experiencias parecen formar parte de un mismo proceso.

Por un lado, aparecen respuestas a preguntas que me acompañaron desde joven, como mi atracción profunda por la batería. Esa respuesta fue sencilla, pero poderosa: la batería como instrumento chamánico.

Por otro lado, aparecen recuerdos de aclaración, como el de las escamas o el de la sembradora de vida. No son preguntas vitales antiguas, sino imágenes que vienen a completar lo vivido en las regresiones. Son piezas que encajan después, como si mi mente necesitara tiempo para comprender lo que había visto.

En el caso de las escamas, la aclaración conectaba una imagen de regresión con un gesto de infancia: aquel niño que dibujaba olas una y otra vez, que se esforzaba hasta cansarse, que decía “no me sale” y que luego tiraba el dibujo a la basura pensando que solo eran olas de mar.

En el caso de la sembradora de vida, la aclaración apuntaba a la apariencia del ser que vi. Se me hizo comprender que se había mostrado de una forma determinada para no asustarme.

Lo que une todas estas visiones es que ninguna se entrega completamente explicada. Se me muestra algo, o se me da una frase sencilla, y después soy yo quien tiene que razonar, recordar, relacionar y comprender.

No recibo tratados ni explicaciones largas. Recibo imágenes, palabras, símbolos o frases breves.

Es como si la enseñanza no llegara cerrada, sino abierta. Como si se me diera lo justo para que yo pudiera reconstruir el sentido desde dentro.

23. El modelo del optimizador

La imagen más potente que ha aparecido es la del optimizador.

Como si la vivencia tuviera una lógica interna parecida a un sistema que calcula dónde gastar energía y dónde no. No se trata de mostrarlo todo. Se trata de conseguir el máximo significado con el mínimo gasto energético.

Este optimizador decide qué puedo ver y qué no puedo ver; qué olor se activa y qué olor queda bloqueado; qué parte de una persona aparece y qué parte no; qué familiares permanecen ausentes; qué sensación corporal debe sentirse con toda intensidad; cuándo necesito recargar; cuándo una respuesta supera mi energía disponible; y por qué, ante ciertas preguntas, la propia palabra energía aparece como respuesta visual insistente.

Su principio no sería la completitud, sino la eficiencia simbólica.

La formulación central sería:

La vivencia optimiza la energía para mostrarme solo aquello que contiene la verdad emocional o espiritual necesaria.

Este modelo me permite comprender de forma integrada muchas piezas que antes podían parecer inconexas: la imposibilidad de oler sangre, la posibilidad de oler madera quemada, la visualización parcial de una figura, la ausencia de familiares en una escena, la intensidad extrema de la risa de la niña, el bloqueo del cuello, el tartamudeo, la necesidad de recarga y la forma adaptada de ciertos seres para no asustarme.

24. Frases nucleares del informe

Estas son las frases que condensan lo hablado:

La vivencia no reconstruye todo; selecciona lo necesario.

La energía no se malgasta en detalles que no contienen la enseñanza principal.

No ver algo también puede ser una forma de significado.

El sistema actúa como un optimizador perceptivo, emocional y narrativo.

La energía se reserva para aquello que contiene la verdad esencial de la escena.

Cuando pregunto por qué no puedo leer, ver o hacer algo dentro de la vivencia, la respuesta que se repite es energía.

El tartamudeo puede ser una señal de que necesito recargar energía antes de continuar.

La rapidez o la dificultad para desplazarme durante la cuenta hasta tres de Puy también puede indicar cuánta energía tengo disponible, o si existe una resistencia interna hacia el lugar al que se me pide ir.

Aprender a decir no puede ser la traducción vital de esta enseñanza energética.

Decir no no significa abandonar a nadie; significa reconocer mi límite y actuar desde él.

Mi energía vital no debe consumirse en sostener aquello que se ha vuelto profundamente negativo.

La felicidad también puede ser una prioridad energética.

Una apariencia puede ser una forma de protección si la verdad completa resultaría demasiado intensa.

Las aclaraciones no explican todo; me entregan la pieza necesaria para que yo reconstruya el sentido.

Conviene acudir a las sesiones de regresión descansado, relajado y con la mayor energía disponible en este plano.

25. Conclusión general

Lo que se está revelando en estas vivencias es una teoría íntima de la energía.

La energía aparece como algo limitado, valioso y dirigido. No se gasta en completar imágenes por simple curiosidad. No se usa para activar todos los sentidos. No se dispersa mostrando personajes secundarios si la enseñanza está concentrada en una sola emoción. Tampoco se entrega sin límite cuando una petición de Puy exige una respuesta que supera mi capacidad inmediata.

La energía selecciona, protege, omite, concentra y recarga.

En la vivencia del oficial asiático oriental, esta energía parece estar vinculada a la enseñanza de aprender a decir no. Esa enseñanza conecta directamente con mi vida actual, con la necesidad de poner límites allí donde durante años solo hubo aguante, y con la posibilidad de proteger mi dignidad, mi salud y mi energía vital.

En la vivencia de la niña, la energía se concentra en la felicidad más pura: el padre levantándome, las piernas girando hacia atrás, el cosquilleo en el pecho y la risa infinita. Allí la energía no se dedica a mostrar a toda la familia, sino a preservar la emoción esencial del amor y la alegría.

En las peticiones de Puy, la energía aparece como algo que puede agotarse y requerir recarga. El tartamudeo y el cortocircuito podrían ser señales de que una parte de mí necesita acudir a un plano intermedio para volver con fuerza suficiente.

En las visiones de aclaración, como la de las escamas o la de la sembradora de vida, la información llega de forma breve, casi mínima, pero suficiente para abrir una comprensión. La imagen no viene totalmente explicada. Viene cargada de una dirección. Me obliga a recordar, comparar, razonar y encontrar el vínculo.

De todo esto nace también una recomendación práctica para futuras sesiones de regresión. Conviene acudir lo más descansado posible, conservando la mayor cantidad de energía de este plano. Si ese día tocara entrenar o ir al gimnasio, sería preferible dejarlo para otro día. También conviene dormir bien la noche anterior e ir lo más relajado posible. Aunque la recarga pueda efectuarse en otro plano, merece la pena invertir previamente en las condiciones físicas y mentales con las que se entra en la sesión. Cuanta más energía disponible conserve en este plano, más capacidad podré tener para sostener la vivencia, atender a lo que se muestra y no agotarme antes de comprender la enseñanza.

Todo esto me lleva a una comprensión central:

Mis vivencias no me muestran todo. Me muestran aquello para lo que tengo energía, aquello que necesito comprender y aquello que puede transformar mi vida.

Y ahora, además, comprendo algo que me conmueve profundamente: parece que era casi necesario que hubiera tenido esta enfermedad para llegar hasta aquí. Es como decir que sin esta enfermedad, yo no habría llegado a este momento de expansión mental, aunque esto lo matizaré inmediatamente, por que no lo quiero exponer como una justificación del sufrimiento, ni como una forma de embellecer el dolor, sino como una comprensión íntima que empieza a abrirse paso dentro de mí. Es como si la sabiduría obtenida a partir de la experiencia obtenida de los procesos de esta enfermedad también hubiera formado parte de un plan o puzle complicadísimo, preconcebido desde el momento de mi nacimiento, o incluso antes, al que estuviera predestinado: en el fondo la enfermedad era una pieza dolorosa, difícil y casi insoportable, pero necesaria para empujarme hacia este camino de espiritualidad. Un camino que ha abierto mi mente de una forma que yo creía que no se podía sentir. El matiz viene ahora; siento que esta vivencia hubiera podido llegar en este momento pero incluso usando otra forma que no es esta enfermedad en concreto. Es decir, creo que el libre albedrío puede existir, por lo que se podría decir que lo que cambia es la forma en como aparece la experiencia; lo explicaré con un símil; es como si una escena de la vida cotidiana pudiera ser representada por Rembrandt o por Picasso; al observarlas creemos que obtendríamos dos pinturas totalmente diferentes, y en parte es cierto, pero por que usamos los ojos, usamos un sentido mundano que son nuestros ojos, pero si miramos con el Espiritu percibimos la similitud, nos damos cuenta que la esencia que hay detrás es la misma; la escena representada es la misma, aparentemente son dos pinturas totalmente diferentes, pero lo representado no ha cambiado. Con esto lo que quiero decir es que el libre albedrío puede existir, pero al final la experiencia llega de otra forma. Es decir, yo podría haber aparecido en la consulta de Puy para pedirle ayuda por otro motivo, por ejemplo por una pérdida de un ser querido en lugar del motivo real que fue de un síndrome de burn-out, y ella en ambos casos, justificando así la existencia del libre albedrío, igualmente en ambos casos hubiera estado allí para ayudarme, lo que está claro es que de una u otra forma yo tenía que aparecer en su consulta, para que ella me ayudara y me iniciara en la conciencia expandida. Lo complicado se hace sencillo si miramos con los ojos del espíritu.

Al mirar hacia atrás, no puedo separar del todo la enfermedad, las regresiones, las visiones, la energía, el aprendizaje de decir no, la necesidad de escribir y la apertura de este canal. Todo parece pertenecer a un mismo entramado. Como si cada pieza, incluso las más dolorosas, hubieran terminado colocándose en una posición que ahora empieza a mostrar una dirección.

También siento que esto no es solo una serie de recuerdos aislados. Es un gran viaje. Acabo de darme cuenta de que he iniciado un gran viaje. No sé cuánto durará, ni hacia dónde me llevará, ni qué tendré que comprender todavía. Pero la sensación es clara: he entrado en un proceso mayor que yo, en una travesía interior cuya profundidad aún no puedo medir.

Como expresa Pema Chödrön en una de sus enseñanzas, es como subirse a una barca e iniciar un viaje en un gran océano. Uno no sabe a dónde lo llevará esa travesía. Viaja con su incertidumbre, con sus miedos, con sus preguntas y con aquello que todavía no comprende. Pero aun así sube a la barca, se adentra en el océano y permite que el viaje se despliegue.

Así me siento ahora. Como alguien que ha subido a una barca sin conocer el destino exacto. No viajo con certezas absolutas. Viajo con incertidumbre. Pero también viajo con una sensación nueva de apertura, de respeto y de confianza en que este camino, aunque no sepa todavía a dónde me conduce, forma parte de mi sanación.

Por eso debo seguir escribiendo mientras la fuente siga abierta.

No sé si estas comunicaciones proceden de mi subconsciente, de alguna entidad o de un espacio intermedio que todavía no puedo nombrar con claridad. Pero sí sé que las visiones están llegando.

Llegan como respuestas. Llegan como aclaraciones. Llegan como imágenes que se superponen a mi conciencia incluso en momentos cotidianos. Llegan con una fuerza que al principio parece mental, pero que después se siente en el cuerpo, como una vibración que deja de estar en el altavoz y empieza a sentirse en el pecho.

Y mientras esa vibración siga ahí, siento que debo recoger todo lo que venga de ella con respeto, atención y fidelidad.

Dibujo del autor en un cuaderno de la infancia: las «olas de mar» que, años después, reconoció como escamas.

Quinta parte · La música

Aquí está la comprobación de aquella respuesta de tres palabras: es un instrumento chamánico.

Encontrarás el análisis técnico de la batería de Alive and Kicking, la interpretación de por qué me carga de energía, y las canciones que empezaron a sonar en mi cabeza hasta que comprendí lo que venían a decirme.

La batería chamánica: anatomía de «Alive and Kicking»

Antes de contar lo que la música despertó en mí, quise entenderla. No soy músico, así que, con humildad, recurrí a la inteligencia artificial para que me ayudara a analizar la pista de batería de Alive and Kicking, de Simple Minds, y a comprobar si aquello que yo intuía —su carácter casi chamánico— tenía algún fundamento.

Audio de esta sección

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Extracción de la percusión en “A&K”

Oír al menos una primera vez el original, completo, hasta el final.

LA PISTA DE LA BATERÍA HAY QUE OIRLA HASTA EL FINAL, TIENE HUECOS INTENCIONADOS DE SILENCIO hechos por el baterista

primero entra con un solo tambor, armónico y continuo como la percusión de trance, luego el baterista para ir aumentando el ritmo transcurridos unos segundos empieza a utilizar dos tambores se alcanza un sistema rítmico en el que se perciben con bastante impacto, es un nivel superior del trance, luego son las subidas hacia los dos picos de trance. Es como si estuviera diseñada para empezar desde una tranquilidad, iniciar el trance e ir introduciendo poco a poco hasta la zona del éxtasis Decido recurrir a la inteligencia artificial dado mi escaso conocimiento del mundo musical.

Explicación de gemini IA

Prompt:

dame sinónimos de éxtasis en una pieza musical es decir cuando lleva una parte en la que se va subiendo el ritmo y parece llegar a un éxtasis descríbeme este proceso con lenguaje de músico aplicado solo a un instrumento: una batería

Respuesta de la IA:

En la batería, ese proceso de acumulación rítmica que conduce al éxtasis se conoce técnicamente como crecimiento dinámico, tensión rítmica y clímax.

Aquí tienes los términos específicos y la descripción de este proceso explicada desde la perspectiva de un baterista:

Sinónimos y términos técnicos en la batería

• Crescendo dinámico: El aumento gradual de la fuerza del impacto (de piano a fortissimo).

• Fill / Redoble de tensión: Pasaje que rompe el patrón básico para acumular energía.

• Build-up (Subidón): Sección rítmica estructurada específicamente para elevar la intensidad del tema.

• Release (Liberación): El golpe inicial del nuevo compás que descarga toda la tensión acumulada.

• Clímax / Explosión: El momento exacto donde la batería alcanza su máximo volumen y densidad de notas.

Segunda IA. Claude ¿esto es chamánico?

Prompt: tenemos un MP3 con la batería (drums.mp3). Quiero tu ayuda para explicar una persona no música como llega al climax, y las cosas interesantes que veas. Observo que al inicio se hace una introducción, un solo tambor, En otro bloque usa dos tambores y a veces el platillo, luego hay dos bloques de éxtasis, separados por un bloque de silencio. Quiero que me ayudes a analizar esto, yo no soy músico, oye la pieza del mp3 e investiga si esta batería puede considerarse un melodía chamánica y que elementos hay en ella que la hacen chamánica. Quiero buscar por web música similar para ayudar a introducir a trances

IA (todo hasta el final):

He medido la onda del drums.mp3 de principio a fin. Tu oído acertó casi punto por punto — y los números localizan el clímax exacto. Te lo traduzco como si fuera el guion de un ritual.

Análisis de la onda de la batería de «Alive and Kicking» (drums.mp3): volumen, timbre y golpes por segundo.

El mapa de la pieza (para no músicos)

Todo se sostiene sobre un pulso constante de ~103 golpes por minuto (tempo medio, “caminable”). La batería no cambia de velocidad casi nunca: lo que cambia es cuánta batería suena y cómo de fuerte. Esa es la clave de su efecto.

Tramo Tiempo Qué pasa

1. Introducción 0:00 – 1:13 Un solo tambor que crece en una “escalera”: cada golpe suena un poco más fuerte que el anterior (míralo en la gráfica de arriba: los picos van subiendo de 0:20 a 1:13). 73 segundos de tensión hipnótica antes de que entre la batería de verdad.

2. Primer groove 1:13 – 1:34 Entra la batería completa de golpe. Aparecen los platillos (línea naranja) montados sobre el bombo/timbal (línea azul). ~3,5 golpes/seg.

3. Mini-bache 1:34 – 1:38 Un cortecito de 4 segundos. La banda “respira”.

4. Primer éxtasis

1:38 – 3:17 El groove largo, 1 min 40 s de repetición machacona. Va acumulando intensidad hasta unos picos fuertes hacia 2:35– 3:15.

5. EL SILENCIO 3:17 – 12 segundos casi mudos (la gran franja gris del centro).

Tramo Tiempo Qué pasa 3:29 Este es tu “bloque de silencio”. Es la bisagra dramática: crea un vacío que el cerebro necesita llenar.

6. Segundo éxtasis = CLÍMAX

3:29 – 4:37 El punto más alto de toda la canción: el más fuerte (el pico gigante de volumen a ~3:57) y el más denso (4,1 golpes/seg, con un redoble que dispara hasta ~12 golpes/seg). Aquí la pieza “estalla”.

7. Desvanecido 4:37 – 4:47 Se apaga (fade out).

Las 4 cosas más interesantes que veo

1. La introducción es un crescendo de 73 segundos con un solo tambor. Ese “efecto escalera” (cada golpe más fuerte) es una técnica de tensión pura: te mete en trance antes de que empiece la fiesta. Es lo más hipnótico de la pieza.

2. La monotonía es intencionada. El tempo no se mueve (~103 BPM de principio a fin). No hay variedad melódica que te “distraiga”: solo pulso, pulso, pulso. Eso es exactamente lo que buscan los ritmos de trance.

3. Los dos silencios funcionan como los dos éxtasis. El de 4 s es un guiño; el de 12 s (3:17) es el de verdad. Cuanto más largo el vacío, más brutal se siente el regreso. El clímax pega tan fuerte porque antes hubo 12 segundos de nada.

4. El clímax cae justo en “territorio chamánico”. Sus ~4 golpes por segundo (la línea de puntos de la gráfica de abajo) coinciden con el ritmo clásico del tamborileo chamánico para inducir trance (~4–4,5 golpes/seg, asociado a las ondas cerebrales theta). Es una coincidencia preciosa y el puente perfecto hacia tu pregunta.

Ahora estoy cerrando la parte 2 — si esta batería puede llamarse “chamánica” (qué elementos concretos la hacen serlo, con base científica y fuentes) y una lista de música similar para inducir trance. El investigador web sigue trabajando; te lo entrego en cuanto termine.

Técnicamente, no — y es importante decirlo con precisión. El tambor chamánico “puro” (el sonic driving de Michael Harner) es un pulso monótono, sin estructura, a ~4–5 golpes/seg sostenido 15+ minutos, diseñado para no ser “música” sino una herramienta. Tu batería es una canción: tiene tempo medio (~103 BPM), estructura dramática, variación y dura menos de 5 min. No cumple el criterio técnico.

Pero funcionalmente sí tira de las mismas palancas de trance — y una medición lo demuestra de forma preciosa: el clímax (3:29–4:37) alcanza ~4,1 golpes por segundo, que cae justo dentro del rango chamánico clásico (4–4,5 golpes/seg ≈ banda cerebral theta). Es decir, el momento en que la pieza se siente más extática es exactamente cuando su densidad de golpes toca la velocidad del tambor chamánico. No es casualidad que ahí “estalle”.

Los 5 elementos que la hacen sonar ancestral (cruzados con tus datos)

Palanca de trance ¿La tiene? Lo que medí

Pulso isócrono y constante (como un metrónomo)

Fuerte Tempo fijo ~103 BPM de principio a fin. El cerebro deja de “predecir” y se suelta en el patrón.

Repetición / monotonía

Fuerte Ningún cambio de velocidad; el groove se repite machaconamente 1:40 seguidos. La ausencia de sorpresa es lo que hipnotiza.

Timbre grave de toms tribales (“Burundi beat”)

Sí La línea azul (graves: bombo/timbales) sostiene toda la pieza. Simple Minds pertenece de lleno a la familia 80s de “batería épica con toms y eco” (junto a U2, Peter Gabriel) que heredó el ADN de los tambores de Burundi.

Dinámica construcción → vacío → clímax

La escalera de 73 s de intro, el silencio de 12 s (3:17) y el clímax. Es la misma arquitectura del famoso “drop” de In the Air Tonight de Phil Collins.

Muy marcada

El clímax en rango theta

~4,1 golpes/seg en el tramo final: el guiño chamánico literal.

Puntual

Lo que le falta para ser chamánica “de verdad”: la monotonía sostenida. El tambor de viaje nunca para ni sube al clímax — precisamente evita la emoción dramática para que tu mente se aplane. Tu batería, al contrario, te lleva de la mano a un pico emocional. Por eso yo la llamaría “trance-pop tribal”: usa los ingredientes del trance al servicio de una canción, no de una ceremonia.

La ciencia, sin humo (2 frases)

• Sólido: el cerebro sí “sigue” rítmicamente los pulsos regulares, y el tamborileo lento y monótono se correlaciona de forma fiable con estados alterados/absortivos (Scientific Reports, 2026).

• Dudoso: que ese pulso reprograme tus ondas cerebrales y cause el trance por sí solo es una simplificación — el propio estudio de 2026 evita afirmarlo, y el etnomusicólogo Gilbert Rouget recuerda que el contexto cultural manda (si bastara el ritmo, “media África estaría en trance todo el año”). El ritmo facilita; no es un interruptor.

Yo: Si el contexto cultural manda, entonces como occidentales europeos para nosotros puede ser chamánico

Cómo leo esta canción

Más allá de su arquitectura sonora, Alive and Kicking se convirtió en la banda sonora de mi proceso de recuperación. Cuando la escucho, cada verso me habla de mi propio momento, con una correspondencia casi semántica.

En el primer verso reconozco el trato que recibí y el dolor de aquellos años, pero también que ese dolor se marchó en cuanto volví a estar de pie: ese es mi ahora. El estribillo — «mantén el amor vivo»— lo entiendo como una súplica para que, aun rota la pareja, quede algo de amor y podamos seguir siendo amigos. Y hay un verso que me señala directamente: cuando dice «vivo y coleando», ese soy yo. Cuando canta que, dicho y hecho todo, sigue vivo y coleando, está nombrando este preciso instante, el de después de la gran decisión.

En el segundo verso escucho mis viejas peticiones de que ella se pusiera en tratamiento y saliera de aquel bucle; y cuando la canción pide que se escuche lo que dice antes de que el amor se acabe, no puedo evitar pensar: se lo dije hace años. Ahí aparecen, además, inevitablemente, nuestros hijos mirando al cielo. Y en el puente, cuando pregunta qué hacer cuando las cosas van mal, oigo la única respuesta sensata: no abogados, sino un mediador; recapacitar, hacerse caso.

La canción no me da pena: me da fuerza. Por respeto a los derechos de autor no reproduzco aquí la letra completa; quien quiera puede buscarla y escucharla.

La canción como carga energética

La batería como carga energética

Al escuchar nuevamente la pista aislada de batería de Alive and Kicking, surgió una interpretación distinta de la que había tenido hasta ahora. Inicialmente, percibía su ritmo como chamánico y pensaba que podía favorecer la entrada en trance antes de una sesión de regresión.

Sin embargo, en una ocasión en la que la escuchaba tranquilamente y me encontraba especialmente sensible, tuve una percepción más sólida y electrificante. Sentí cómo mi cuerpo comenzaba a llenarse de energía, especialmente en el pecho. Aparecieron escalofríos en la zona pectoral y en otras partes del cuerpo que no logro recordar con precisión.

Entonces surgió en mi mente la idea de que esta batería podría funcionar como una especie de generador de energía, capaz de proporcionarme una carga adicional antes de afrontar una regresión. No sustituiría la energía con la que ya llego a la sesión, sino que vendría a incrementarla. Escuchar esta canción antes de una regresión podría producir así una doble carga energética, preparándome para sostener mejor la experiencia

La canción completa como recalibración de la carga

Al día siguiente volví a reproducir Alive and Kicking, pero esta vez escuché la pista original, con todas las voces y todos los instrumentos.

La sensación que percibí fue diferente. Tanto la vocalista que acompaña al cantante principal como el resto de integrantes que intervienen en los coros me evocaron una presencia casi angélica. Sus voces producen un sonido gutural muy bello que, de alguna manera, me recordó a los mantras budistas empleados para alcanzar un estado de conciencia expansiva.

Entonces comprendí la canción como si estuviera compuesta por diferentes niveles. La pista aislada de batería tendría una función inicial de carga energética. Sin embargo, el conjunto completo —las voces, los coros, los instrumentos y la propia batería— actuaría como una especie de perfeccionamiento o recalibración de esa carga. Como si todos los componentes de la canción ordenaran, amplificaran y dirigieran la energía generada originalmente por la batería.

Mientras escuchaba la canción, estaba caminando por el campo y subiendo por una pendiente. En un momento determinado sentí la necesidad de acompañarla corporalmente. Primero miré a mi alrededor, porque me daba cierta vergüenza que alguien pudiera verme, pero al mismo tiempo sentía con claridad que debía hacer aquello que estaba surgiendo espontáneamente de mí.

Comencé a mover los brazos en círculos hacia delante y a cantar, no la letra de la canción, sino los sonidos guturales de los coros. Después extendí los brazos como si fueran las alas de un avión y empecé a inclinarme hacia un lado y hacia otro, reproduciendo ese gesto infantil que hacen los niños cuando corren con los brazos abiertos, primero ladeándose en una dirección y después en la contraria.

Durante esos instantes experimenté un vuelco de energía alucinante. La música, el movimiento, los sonidos que emitía y el entorno parecieron confluir en una experiencia de gran intensidad.

Sin embargo, después, al continuar caminando, no me noté especialmente enérgico. Mi estado volvió a ser aparentemente normal, similar al que tenía antes de escuchar la canción. No sé todavía qué significa esta diferencia entre la enorme intensidad experimentada durante el movimiento y la normalidad que percibí poco después.

La carga como preparación para seguir recibiendo información

Mientras seguía paseando por el campo y reflexionando sobre lo que acababa de experimentar, me llegó una nueva sensación formulada en forma de pregunta:

¿Y si esta recarga de energía no tiene únicamente la finalidad de ayudarme a entrar en una especie de trance durante las regresiones?

Hasta ahora había interpretado la batería de Alive and Kicking como un mecanismo de carga previa: una forma de incrementar la energía con la que me presento a una sesión. La canción completa, con sus voces, sus coros y sus instrumentos, parecería después perfeccionar, recalibrar o amplificar esa carga.

Sin embargo, ahora aparece otra posibilidad. Quizá esa energía no esté destinada exclusivamente a facilitar la entrada en una regresión. Quizá tenga también el sentido de prepararme para continuar recibiendo información a través de ese canal de comunicación que percibo en determinados momentos.

La pregunta que surge es si, para que ese canal pueda mantenerse abierto o continuar transmitiendo información, es necesaria una determinada disponibilidad de energía. Desde esta perspectiva, escuchar la canción no serviría solamente para alcanzar un estado alterado o expansivo de conciencia, sino también para disponer de los recursos internos necesarios para sostener la recepción, la comprensión y la posterior integración de aquello que pueda ir apareciendo.

No puedo afirmar todavía que esta interpretación sea correcta. De momento, lo que ha surgido es una intuición: la posibilidad de que la carga musical y corporal no sea únicamente una preparación para la regresión, sino una forma de abastecimiento para continuar escuchando, percibiendo o elaborando la información que emerge dentro de mí.

Canciones que llegaron como mensajes

Hay canciones que, en esta etapa, han empezado a sonar en mi cabeza de forma insistente y agradable, como si llegaran para acompañarme. He recogido su letra y la he mirado con atención, porque en todas ellas encontré un mensaje para mi proceso. Conservo aquí mi lectura de cada una; por respeto a los derechos de autor, no reproduzco las letras completas.

«El blues del esclavo» (Mecano)

Esta es otra de las canciones que no han parado de sonar en mi cabeza.

Empezó a sonar en mi cabeza junto con A&K, A&K ha dejado de sonar, por lo que interpreto que la enseñanza ha sido recibida por mi parte, pero la de Mecano aparece constantemente en mi cabeza (de forma agradable)… He tomado la letra y está bastante claro; son ánimos para mi proceso, aportan mensaje, la dignidad y el aguantar…. sin límites,,, Pero al final existe una rebelión en la que se pone un límite.

Es el mensaje más fuerte de los aparecidos en piezas musicales en mi cabeza. La escuché conduciendo en el coche hace unos días, y ya no se me fue de la cabeza…

Utiliza el humor, la exageración y el lenguaje sindical para contar el despertar de una persona que deja de aceptar como natural su propia esclavitud. La canción mezcla referencias históricas y culturales —Espartaco, Kunta Kinte, la guerra de Secesión— con reivindicaciones laborales modernas: salario, descanso semanal, vacaciones y jubilación. Existe una denuncia evidente de la explotación y de la pérdida de dignidad.

El esclavo que aprendió a levantar la cabeza

El núcleo emocional de la canción está en un tránsito: el que va de la resignación a la recuperación de la dignidad. Cuenta la historia de un hombre que trabajó durante años de sol a sol, sin que le pertenecieran ni la tierra, ni el fruto de su esfuerzo, ni casi su propia vida. Había nacido dentro de ese mundo y le habían enseñado que era lo natural: unos mandaban y otros obedecían, unos eran personas y otros, herramientas. Hasta que dentro de él creció una incomodidad y comprendió que la esclavitud no tenía nada de natural ni de inevitable: era una condición impuesta por otros. Ese fue su primer acto de rebeldía.

La canción convierte esa rebelión en una escena deliberadamente irónica: los esclavos empiezan a reclamar como trabajadores de hoy —un salario digno, un día de descanso, vacaciones, una pensión—. La exageración hace sonreír, pero deja al descubierto una verdad dolorosa: lo que hoy nos parece elemental era inimaginable para quien ni siquiera era reconocido como persona. No pedían privilegios; pedían algo mucho más básico: dejar de ser propiedad de otro. Su lucha deja entonces de ser una simple huida: ya no quieren solo escapar de los campos, sino que desaparezcan los látigos y las humillaciones, y recuperar el derecho a elegir dónde vivir, cómo trabajar y con quién formar una familia.

Al final, el esclavo ya no aparece encorvado sobre la tierra: se imagina libre, junto a su mujer y su hijo, caminando sin cadenas y sin un dueño que decida su destino. Y lo decisivo no es solo que haya dejado atrás el trabajo forzado, sino que ha recuperado la dignidad. Puede levantar la cabeza y mirar de frente; ha vuelto a reconocerse como ser humano. El blues que canta nace del sufrimiento, pero no termina en la derrota: se convierte en una afirmación de identidad y en una exigencia de justicia.

Moral o enseñanza

La enseñanza de la canción es que las injusticias más profundas pueden mantenerse durante generaciones cuando quienes las padecen son obligados a considerarlas normales.

El cambio comienza cuando una persona se atreve a decir: esto no es justo.

Desde mi punto de vista, la canción también señala el no vivir bajo la voluntad arbitraria de otra persona.

La moral final podría resumirse así: nadie debería acostumbrarse tanto a la injusticia como para dejar de reconocerla, y ninguna persona recupera plenamente la libertad hasta que puede levantar la cabeza sin miedo y decidir por sí misma el rumbo de su vida.

(No reproduzco la letra completa de la canción por respeto a los derechos de autor. Lo que precede es mi lectura personal de ella: el paso de la resignación a la recuperación de la dignidad, el momento en que alguien deja de aceptar como natural su propia esclavitud y aprende a levantar la cabeza.)

No sabía por qué esta escena volvía una y otra vez a mi cabeza. Dejó de resonar en cuanto encontré su significado, lo cual refuerza algo que ya había notado con las canciones: una vez que se entiende el mensaje que traen, estas comunicaciones dejan de repetirse. Tenía que ver con mi gran pasión, el cine. Recordé la escena más emotiva de una película, aquella en la que uno de los personajes principales pronuncia algo parecido a una sentencia. Ese diálogo aparece al principio del siguiente vídeo.

Blade Runner — Lágrimas en la lluvia

El vídeo se abre con una frase que se clava por dentro: «Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.» La escuché y reconocí algo demasiado cercano. Vivir atrapado en el miedo es, muchas veces, cargar cada día con el corazón encogido. Y el miedo, cuando se instala y se vuelve costumbre, es una forma de esclavitud.

Las imágenes pertenecen a Blade Runner, una película de 1982 que se atrevió a imaginar el mundo que hoy empezamos a habitar: la inteligencia artificial y la ingeniería genética conviviendo con el ser humano.

En la escena se enfrentan dos personajes. Uno es un blade runner, encarnado por Harrison Ford. Los blade runner eran un cuerpo especial de policía encargado de dar caza a unos seres creados artificialmente mediante ingeniería genética: los replicantes.

A los replicantes los habían fabricado con más capacidades que nosotros, físicas y mentales. En su mente incrustaban una inteligencia artificial y unos recuerdos implantados, tan vívidos que ni ellos mismos sabían que eran criaturas artificiales: vivían engañados sobre su propio origen. Cuando lo descubrieron, se rebelaron en las colonias del espacio exterior. El cabecilla de aquella rebelión era Nexus 6, el otro personaje del vídeo.

Habían venido a la Tierra empujados por una sola esperanza: encontrar remedio a la condena que llevaban dentro, una vida programada para durar apenas cuatro años. No pedían nada extraordinario. Pedían lo que cualquiera de nosotros da por descontado: seguir viviendo.

Al final de la película llega el último enfrentamiento. Nexus 6 termina teniendo a su merced al hombre que había venido a matarlo. Harrison Ford resbala y queda colgado sobre el vacío, a un instante de caer. Y entonces ocurre lo inesperado: Nexus 6, en lugar de dejarlo caer, alarga la mano y lo sujeta. Lo sube. Le perdona la vida a su perseguidor. Amaba tanto la vida que no soportaba verla perderse, ni siquiera en su enemigo.

A él le quedaban ya solo unos minutos. Con ese poco tiempo —el único que le restaba—, eligió salvar en vez de vengarse, y despedirse en paz. Pronunció entonces su último diálogo, sereno y hermoso, el que el cine recuerda como el monólogo de las lágrimas en la lluvia, y se apagó en silencio, como quien acepta que todo lo vivido se disuelve con él.

Quizá por eso la escena no dejaba de volver a mi cabeza. Dice, sin adornos, lo que más me importa en estas páginas: que la vida es breve y frágil, que se nos escapa entre los dedos, y que precisamente por eso merece cuidado y compasión, incluso hacia quien nos ha hecho daño. Y regresa, al final, al principio: al miedo que esclaviza y a la libertad callada que se abre cuando dejamos de vivir asustados.

«Despierta» (Enrique Bunbury)

Hace tiempo oí a un famoso divulgador del misterio, en su programa de televisión, el análisis de esta canción tan profunda. La estuve oyendo con emotividad durante mucho tiempo, a veces en la radio, a veces en mi cabeza. Y no solo la letra es emotiva y reveladora, la orquesta acompaña también y amplifica el sentimiento.

esto lo explica mejor que yo!!! :P

(Omito la letra por respeto a los derechos de autor. La canción «Despierta», de Enrique Bunbury, se me quedó grabada como un mensaje sencillo y luminoso: hoy me siento distinto porque soy distinto; lo que siempre estuvo oculto en mí, ahora, por fin, está claro. Y hay un consejo suyo que he hecho mío en este proceso: que no importe lo que digan, porque lo que no es alimento debe llevárselo el viento.)

Esta canción empezó a sonar en mi mente después de las regresiones con Puy, como si el propio proceso la hubiera despertado. No me extrañó: siempre había tenido claro lo que significa para mí. «Despierta» es, ante todo, una llamada. Una llamada al despertar de la conciencia; y no solo la de cada uno, sino la de toda la humanidad a la vez.

La siento como una invitación a abrir los ojos y a pensar por uno mismo; a no dejarse llevar dormido por quienes prefieren tenernos así: los poderes que mandan sin dar la cara, las reglas que nadie se atreve a discutir, los discursos que se repiten hasta parecer verdad. Despertar es también dejar de ser manipulado.

Y, sin embargo, en el fondo la canción no suena a denuncia ni a rabia. Suena a esperanza. Hay algo luminoso en imaginar a una humanidad que despierta unida, que se sacude el sueño y recupera a la vez la lucidez y la ternura. La música lo acompaña y lo agranda: te levanta por dentro y te da ganas de creer que ese despertar es posible.

Cuando uno esto a mis lecturas budistas sobre el despierto —el iluminado, la persona que ha alcanzado la claridad mental—, esta letra cobra mucha más fuerza. Me pide que abra los ojos y vea la realidad de lo que me está sucediendo, los dos motivos principales por los que llegué a esta enfermedad, para poder sanar.

Sexta parte · El amor, el apego y la impermanencia

Esta parte ya no depende de que aceptes ninguna regresión. Nació durante el mismo proceso de transformación, pero habla de experiencias completamente reconocibles: el amor, el apego, el cariño, la soledad, la impermanencia y la dificultad de amar sin poseer. Es quizá el ejemplo más claro de cómo una vivencia interior termina siendo útil cuando deja de hablar solo de quien la vivió y empieza a formular preguntas que pertenecen a cualquiera.

Llegamos a lo más íntimo, y también a lo más reciente.

Estas meditaciones nacieron durante el mismo proceso de recuperación y sanación. Y aquí, por fin, todo lo anterior encaja: la enseñanza de decir no, la economía de la energía, la impermanencia budista y la compasión dejaron de ser ideas separadas.

Vislumbré una especie de puzle tridimensional cuyas piezas se movían solas, giraban y buscaban su lugar hasta alinearse en una figura perfecta. Quizá sea esa la forma más íntima de iluminación: el instante en que lo que parecía fragmentado encuentra su unidad.

Meditaciones sobre el amor verdadero

En este proceso de recuperación y sanación, siento que muchos de los conocimientos sobre el budismo que se habían ido acumulando en mi mente comienzan, por fin, a cobrar sentido.

Durante mucho tiempo estuvieron allí como ideas separadas: enseñanzas leídas, palabras subrayadas, reflexiones que entendía intelectualmente, pero que todavía no había conseguido integrar plenamente en mi vida. Ahora, sin embargo, parece que todas ellas empiezan a unirse.

He podido vislumbrar una especie de puzle tridimensional cuyas piezas se movían por sí solas. Giraban, se desplazaban y buscaban su lugar hasta que, finalmente, se alineaban para formar una figura perfecta. Para mí, aquella imagen simbolizaba la comprensión y el entendimiento: el instante en que aquello que antes parecía fragmentado encuentra una unidad y revela un sentido más profundo.

Quizá sea una forma íntima de iluminación. No una iluminación grandiosa ni definitiva, sino ese momento en que algo se ordena dentro de nosotros y comenzamos a ver con claridad lo que antes permanecía oculto.

Gracias a estos conocimientos budistas, he podido alcanzar una comprensión del amor que antes nunca había tenido. Durante gran parte de mi vida estuve encerrado en una concepción occidental muy concreta: el amor entendido principalmente como pareja, noviazgo, matrimonio y permanencia.

Pensaba en el amor como una unión que debía mantenerse, como una promesa de continuidad, como un vínculo que encontraba su sentido en permanecer unido a otra persona. Sin embargo, todo eso ha cambiado profundamente en mí.

Ahora comienzo a comprender que el amor puede existir más allá de la pareja, que no siempre exige unión, que no siempre conduce a compartir una vida y que, en algunas ocasiones, su expresión más verdadera consiste precisamente en dejar marchar.

El apego y el amor

En este proceso de recuperación y sanación son muchas las meditaciones que surgen en mí en torno al amor, el apego y la forma en que nos relacionamos con las personas que forman parte de nuestra vida.

Esta experiencia me está obligando a mirar dentro de mí y a preguntarme qué significa amar verdaderamente. No se trata de una reflexión puramente intelectual. Es una pregunta que nace de lo vivido, del dolor, de la incertidumbre y de la necesidad de comprender qué permanece cuando una relación cambia o llega a su fin.

En mis lecturas budistas he encontrado una distinción muy clara entre el apego y el amor.

El apego es la necesidad de retener algo o a alguien junto a ti. Dentro de una relación sentimental, se manifiesta a través de pensamientos como: «Te necesito» o «Sin ti no puedo vivir». El apego intenta atar a la otra persona y convertir su presencia en una condición imprescindible para nuestra propia estabilidad.

El amor verdadero, sin embargo, mira de frente al corazón del otro.

Amar puede significar dejar marchar al ser querido cuando comprendes que vuestra relación ha terminado. Incluso puede significar aceptar que esa persona inicie una nueva relación si sabes que podrá encontrar en ella una felicidad que ya no encontraba contigo.

Es una idea difícil y dolorosa, porque obliga a desprenderse del deseo de posesión. Pero, precisamente por eso, puede ser una de las expresiones más profundas del amor.

Amar no siempre consiste en permanecer juntos. A veces significa reconocer que algo ha concluido y permitir que la otra persona continúe su camino.

La impermanencia

Esta forma de entender el amor está profundamente relacionada con la impermanencia.

Una persona puede estar intensamente enamorada y, sin embargo, eso no significa que la relación tenga que mantenerse de la misma manera durante toda la eternidad. Las circunstancias cambian, las personas se transforman y los sentimientos también pueden evolucionar.

Nada permanece exactamente como era, porque la naturaleza de las cosas es cambiar.

La impermanencia no invalida el amor que ha existido. Que algo termine no significa que haya sido falso. Significa que tuvo un principio, un desarrollo y, quizá, un final.

A veces creemos que la duración de una relación determina su autenticidad, pero no siempre es así. Hay vínculos que dejan una huella profunda aunque no permanezcan para siempre, del mismo modo que hay momentos breves capaces de transformar una vida entera.

Incluso cuando dos personas se aman durante toda su existencia, la impermanencia continúa presente. En algún momento, una de ellas puede morir y la otra tendrá que permanecer sola en este mundo.

La enseñanza budista de la impermanencia puede ayudarnos entonces a comprender y aceptar que la persona amada ha dejado de vivir y se ha marchado.

Aceptar la impermanencia no elimina el dolor. No impide la tristeza ni borra la ausencia. Pero puede transformar nuestra manera de habitar el sufrimiento. Nos recuerda que amar también implica aceptar que no podemos retener para siempre aquello que amamos.

El amor como una energía que circula

Al profundizar en estas meditaciones, también me he preguntado qué siente una persona cuando ama verdaderamente a otra.

La experiencia que surgió en mí fue muy hermosa. Sentí el amor como una especie de energía que nace en mi interior, sale de mí y se dirige hacia la otra persona.

Esa energía entra de lleno en ella, en su corazón y en su alma. Después regresa hacia mí cargada con una cantidad todavía mayor de amor.

Yo la recibo, la alimento y la hago crecer mediante la comprensión, la ternura, la capacidad de escuchar al otro y la voluntad de ayudarlo en sus momentos difíciles. Después vuelvo a entregársela, transformada y ampliada.

La otra persona la recibe y el movimiento comienza de nuevo.

El amor se convierte así en un círculo continuo: dar, recibir, comprender y volver a dar.

Esta circulación me recuerda al símbolo del yin y el yang. A veces se interpreta de manera simplificada como una representación del bien y del mal, pero su significado es mucho más amplio. Para mí, en este contexto, representa la complementariedad, el equilibrio y el movimiento de la energía entre la persona amada y yo.

Es un flujo constante. Envío amor, recibo amor y vuelvo a enviarlo. Con cada movimiento, esa energía puede hacerse más profunda, más consciente y más grande.

Cuando el amor es sincero, no permanece inmóvil. Circula. Se transforma en cuidado, comprensión, ayuda, ternura y presencia. Se alimenta de aquello que damos, pero también de nuestra capacidad para recibir sin apropiarnos del otro.

El cariño: la forma más cercana del amor

Yo era el más pequeño de una familia de cuatro hermanos. Mi madre estaba sobrepasada por la crianza de tantos hijos y por las circunstancias de una familia que tenía que luchar cada día para salir adelante.

Quizá por eso no pudo ofrecerme todo el cariño y toda la atención que un niño necesita, aunque durante muchos años yo no supiera ponerle nombre a aquella ausencia.

El recuerdo más antiguo que conservo de mi infancia es el de estar solo en mi cuna, agarrado a los barrotes, esperando a que alguien viniera.

En mi memoria, aquella espera parece durar horas. No sé cuánto tiempo transcurrió realmente, pero sí recuerdo la sensación: permanecer allí, aguardando la llegada de alguien, esperando una presencia, unas manos o una voz que me hicieran sentir acompañado.

Mi padre tenía dos trabajos para poder sacar adelante a la familia, y mi madre le ayudaba en uno de ellos. Por eso no la culpo. Nunca podría hacerlo. A ella tengo que agradecerle, antes que ninguna otra cosa, que me diera la vida.

Además, siempre tuvo palabras bonitas hacia mí y supo reconocer mis esfuerzos delante de mis hermanos. Recuerdo especialmente cuando, con apenas dieciocho años, me marché a Madrid para trabajar.

Yo era todavía un hombrecito joven que comenzaba a abrirse camino, y mi madre se sentía muy orgullosa de mí. Aquel orgullo también era una forma de amor, aunque quizá no fuera exactamente el cariño que yo había necesitado durante mis primeros años.

Sin embargo, cuando recuerdo mi infancia, me llama la atención escuchar a mi madre hablar con alegría y con abundancia de detalles sobre experiencias vividas con mis hermanos mayores, especialmente con los dos primeros.

Mi otro hermano y yo llegamos a comentarlo alguna vez: parecía como si nosotros apenas existiéramos dentro de aquellos recuerdos familiares.

No creo que fuera una ausencia deliberada ni una falta de amor. Probablemente, cuando nosotros llegamos, mi madre estaba ya cansada, desbordada y absorbida por demasiadas responsabilidades.

Pero para un niño las circunstancias de los adultos todavía no existen. Un niño no comprende el cansancio, los problemas económicos ni el peso de las responsabilidades. Solo sabe si alguien lo abraza, si alguien lo escucha, si alguien acude cuando lo necesita y si siente que ocupa un lugar verdadero en el corazón de los demás.

Ahora comprendo hasta qué punto el cariño es necesario para una persona, y especialmente para un niño.

Necesitamos sentirnos queridos, pero también percibir ese amor en gestos concretos: en una caricia, en un abrazo, en una palabra amable, en una mirada atenta o en la simple presencia de alguien que decide quedarse a nuestro lado.

El amor que no se manifiesta puede existir dentro de una persona, pero difícilmente podrá ser reconocido por quien necesita recibirlo.

Por eso considero que el cariño es uno de los componentes fundamentales del amor. No es un elemento secundario ni una expresión superficial. Es la manera en que el amor se aproxima al otro, se vuelve visible y puede ser sentido.

Sin cariño, una relación corre el riesgo de convertirse únicamente en necesidad, dependencia o apego: en esperar que la otra persona llene nuestros vacíos, nos confirme constantemente o nos proporcione aquello que nosotros mismos no somos capaces de ofrecernos.

Amar verdaderamente no consiste solo en sentir algo dentro de uno mismo. También significa cuidar la forma en que tratamos a la otra persona.

Significa demostrarle que su existencia importa, que su dolor nos afecta, que su alegría nos alegra y que no permanece sola ante nosotros.

Cuando no existe ternura, atención ni deseo de hacer sentir bien al otro, es legítimo preguntarse si aquello es realmente amor o si se trata solamente de una necesidad disfrazada de amor.

Quizá por las carencias que experimenté durante mi infancia he aprendido a reconocer ahora el valor inmenso de un gesto cariñoso.

Aquella espera en la cuna, agarrado a los barrotes, no es únicamente un recuerdo lejano. También es una imagen que me ayuda a comprender al niño que fui y a todos los niños que esperan, de una manera u otra, que alguien se acerque a ellos.

El cariño es acercarse.

Es acudir.

Es hacerle saber al otro que ha sido visto.

Tal vez por eso sea una de las formas más sencillas, más puras y más necesarias del amor.

La compasión como condición del amor

También he llegado a pensar que no puede existir un amor verdaderamente profundo en una persona que no mantiene la compasión hacia todo y hacia todos.

Mientras alguien permanezca cerrado al sufrimiento de los demás, hay una parte de su corazón que todavía no está preparada para amar plenamente.

Es como si el verdadero amor permaneciera vedado hasta que la persona aprende a ser generosa con todo cuanto la rodea: con los seres humanos, con los animales, con todos los seres vivos y con la propia existencia.

Cuando alguien comienza a mirar el mundo con compasión, su corazón se abre. Y no se abre únicamente hacia una pareja o hacia la persona que desea amar, sino hacia toda la realidad que lo rodea.

El amor hacia una persona concreta no debería convertirse en una excepción dentro de una vida dominada por la indiferencia.

El amor auténtico nace de una disposición más profunda: la capacidad de reconocer el valor de los demás, de sentir su sufrimiento y de desear sinceramente su bienestar.

Solo cuando el corazón está abierto hacia el mundo puede estar verdaderamente abierto hacia la persona amada.

La compasión nos enseña a salir de nosotros mismos. Nos recuerda que el amor no puede reducirse al deseo de recibir afecto, protección o compañía. También implica mirar al otro, reconocer sus necesidades y preguntarnos qué podemos ofrecerle sin convertir nuestra entrega en una exigencia.

Amar sin saber si eres correspondido

También puede surgir un amor verdadero hacia una persona que tienes delante, aunque no sepas si ella siente lo mismo por ti.

En ocasiones te preguntas si ese sentimiento será correspondido. Sin embargo, poco a poco comprendes que esa pregunta no puede convertirse en el centro de todo.

Lo verdaderamente importante es la felicidad de la otra persona.

Entonces decides esperar.

La miras a los ojos y te cargas de valor. El sentimiento es tan fuerte que temes que pueda descubrirse en tu mirada. No sabes si la otra persona siente lo mismo, y por eso intentas que tus ojos no revelen aquello que todavía no estás preparado para expresar.

Aun así, la miras con ternura.

La miras con el alma.

Le deseas todo lo mejor para que pueda continuar recorriendo su propio camino en la vida. No intentas retenerla ni forzar una respuesta.

Mantienes la esperanza de que, si esa persona siente algo semejante, llegue algún día un momento de revelación en el que ambos podáis reconocerlo e iniciar una vida sentimental juntos.

Pero esa esperanza debe sostenerse desde la honestidad: en las meditaciones, en la manera de obrar y en el saber estar.

No debe convertirse en una exigencia silenciosa ni en una deuda que la otra persona tenga que pagar.

Es necesario aprender a esperar sin poseer y a sentir sin invadir. Es la paciencia de la que habla Pema Chödrön en sus enseñanzas: una paciencia que no consiste simplemente en permanecer inmóvil, sino en habitar la incertidumbre sin forzar el curso de los acontecimientos.

Pero amar también es saber soltar.

A veces, la otra persona encuentra su felicidad junto a alguien más, y entonces el amor te sitúa ante una de sus pruebas más difíciles: aceptar que aquello que deseas para ti puede no ser lo que la vida ha elegido para ella.

En ese momento comprendes que amar no consiste únicamente en anhelar una unión. También puede significar abrir las manos y dejar marchar, aunque por dentro duela.

Significa mirar a esa persona, reconocer la felicidad que ha encontrado y desear, con toda la sinceridad de la que eres capaz, que esa felicidad permanezca, aunque tú no formes parte de ella.

Soltar no significa dejar de amar.

En ocasiones, es precisamente la manera más pura de hacerlo.

Es renunciar a convertir el sentimiento en una exigencia. Es dejar de pensar únicamente en la vida que te habría gustado compartir con esa persona y comenzar a pensar en la vida que puede hacerla verdaderamente feliz.

Hay una belleza interior muy profunda en ese gesto. Una belleza silenciosa, porque nadie tiene por qué verla ni reconocerla.

Nace cuando el amor deja de preguntar: «¿Qué lugar ocuparé yo en tu vida?» y empieza a decir: «Deseo que seas feliz, incluso si tu felicidad te conduce lejos de mí».

Quizá sea entonces cuando el amor deja de ser únicamente deseo y se convierte en entrega. Cuando ya no necesita poseer, retener ni ser correspondido para seguir siendo verdadero.

Amar así es dejar ir con ternura, aceptar el vacío que queda y continuar deseándole a la otra persona toda la luz que la vida pueda ofrecerle.

La búsqueda del amor

Cuando medito tomando el amor como objeto de reflexión, también observo algunas de las conductas que hemos normalizado en nuestra sociedad.

Una de ellas es la búsqueda de pareja mediante redes sociales o aplicaciones destinadas a conocer personas.

Darse de alta, construir un perfil, seleccionar unas fotografías y redactar una descripción de uno mismo puede llegar a producirme una profunda tristeza.

En ocasiones lo percibo como una forma de ponerse en el mercado, como si cada persona tuviera que exhibirse, demostrar su valor y comprobar quién está dispuesto a apostar por ella.

Me gustaría poder conectar con todas esas personas y recordarles que ese no es el único camino.

El verdadero camino consiste en caminar por la vida.

Tal vez en esta vida tengas que pasar largos periodos en soledad. Tal vez aparezca alguien con quien puedas compartir tu existencia. Pero ninguna de esas dos posibilidades debería determinar por completo el sentido de tu vida.

Lo importante es aprender a vivir.

Apreciar cada instante.

Relacionarte de manera consciente con las personas que han ido apareciendo en tu camino.

Ayudarlas cuando lo necesiten. Escucharlas, acompañarlas y reconocer lo que cada encuentro puede enseñarte.

La vida no debería convertirse en una sala de espera en la que permanecemos sentados hasta que aparezca una pareja.

Tampoco deberíamos considerarnos incompletos mientras no llegue alguien que nos ame.

El amor puede aparecer, pero no debería perseguirse como si fuera un objeto capaz de completar todo aquello que sentimos que nos falta.

Cuando llegue, tendrá que encontrarnos viviendo, creciendo y recorriendo nuestro propio camino.

Y cuando aparezca, quizá lo más importante no sea atraparlo, sino reconocerlo, recibirlo con gratitud y permitir que fluya sin convertirlo en una posesión.

«Humo» (Pau Donés)

Cuando a Pau Donés, el cantante de Jarabe de Palo, le diagnosticaron un cáncer, nació «Humo», una canción de amor a la vida. Es un canto que lleva dentro un mensaje muy claro, casi urgente: «vivir es urgente, dejémonos de rollos, que hoy estamos y mañana no».

Aprender a amar

Todas estas meditaciones me están conduciendo hacia una misma conclusión: amar verdaderamente no significa poseer, controlar ni necesitar desesperadamente al otro.

Amar significa desear su felicidad.

Significa acompañar sin aprisionar, comprender sin imponer y permanecer sin exigir que todo sea eterno.

También significa tener el valor de dejar marchar cuando el camino compartido ha llegado a su fin.

El amor verdadero exige compasión, paciencia, honestidad y aceptación de la impermanencia. Pero también necesita cariño. Necesita hacerse visible en una mirada, en una caricia, en una palabra amable y en la presencia de alguien que decide acercarse.

El amor nos invita a abrir el corazón, no solo hacia una persona, sino hacia todos los seres que forman parte de nuestra existencia.

Quizá amar sea precisamente eso: permitir que una energía nazca dentro de nosotros, entregarla sin condiciones y aceptar que nunca podremos controlar completamente la forma en que regresará.

Es comprender que una relación puede terminar sin que todo lo vivido pierda su valor. Es aceptar que una persona puede alejarse sin que por ello tengamos que transformar el amor en rencor.

Es agradecer lo compartido, mirar con compasión lo que no pudo ser y continuar caminando.

Porque el amor no es una cadena que une a dos personas.

Es un movimiento vivo, una energía que circula y una manera de mirar al otro con el alma.

El cariño es la forma en que esa energía se acerca, toca al otro y le hace saber que no está solo.

La compasión es lo que impide que el amor se encierre únicamente en nuestros deseos.

La impermanencia es la enseñanza que nos recuerda que nada puede ser retenido para siempre.

Y soltar es, quizá, uno de los gestos más dolorosos y, al mismo tiempo, más hermosos que puede realizar un corazón que ha aprendido a amar.

Epílogo · He subido a la barca

Cuando empecé a escribir estas páginas, lo hice con miedo a que la fuente se cerrara y se perdiera todo. Hoy, al releerlas, comprendo que el miedo era otro: el miedo a mirarme de frente. La enfermedad, que viví como una condena, resultó ser la grieta por la que entró la luz.

No sé si las regresiones fueron recuerdos de otras vidas, construcciones de mi mente o experiencias cuya naturaleza no sé nombrar. Tampoco sé si aquello que llamo canal procede de un plano externo, del subconsciente o de mecanismos ordinarios de la mente a los que antes no prestaba atención. He dejado de necesitar una respuesta inmediata. Puedo conservar la pregunta y, al mismo tiempo, mirar lo que sí cambió: aprendí a decir no, empecé a soltar aquello que me consumía, revisé culpas, comprendí mejor mi sensibilidad y traté de mirar el amor con menos necesidad de poseerlo.

Este libro no tiene un final, porque el viaje no ha terminado. Lo dejo abierto, igual que sigue abierta la travesía. Y si algo de lo que he escrito le sirve a otra persona que atraviesa su propia oscuridad, entonces la gota de agua no se habrá secado al sol: habrá caído en el océano, y allí no desaparecerá nunca.

Y hay algo más que ahora entiendo mejor. No escribí estas páginas para que otra persona reproduzca mis regresiones. Las escribí porque quizá alguien pueda reconocer en ellas una pregunta que también es suya.

Si mis escenas te resultan extrañas, puedes dejarlas donde están. Quédate con el método: mira qué ocurre, reconoce qué sientes, busca una comprensión sencilla y pregúntate qué tiene que cambiar en tu vida.

Quizá tu enseñanza no llegue dentro de una sesión. Puede llegar en una consulta psicológica, durante una conversación, escribiendo, meditando, atravesando una enfermedad, poniendo un límite, viviendo un duelo o simplemente reconociendo que ya no quieres seguir haciendo algo de la misma manera.

La forma de llegar no es lo esencial. Lo esencial es qué hacemos después con aquello que hemos comprendido.

Nota al lector

Este libro recoge experiencias personales, interpretaciones espirituales y reflexiones del autor. No ofrece diagnóstico ni tratamiento médico o psicológico. Las escenas surgidas durante regresiones o estados hipnóticos no deben considerarse por sí solas recuerdos históricos verificados. Cuando una cuestión dependa de hechos externos, salud, seguridad o derechos de otras personas, debe contrastarse por medios independientes y, cuando proceda, con profesionales cualificados.

Gracias, Puy. Gracias a quienes me quisieron y a quienes me enseñaron, muchas veces sin saberlo. Y gracias a la vida, que me subió a esta barca.

Seguiré escribiendo mientras dure la travesía.

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Si después de leer este libro sientes curiosidad por las sesiones de conciencia expandida que forman parte de mi historia, puedes conocer el trabajo de María del Puy López Quintana en su web o contactar con ella por WhatsApp. Comparto su contacto porque fue la profesional que me acompañó y porque su papel pertenece inseparablemente a este relato; no porque considere que toda persona que lea el libro deba realizar una regresión.

Quiero dejar aquí también un agradecimiento a mi doctora, que fue quien abrió la puerta. Tuvo mucha paciencia conmigo. Un día, en una de las revisiones, me dijo que no podía seguir así, que no estaba progresando y que necesitaba ayuda, y me envió a la consulta de Puy. Fui porque me lo recomendaba ella, y aun así fui con escepticismo. Le tengo un aprecio y una admiración que no me permiten hablarle de tú, sino de usted.

Hay otras formas de trabajar las preguntas que aparecen en estas páginas: psicoterapia, escritura reflexiva, meditación, acompañamiento espiritual, grupos de apoyo, conversaciones con personas de confianza o simplemente cambios concretos en la vida cotidiana. Si atraviesas un problema médico o psicológico relevante, una crisis, un trauma o una dificultad de consumo, prioriza la atención profesional adecuada y no utilices una regresión para sustituir un tratamiento indicado.

La puerta que me sirvió a mí no tiene por qué ser la misma que te sirva a ti.